sábado, 22 de abril de 2017

Graznido

“El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.(A la Deriva, H. Quiroga)

     La densa vegetación de la selva lo apesadumbró. Ya no hay marcha atrás, pensó, mientras se abría paso con un machete quitando la maleza. Pensó hacer un fuego para pedir auxilio, pero las ramas, las hojas y cualquier otro tipo de follaje, que le podrían haber resultado útil para la combustión, estaban muy húmedos para encender.
      Cuando se dio cuenta que estaba solo y perdido, y que una sola línea de batería tenía en su celular sin señal,  trató de idear un plan de emergencia. Pensó en la dirección de las nubes, que generalmente se mueven de Oeste a Este, y sobre todo pensó en la posición del sol, que sale por el Este y se va poniendo hacia el Oeste, pero nada de eso le sirvió, caminó largas horas hacia el Oeste, pero a medida que avanzaba, la selva se volvía más tupida e inaccesible. Fue por este motivo que volvió al punto de partida, donde había clavado un palo como sistema de referencia. Regresó sin mayores dificultades, como Hansel y Gretel, había tirado una piedra, y luego otra y otra, para ir señalando el camino. 
     Ya hacía cuatro largas horas que había optado caminar en sentido contrario, remplazar el plan de emergencia A por el plan B. Pensó que lo mejor era acercarse al límite de la densa vegetación, para obtener una mejor visión panorámica,  pero a medida que avanzaba ahora hacia el Este, la selva se volvía negra y cerrada.
     Decidió emplear todas sus fuerzas para poder escalar un árbol de unos aproximados treinta metros de altura. Pero a duras penas pudo subir unos tres metros. El paisaje era imponente: la jungla o la vegetación de hoja ancha (tipo frondosa) se multiplicaba una tras otra. La voluptuosidad de la naturaleza lo hizo sentir impotente.
     Cuando llegó hasta la orilla de un pantano, empezó a dudar en cruzarlo o no. No tenía otra  alternativa. Salvo esperar el milagro de que un grupo de rescatistas o lugareños lo encuentren…Pero quién lo iba a buscar si nadie sabía de su presencia en la selva misionera. Excepto su madre y un par de amigos que estaban enterados de sus vacaciones en las provincias del noreste argentino. Ah, y la administradora del hotel  donde se alojaba. Pero nadie sabía que se había perdido en la selva, ni él se percató, hasta muchas horas después de fotografiar a un grupo de monos aulladores, que los fue internando en la selva, hipnotizándolo con sus sonidos, cual canto de sirenas.


    Cruzó el pantano descompuesto que quería tragárselo. Tardó cinco minutos que parecieron horas en llegar al otro lado del riachuelo. Cuando por fin llegó a la orilla, respiró agitado y vomitó los huevos salados que había almorzado.- ¡Ojalá sea una herida leve! -dijo, con mínima esperanza.
     Se miró el vientre y tenía una abertura de por lo menos tres centímetros de profundidad. La sangre brotaba y burbujeaba en la superficie de la herida. Vomitó de nuevo y recordó el pinchazo agudo y metálico; la punta del junco fibroso hundiéndose en el vientre. Se asustó y pegó un grito escalofriante: ¡Aghgggggh! Un pájaro grande y tieso respondió emitiendo un sonido aún más aterrador: ¡Cruaaac, cruaaac!
     Respiró profundo e intentó calmarse. "Tengo que encontrar algún arroyo para limpiarme la herida”, se dijo. Se ató la camisa harapienta, ajustándosela a la cintura para poder tapar la herida y siguió camino. Se angustió al pensar que quizás no había ningún camino por seguir. Tal vez nadie antes había andado por ahí.
     El sol entraba en la selva y en su cuerpo a través de un hilo amarillo intenso, quemándole la piel. Era como si un Dios con lupa jugara con él. Estaba solo, pero esto no lo inquietaba. Ya había estado solo muchas veces. Lo raro era que la soledad se presentaba de una manera diferente. Era agresiva e impaciente y lo arrinconaba lentamente hacia la muerte.
     Escuchó nuevamente el canto desesperado del pájaro y esto lo calmó. Se sintió acompañado, pensó que no era el único que sufría en esa abrumadora selva.
     La hemorragia no paraba y la camisa que hacía de venda se volvió muy pesada para las piernas ya maltrechas. Empezó a flaquear, se detuvo y luego cayó pesadamente sobre la hiedra.
    El sol cayó del cielo también. La noche fue creciendo y con ella el canto del pájaro carroñero, ahora satisfecho.

martes, 18 de abril de 2017

Gallito Ciego


“Hasta en la cueva más oscura, en algún momento, se filtra un rayo de sol y nos muestra la salida.” Luisito, cantante de Resistencia Suburbana.

     Marcelo se vendaba los ojos y después daba vueltas sobre sí mismo. Una vez mareado, salía como un trompo a la ciudad. Siempre terminaba volcado y escupiendo sangre en alguna esquina. Luego, se levantaba y empezaba a rodar de nuevo hasta caer.
     Desde que lo abandonó su novia, sólo jugaba al gallito ciego. Abrir los ojos era como cerrarlos y cerrarlos era como abrirlos de nuevo. Sus recuerdos eran su único amigo. Un viejo amigo que sabe contar anécdotas y nada más...
     Se quedaba dormido en cualquier lugar, en cualquier momento. Muchas veces despertaba en plena noche en una esquina húmeda y fría; y otras, con mejor suerte, emergía en su cama deshecha de una larga siesta.
     En un sueño tiritó de frío. “Era una pieza oscura, de paredes de piel agrietada. Intentó tocar los bordes para rascarla. Pero, cuanto más acercaba sus manos, la piel ajada se alejaba un poco más. Quiso detener sus pies. Pero estos ya habían dispuesto levantarse como pájaros por la habitación. Los pies eran dos colibríes con corazones chiquitos como guindas y unas alas que se movían tan rápido como la hélice de un avión. Los pájaros volaban aterrados y en distintos sentidos, tratando de escapar. Pero siempre terminaban rebotando contra el techo y las paredes de la pieza, como pelotas de tenis contra un frontón. Los colibríes se resignaron y volvieron a la cama. Se ubicaron entre los tobillos de Marcelo y los pliegos de las sábanas, para volverse nuevamente pies”.
     Se levantó empapado. Tomó un vaso de agua y un geniol. Se calzó la venda en los ojos como de costumbre y salió. Sólo veía un poco por debajo de la venda: los cordones de sus zapatillas, el pasto, los charcos y el devenir informe de las veredas. Fue así que vio a Pancho. Un perro retacón y de bigotes blancos. Era un perro común y corriente, pero con unos ojos profundos como el río. El perro lo siguió.  Marcelo entró  a un kiosco para comprar cigarrillos y un vino, y cuando salió, el perro todavía estaba allí, esperándolo con el pecho erguido y sus ojo altivos. Marcelo sin quererlo se sintió acompañado.
      El primer diálogo lo tuvieron en  una plaza:
 - El problema no es tener pulgas, es uno mismo que se rasca- dijo Pancho mientras se rascaba la oreja. Marcelo no pudo contenerse y se río. Hacía meses que no se reía. Pancho respondió esbozando su mejor sonrisa. -Entonces ¿Por qué te rascas?- preguntó Marcelo con cierta obviedad. - Es que no siempre puedo hacer lo que quiero- dijo el perro y después callaron.
     El perro no hablaba. No vayan a creer que Marcelo estaba loco, o el perro era un animal paranormal. No, tan sólo eran dos sujetos que se supieron entender.
     Con el tiempo se hicieron muy amigos. Marcelo consiguió una cucha de madera en una feria de Ingeniero Budge, de la calle Olimpo.  La cargó sobre sus hombros durante todo el viaje en colectivo ante la mirada indiferente de los pasajeros de la línea 306. Cuando llegó a su casa, Pancho lo recibió moviendo la cola y lamiéndole la cara.
      Marcelo comenzó a sentirse distinto, como cuando heredás un jean de un tío abuelo muerto y sorpresivamente te calza perfecto. Bueno, no sé si es un gran ejemplo, pero algo así. Lo importante es que las cosas se iban poniendo lentamente en su lugar.
     Las vueltas por el barrio con Pancho, le rindieron en muchos aspectos, algunos vecinos que anteriormente esquivaban su mirada, ahora lo saludaban con simpatía. Y en una ocasión, el carnicero de la esquina Mitre y Alem doble,  cuando Marcelo fue a comprar, le obsequió a su amigo canino una cumplida porción de espinazo.
      Un lunes inesperado y primaveral, el ferretero del barrio le ofreció un trabajo a Marcelo, específicamente le pidió que lo ayude con los trámites bancarios y otros recados del negocio. Marcelo no lo pensó dos veces y comenzó su raid.

     A Marcelo le encantaba ser cadete, era un trabajo hecho a medida para él, viajaba de acá para allá, en tren y en colectivo  y eso lo hacía muy bien por su condición de callejero que tenía desde muy chiquito y ciertos rasgos obsesivos-compulsivos que venían muy bien a la hora de ordenar los sobres. Fundamentalmente, le gustaba el trabajo porque muchos trámites los podía hacer con su mejor amigo.
     Hace una semana me crucé a Marcelo en la entrada de la AFIP, tenía cara de cansado pero se lo notaba de buen humor, hasta se podría decir satisfecho. Nos saludamos y enseguida me presentó a su perro. Hablamos un rato largo de calles cortadas y alimento balanceado, entre otros temas. Antes de despedirnos, me di cuenta que la vincha roja que llevaba puesta era la venda que tapaba los ojos del antiguo gallito ciego...

                                                                                                                                                       

sábado, 28 de enero de 2017

Memorias del viaje a Perú




 Lord Voldemort

Templo del sol. Machu Picchu.



09/01
Partimos a las 19.00 horas desde el aeropuerto internacional Ministro Pistarini de la ciudad de Ezeiza hacia la ciudad de Lima, Perú.
Viajamos por la línea aérea de bandera: Aerolíneas Argentinas, en un avión Boing 737 que iba hasta las manos. Minutos después de despegar, un pasajero retó a Cielo por golpear la parte trasera de su asiento. La señora que viajaba al lado de Griselda, una fila atrás, la alertó:
-Señora, señora, están llamando la atención a su niña-
Griselda se paró inmediatamente y observó al hombre con su mirada severa. El muchacho bajó su cabeza y regresó a su asiento cual serpiente de Voldemort a la cueva de las tinieblas.


La llama que llama

Llamas y alpacas en el patio de un  mercado de Cusco.


Cusco. La filosofía vitalista del hombre andino considera que lo hombres y las mujeres, los animales, las plantas, incluso las piedras, tienen el mismo nivel de hermandad por ser productos de la madre tierra. Por esta razón, aquí la llama es un miembro más en la familia tradicional cusqueña. La cholita la alimenta con mamadera de leche y alfalfa. Llevan nombres de personas, como Pablo, Pedro y Paco. El día de su cumpleaños lo celebran con mucho ahínco, chicha y cerveza. Llevan a cabo un ritual llamado en lengua quechua “Ch´allakuy y tinkay”; acto en el cual, el hombre de la familia, besa con su lengua a la llama en la boca y las mujeres adornan con cintas multicolores sus orejas. Cielo tiene una fascinación cusqueña con las llamitas de todos los tamaños, las visitamos diariamente en un campito de un monasterio regado de alfalfa. Descubrimos el edén de las llamas.



Llama alimentándose en el edén: Machu Picchu.  




 Mario Vargas Llora

Cielo y Garcilaso. Museo de Historia de Cusco.



Recorriendo el museo de historia de Cusco, me detengo a leer una frase del escritor peruano Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura: “El progreso no significa solo muchos colegios, hospitales y carreteras. También, y acaso, sobre todo esa sabiduría que nos hace capaces de diferenciar lo bello de lo feo, lo inteligente de lo estúpido, lo bueno de lo malo, y lo tolerable de lo intolerable, que llamamos la cultura”
El problema que no tuvo en cuenta Mario Vargas Llosa es que lo que él considera bello, inteligente, bueno y tolerable, para otros resultó ser feo, estúpido, malo e intolerable. La cultura que él considera bella no es inmune en sí al genocidio y a la esclavitud sin nombre de seis millones de aborígenes originarios. El filósofo Walter Benjamín en su tesis VII de su texto “Conceptos de Filosofía de la historia” afirma que no existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie. Mario Vargas Llosa es heredero de todos aquellos que han vencido. Hoy, participa del cortejo triunfal de republicanos peruanos liberales, que pasan sobre los que también yacen en la tierra.

Algunos referentes culturales peruanos dejan mucho que desear, no lo digo sólo por Mario Vargas Llosa, hay otro escritor muy venerado en estos terruños, que ocupa un lugar central en la cultura peruana, que es el Inca Garcilaso de la Vega, un hombre mestizo, hijo de un militar español y una princesa Inca. Yo no sé cuál fue el mérito de este hombre, quizás su obra literaria es muy buena, no sé, desconozco, no la leí. Pero la biografía de este supuesto prócer es humillante, por lo menos, para todos los que han caído bajo la espada española.  La cosa es así, resulta que este buen muchacho, poco después de la muerte de su padre, decide embarcarse y dirigirse al viejo mundo, más precisamente a España, para mendigarle a la Corona algún beneficio, por los servicios prestados de su padre al Rey. La cosa es que la corona no le da ni bola, y además desprecia, no sólo la memoria de su viejo, sino también la suya, por ser un maldito mestizo. Ustedes pensaran, bueno, es aquí donde Garcilaso se revela y reivindica su sangre incaica, pero no, nada de eso. El Inca Garcilaso de la Vega comienza su carrera militar bajo la orden de la Corona española, y como buen soldado, llega alcanzar el grado de Capitán.
Tras la muerte de su mamá y su tío, abandona la carrera militar y se refugia en la religión. Cabe mencionar, que recibe una suma importante de dinero y bienes, que hereda fundamentalmente de su tío difunto. Por lo cual, sus últimos años los vive holgadamente. Así como lo leyeron, esta es la verdadera historia patética de la vida del gran prócer peruano, que se encuentra en plazas, escuelas y museos del Perú. Como ven,  articular la historia oficial del Perú, no significa reproducir el pasado tal y como verdaderamente ha sido, significa que la clase dominante se adueña de un recuerdo,  para evitar cualquier tipo de peligro en el futuro.  Para el filósofo, crítico literario y coleccionista de citas: Walter Benjamín, el objetivo del cualquier historiador materialista, es avivar la llama de ese peligro: “El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradición como aquellos que reciben la tradición” (Tesis VI, Conceptos de Filosofía de la historia).
Digo, para todos aquellos, como Walter Benjamín, que quieren redimir a los oprimidos de la historia, nos queda quizás, un último as bajo la manga: “El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza”


cienpies incaico.


Mate de Coca
Griselda fue al mercado de Waincha, en una búsqueda frenética por recuperar los mates del atardecer. El termo rojo escarlata había quedado olvidado en una Van, y los síntomas de abstinencia estaban comenzando a aparecer. Pidió un termo a un puestero, y el vendedor le ofrecía un montón de termos preciosos, pero todos sin pico matero. -No, no, necesito con pico para cebar mate- le grita Griselda, chupándose el dedo para simbolizar la bombilla.- El vendedor sonrió. - El mate para ustedes es como la coca para nosotros. No podemos vivir sin ella- exclamó el hombre dándole un termo con pico vertedor color acero. Sesenta soles, más barato que en casa resultó. La globalización mal entendida.



Caminata desde la Central Hidroeléctrica hasta Aguas Calientes. 




Datos para el viajero.
Queridos colegas trashumantes, en esta sección del diario, arrojaremos algunos datos valiosos para emprender el viaje al Machu Picchu, que significa en lengua quechua “montaña vieja”. El pasaje ida y vuelta en tren desde la ciudad de Cusco hasta Aguascalientes tiene un valor de aproximadamente, 200 dólares. Hay un convenio para los residentes y algunos países andinos (Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia), en el cual pagan bastante menos, sobre todo los peruanos. Pero para nosotros los argentinos, el valor del pasaje es privativo, por lo cual, señalaré el camino alternativo para llegar a esta maravilla del mundo.
La manera alternativa para llegar desde Cusco hasta Aguas Calientes es la siguiente:
En la intersección de la Avenida Grau y Avenida Kancharina, en las afueras de la ciudad de Cusco, parte un Bus hacia Santa María. El costo del pasaje es de tan sólo quince soles, el tiempo estimado de viaje es de seis horas. Cuando por fin llegás a la ciudad de Santa María, debes tomar un taxi hasta Santa Teresa (pueblito montañoso y selvático, con aguas termales en medio de sus montañas). El costo del pasaje es de diez soles. Por último, desde Santa teresa se debe tomar otro taxi hasta la Central Hidroeléctrica. El costo del pasaje por persona es de 5 soles. (El taxista cobra por persona, porque el auto no sale hasta que no estén todos sus lugares completos). O sea, el costo total del viaje es de treinta soles por persona, como ven queridos colegas viajeros, este camino alternativo es muchísimo más barato y agotador que el viaje en el tren de Harry Potter. Perdón, si ustedes creían que la travesía terminaba aquí, no es así. Todavía falta el trayecto a pie, once kilómetros desde la Central Hidroeléctrica hasta Aguas Calientes. Mientras bordeas las vías del tren, el paisaje te recuerda a la película “Cuenta conmigo”, ¿Recuerdan? donde unos chicos emprenden una caminata para encontrar el cadáver de un chico desaparecido y en el trayecto sortean un montón de peripecias. Bueno, la vista del Machu Picchu de espaldas es preciosa y el río marrón y caudaloso baja de la montaña con un sonido furioso.


puente de Santa Teresa




Zaratustra andino
Ukuku es el nombre en lengua quechua del superhombre andino, cual Zaratustra para Friedrich Nietzche. Ukuku simboliza al hombre cuya fortaleza espiritual y emocional le permite superarse día a día y estar en armonía con la naturaleza.


El maíz es de América.
Para todos aquellos eruditos que aseguran que el maíz es un producto agrícola que introdujo el viejo mundo europeo en nuestro continente, les aseguro que no es cierto lo que dicen. Según el cuadro cronológico de la evolución cultural del museo de Coricancha, en la ciudad de Cusco. El maíz apareció en México 5000 años antes de Cristo. Ni el maíz es propio de ustedes. ¡Malditos colonizadores! 

Aguas termales de Santa Teresa



Ughu Pacha         
Según la cosmovisión Inca, el universo se divide en tres espacios infinitos. El hanan-pacha que significa el mundo de arriba, donde habitan los dioses. El kay-pacha que es el mundo terrenal, de aquí (espacio) y ahora (tiempo presente), donde vivimos los seres humanos. Y, por último, el ughu-pacha, que significa en lengua quechua: mundo subterráneo, que es el lugar donde habitan nuestros muertos, las raíces de nuestra fertilidad e identidad. Tiene también un sentido espiritual este concepto, que vendría a ser nuestro mundo de adentro.
Hay un temita que todavía no saldé con mi vieja, que fue la cremación de mi difunto padre. Si hay algo en que no estuve de acuerdo, aunque no lo manifesté, fue con la decisión de mi madre de hacer cenizas a mi viejo. Creo, como los incas, que los muertos habitan el mundo subterráneo, y que además fertilizan las raíces de nuestra identidad en el mundo del aquí y ahora (kay.pacha).
No digo que seamos tan fanáticos de momificar a nuestros ancestros, como hacían los incas con sus reyes o princesas. Y en los períodos de siembra trasladarlos hasta la tierra para pedirles una buena cosecha. No, tampoco me veo en el final de la materia de Sociología de la educación con un saco de huesos de mi viejo. Pero si creo en el ritual judeo cristiano de enterrar a nuestros muertos en un cementerio. No me gusta las formas mortuorias posmodernas, donde todo es desechable, desde los restos de un Bic Mac, hasta los restos cadavéricos de tu viejo.


Atardecer en el sur de  Lima: Playa Punta Hermosa.





jueves, 5 de enero de 2017

Skeletor

"Dedicado a Germán" 

Primero

Germán caminaba por el barrio céntrico de Morón Oeste, por una calle asfaltada, de cordones altos y veredas de baldosas azules y blancas. Llevaba la camisa abierta en su pecho y en su mano izquierda sostenía una botella de vino tinto a “media asta”
Su destino era un boliche, ubicado en el centro de la ciudad de Castelar. Su objetivo era reunirse con sus amigos y celebrar con cerveza fría el año de mierda que se estaba yendo. Corría el mes de Diciembre del año 2001, y en esos tiempos, era un trabajo homérico conseguir monedas para poder viajar en bondi. Había querido comprar puchos, pero ningún kiosquero aceptaba como valor de cambio un billete Patacones de veinte.
Resignado, se sentó en una esquina a tomar el vino. El calor húmedo y pegajoso de una noche de verano le molestaba cual mosca que da vueltas y vueltas sobre la oreja. No quería por nada del mundo sudar su camisa de mangas cortas a cuadrillé, que había planchado pacientemente su abuela. Ay su abuela… ¿qué haría en este mundo sin su abuela Helda que lo había cuidado durante toda su infancia y adolescencia? Si no hubiese estado su abuela en los tiempos difíciles, ¿qué sería de él? Seguramente sería hoy un ladronzuelo de poca monta, o lo que es peor aún, un vigilante que detiene a los pibes que toman cerveza. Pero no, él se había convertido en otro tipo de sujeto: alguien que había aprendido un oficio; alguien que era capaz de rectificar un motor o cambiar las correas de distribución y del alternador de un camión; alguien que podía sobrevivir gracias a su profesión. Aunque ya hacía tres meses que no le caía un puto laburo. Las cosas andaban tan pero tan mal, que daban ganas de prender fuego el congreso con todos los políticos adentro.
Mientras el vino ascendía a su paladar, un hombre de estómago prominente y barba tupida se le acercó a pedirle un trago. Germán compartió la botella como si fuera un reflejo natural, como un paciente que levanta el pie ante el golpe en la rótula del médico.
“Estaba más sediento que piojo en la cabeza de De la Rúa” exclamó el hombre al terminar el trago y después fue hasta un canasto de basura y sacó dos botellas vacías de Terma y las arrojó a su carro.
Germán miró el caballo que sostenía el carro: tenía anteojeras y resoplaba un aire caliente mostrando unos enormes dientes amarillentos. Luego de pensar unos segundos, a German se le ocurrió una idea:
-         -¿Vas para Castelar? - Le preguntó.
-         -Si, si, voy para ese lado- contestó el botellero
-         -¿Me llevás? -
-         -Si, dale, subite- dijo el hombre de barba tupida y golpeó las riendas sobre el lomo del caballo
-         -¡Arre!¡Arre! -
Fueron a trote ligero por avenida Rivadavia, el caballo daba pequeños saltitos, como si la brea del asfalto le estuviera quemando las espuelas. No pararon en ningún semáforo. Las calles del Oeste a esa altura de la noche estaban vacías. Cuando llegaron al centro de Castelar, Germán bajó de un salto a la calle, dejándole el vino al laburante.
-         -Gracias por el aventón-  dijo Germán y marchó en dirección hacia el boliche donde esperaban sus amigos.

Segundo

Cuando llegó al boliche “Skeletor” había una fila de sólo diez personas en la puerta. Sin embargo, Germán tuvo que esperar casi una hora para que un patovica soberbio le permita el ingreso. “El viejo truco de mostrar gente en la puerta para aparentar que adentro está lleno.” “Nada más despreciable que un patovica” pensaba Germán mientras aguardaba en la fila. Cuando le tocó pasar, escupió un garzo amarillento en un piso de piedritas color gris perla.
-         -Evidentemente lo único bueno que tiene este boliche es el nombre –fue lo que atinó a decir a su mejor amigo al verlo. Darío lo abrazó muy fuerte y después quiso comentarle algo, pero la música estaba tan alta que Germán no escuchaba nada de lo que decía su amigo.
Darío le señaló la barra de “canilla libre”, la cual estaba atestada de gente. Allí pudo divisar a su otro amigo Momia, estirando el brazo a una morocha de pechos voluptuosos y gafas espejadas, que conversaba animadamente con el cajero de la barra, probablemente el dueño del boliche.
Germán saludó efusivamente a Momia, pero su amigo estaba tan pendiente que lo atendiera la bartender, que apenas lo registró.
Después de aguardar media hora en la barra, la morocha le sirvió un fernet aguado que Germán tomó de un solo trago tipo “fondo blanco”. Antes de que la bartender continuara con el siguiente de la fila, Germán le gritó con los ojos brillosos:
 -Ah, me olvidaba, y un destornillador, por favor…- dijo achinando su mirada castaña.
La morocha lo miró seria y luego le sirvió tres cuartos de vodka y un chorrito de naranja en el mismo vaso, sin ponerle un solo hielo. Germán le guiñó el ojo y se marchó.
Todo lo que pasaba en ese boliche era una gran mentira: la música, las risas, los gestos. Germán comenzó a deambular borracho con el trago en la mano por la pista semioscura, iluminada por un juego de luces color verde, rojo, amarillo, fucsia y plateado. Lo único que se veía claramente era la ropa clara y las pipetas de las zapatillas Nike.
Buscó a sus amigos en los pufs del Chillout, en el baño y en un patio que había una enorme palmera, pero no los encontró, fue entonces que vio a Momia y a Darío en el sector VIP moviendo los hombros al ritmo uniforme de la música electrónica. No se aguantó más en ese maldito lugar y se marchó sin saludar.

Tercero

La luz tenue de la calle le alivianó la vista y los ruidos apagados de la madrugada los oídos.Eran las cuatro y cuarenta de la madrugada, pensó ir a tomar una cerveza, pero prefirió directamente ir a dormir. El primer tren pasaba a las cinco por la estación de trenes de Castelar.
“… ajeno al tiempo, sé que quisieras seguir, pero mil voces te ahogan para que formes la cola del seguro porvenir, por eso te vi escapando, en las horas sin sol, de las miradas oscuras que aprobaron la torturas del fugado represor…”
Germán canturreaba “Tu eres su seguridad” mientras avanzaba a ritmo firme hacia la estación de trenes. Recordó con emoción, cuando en su cumpleaños de trece, su tío Raul, lo llevó a ver Hermética al estadio Obras. El tío trabajaba como boletero en la puerta, por lo cual, tuvo que ver el recital solo, aunque se sintió acompañado y en comunión con todos esos hombres y mujeres de cabellos largos, remeras negras y camperas de jeans.
Cuando llegó a la estación, subió una pequeña rampa de cemento que lo dejó en el andén del tren que viene de Moreno con destino a Plaza Miserere. Germán encendió un pucho y la lumbre del encendedor descubrió un hombre, de alrededor unos cuarenta años de edad, dormido sobre las vías del tren. En un santiamén, Germán saltó a las vías y sacudiéndole el hombro lo despertó. El hombre recostado sobre el riel lo miró absorto.
-         -¿Qué estás haciendo acá? - le gritó Germán. -¡Te va a pisar el tren, loco!-
El pelucón estiro el brazo y Germán lo ayudó a levantarse y a trepar el andén. Una vez sentados en el banquito, el tren como una Parca maquínica arribó a la estación, el hombre empezó a gritar:
-¡Me salvaste la vida! –
-¡Me salvaste la vida hermano! – gritaba como si hubiese vuelto de la muerte, y abrazaba a Germán.
-Bueno, bueno, lo que importa es que estás vivo- dijo Germán con una gran sonrisa.
-¿Cómo te llamas? - le preguntó el pelucón
-Germán, pero mis amigos me dicen el Ruso-
-Vamos que te invito una cerveza-  dijo el hombre.
Fueron a un piringundín pegado a la estación y tomaron una, dos, tres, cuatro cervezas. Pero de  un momento a otro los parpados de Germán se volvieron de plomo, tenía un loop en su cabeza, la frase: “Me salvaste la vida”, la imagen de un vaso de cerveza estallando en el piso y el sonido de un motor, giraban y giraban a su alrededor. Ahí no más, en un segundo, se le apagó la tele.

Cuatro:

Cuando Germán se despertó de un sueño intranquilo, se encontró sobre una cama matrimonial. Estaba acostado boca arriba y al levantar un poco la cabeza, veía hacia su costado izquierdo un hombro femenino, blancuzco y pecoso, surcado por el bretel desobediente de una mujer de cabello rojizo, que yacía de espaldas. Hacia el otro costado, dormía el hombre pelucón al cual le había salvado la vida en la estación.
“¿Qué me pasó?” pensó. No era un sueño. Despertó en una pequeña habitación, tranquila y callada, atravesada tan sólo por la brisa caliente de un viejo ventilador.
La mirada de Germán se dirigió hacia la ventana. El tiempo estaba lluvioso. Se oían caer las gotas de lluvias sobre el techo de chapa. Estaba sumamente asustado. Se levantó sin hacer ruido y salió sigilosamente por la puerta entreabierta de la habitación. Se encontró con el comedor de la casa y al costado de un sillón, vio la puerta de salida. Abrió la puerta y gritó por lo bajo: - ¡Maldita sea! – Estaba en el medio de un pasillo de la villa, los ladrillos rojos, las paredes escritas con aerosol y los pibes sentados en el entrepiso de cemento lo impulsaron a entrar de vuelta.
Regresó a la habitación en la cual había dormido y sacudiéndole el hombro, despertó al hombre que había salvado la vida en la estación la noche anterior.
-Necesito que ahora me salves vos- le dijo
-Buen día- dijo el pelucón y lo abrazó.
Germán regresó unos pasos hacia atrás e invitó al hombre con el dedo a hablar fuera de la habitación.
-Vos me salvaste la vida hermano- dijo el hombre y continuó: -Quedate a almorzar con nosotros, ahora despierto a mi esposa y amasamos unas pizzas…- 
-No, me quiero ir, - lo interrumpió Germán con tono tétrico.
-Necesito que me acompañes a la salida de la villa, nada más- dijo con los ojos abiertos.
El hombre sacó una botella de agua fría de la heladera y luego abrió la puerta. Caminaron por el barrio en silencio hasta la avenida Don Bosco. Enfrente de ellos había una parada de colectivos. Cuando Germán se acercó a saludarlo con un beso, el hombre lo tomó en sus brazos y lo apretó contra su pecho. Luego extendió los brazos y preguntó:
-¿Tenés monedas? –
Germán chequeó sus bolsillos y le contestó que no, girando la cabeza.
-Toma tres pesos, el 242 te deja en la estación de Morón- dijo el hombre mientras una gota de lluvia o de llanto recorría su mejilla.



miércoles, 21 de diciembre de 2016

Allahu Akbar





Mevlut Mert Altintas es el nombre del “terrorista” que asesinó a Andrei Karlov, embajador ruso en Turquía, el pasado lunes 19 de diciembre en una exhibición artística en Ankara. Escribo el nombre terrorista entre comillas porque ese es el mote que utilizó la prensa mundial hegemónica para calificar al atacante del embajador.
Recuerdo haber leído en un pasaje del libro “La voluntad de Poder” de Federico Nietzsche, algo así como que lo mejor que tienen las tragedias griegas, es que los únicos personajes que salen indemnes espiritualmente al final de las tragedias, son los fuertes.
Es completamente cierto lo que afirma el filósofo frenético Federico Nietzsche: Antígona, quizás la primera mártir femenina y feminista de la literatura universal, está tan convencida de dar sepultura a su hermano muerto Polínices, que se lo grita en sus propias narices a Creonte, Rey de Tebas. Desafía al responsable de la orden de dejar a su hermano insepulto, expuesto a los perros y aves carroñeras, por traidor a la ciudad de Tebas.
Me gusta tanto, tanto un párrafo del libro de Nietzsche “La voluntad de Poder”  que lo escribiría en la cabecera de mi cama: “… un criminal, con cierta seriedad sombría, se aferra a su destino y no niega inmediatamente lo que ha hecho, posee más salud del alma”
Me pongo a pensar en esta idea de Nietzsche y se me viene a la mente un montón de individualistas libertarios como Simon Radowitzky, Raskolnikov  y también ¿Por qué no?  El miembro de la policía turca que ejecutó al embajador ruso en Ankara.
Recordemos que Simon Radowitzky fue un militante anarquista  que tiró una bomba de mano al carro donde se trasladaba el comisario Ramón Falcón, responsable de la brutal represión de la semana roja de 1909 en Buenos Aires. En cambio, Raskolnikov, es un personaje ficticio del escritor Dostoievski,  que asesina a una vieja prestamista con un hacha para robarle el dinero y retomar su carrera de estudios, ayudar a los pobres y a su hermana a no casarse por cuestiones de dinero.
Los sujetos que están a la altura de esta experiencia son pocos. Todas las personas que mencione anteriormente  cometieron un crimen,  no se arrepintieron  y no lo negaron. Y lo más relevante es que realizaron un acto revolucionario en condiciones completamente adversas y solitarias. Generalmente utilizamos la palabra individualista para dar cuenta de una actitud o comportamiento mezquino  o egoísta. Nada más alejado al egoísmo fue el comportamiento de estos mártires, que conciben a la individualidad como la voluntad consciente  de actuar en pos de un ideal.
Terrorista es quien siembra el terror, pero la definición mediática pone el acento en los fundamentalismos y en las acciones solitarias de algunos, mientras organizaciones estatales, nacionales e internacionales vuelan de un plumazo ciudades enteras sin que se les derrame el agua mineral en los atriles de sus cumbres mundiales. Hay una vieja frase que dicta: “La violencia se sabe donde empieza, pero no donde termina”. Hoy transita con mayor virulencia, como siempre, por los territorios más desgraciados históricamente de nuestro planeta. Aunque hechos como la irrupción de Allahu Abkar hablan de un objetivo más claro, entonces las acciones son individuales y no individualistas, ya que no se llevan al pasajero de subte o al transeúnte desprevenido. No seamos tontos, no todos cargamos la misma responsabilidad. Algunos caramelos entonces parecen tener sabor a justicia en estos casos. No sabemos hacia dónde va pero como la napa de agua, cerca del camino de La Ribera, siempre el agua podrida brota desde el baño o la cocina y a veces inunda toda la casa.

martes, 28 de junio de 2016

Los escritores secretos

Casi nunca me presento ante otras personas como escritor. Cuando lo hice, en ferias de libros independientes u otros eventos sociales, a nadie le importó.
En una ocasión le comenté a un grupo de escritores independientes mi “berretín”, como diría el escritor Oscar Fariña, por la escritura. La mirada de mis colegas ocasionales fue tan incómoda, como si sintieran odio hacia mi persona por mi mensaje tan pretencioso. ¡Ni que hubiera dicho que juego a la pelota como Maradona, viejo!
A mi madre –una asidua lectora- siempre le pregunto qué le parece alguno de nuestros cuentos, pero ella con una indiferencia oriental omite mi pregunta, mostrándome un saquito que está tejiendo para Cielo, o regalándome una cortina para el bajo mesada de la cocina.
Ningún miembro de mi familia u amigo tomó en serio, alguna vez, nuestra literatura. Yo escribo, escribo… Mejor dicho, escribimos. Escribimos con mi cumpa Griselda, pero a nadie parece importarle. Llegamos a un punto en que no sabemos si del otro lado de nuestros cuentos existen lectores, o simplemente escribimos sin que nadie nos lea. Como quien lee un cuento en voz alta y cuando llega al momento cumbre del relato, escucha los ronquidos de su hija que duerme plácidamente.
Acabo de escuchar en una efeméride de un  programa de radio, dice que en un día como hoy, se publicaba la novela de Julio Cortázar: Rayuela. “Las críticas de la prensa argentina fueron muy malas”, asevera  el conductor del programa radial. Es raro, hay montones de personas que conozco que citan la gran novela de Cortázar como el punto de inflexión de sus vidas y he escuchado comentarios de chicas haciéndose las Magas en alguna fiesta vintage. Hay miles de personas que adoran a Jorge Luis Borges, imaginen lo que sería si realmente lo hubieran leído... El mundo de la literatura es monopolizado por cuatro o cinco escritores, cual mercado de la alimentación, lo monopolizan cuatro o cinco hipermercados. Después  estamos el resto de los escritores, que vendríamos a ser feriantes o vendedores ambulantes literarios.
Henry Miller, en su libro “Trópico de Capricornio”, dice que el escritor debe abandonar todo y no hacer otras cosas que escribir y escribir, aún cuando todo el mundo le aconseje lo contrario. Algo así como la resistencia lingüística. La verdad que lo haría con gusto, pero es cierto también que uno no quiere enloquecer y  escribir una novela para lectores imaginarios, como mi vecina viuda que habla a los gritos con su esposo que ya no existe hace 20 años.
Hay una canción de Los Gardelitos que dice “Es que nadie cree en mi canción, es que nadie espera nada de mí, toda esta mierda me hace pensar que Dios me olvidó…”
Me siento totalmente identificado con Korneta .Quizás sea eso, quizás siga escribiendo precisamente porque nadie cree en mi como escritor. O quizás, el auténtico secreto radique en hacer creer a la gente que uno escribe bien. Pero como convencer a potenciales lectores que mi obra vale el esfuerzo de leerla, habiendo escritores tan enormes que todavía no leyeron. “No leas a Maupassant, mi obra es más contemporánea”, es imposible que salga de mi boca semejante atrocidad. Aunque pensándolo bien,  las personas no dejan de leerte para leer a Maupassant o a Balzac, sino para leer su signo del zodiaco en el horóscopo, ó el suplemento deportivo del diario.   Algo debe tener la escritura que genera tanta resistencia cuando no es consagrada ni legitimada por la academia. Me quedo pensando, mientras en el puesto alguien escudriña nuestros libritos artesanales de módico precio durante largos y pausados minutos, como si estuviera comprando un auto usado, como si el riesgo fuera enorme…

Todas estas son suposiciones, la única certeza  que tengo, es que escribir junto a Griselda me compone.  Como diría Spinoza, los dos cuerpos, las dos ideas se componen formando un todo más poderoso.  Y qué bien se siente uno en el proceso de escritura, como si la vida cobrara pleno sentido con un puñado de palabras. Pero al finalizar la obra, uno espera expectante alguna respuesta del universo, y la respuesta no llega, no llega; y mejor que no la espere demasiado, porque antes lo puede sorprender la muerte.

martes, 31 de mayo de 2016

¿De qué barrio sos?











Muchas veces se me puso la piel de gallina en un estadio de fútbol. Cuando digo “piel de gallina”, no tengo ninguna intención de hacer referencia al club de fútbol más representativo del capital cultural de la derecha  de nuestro país, sino que quiero dar cuenta  del reflejo denominado científicamente como piloerección,  que sucede cuando nos emocionamos,  o vivimos una experiencia diferente.
Una vez fue cuando vi a la hinchada de Boca en todo su esplendor. Recuerdo que Lanús venía peleando la punta justamente con Boca Junior. El técnico de Lanús era Miguel Angel Russo, creo que faltaban cuatro fechas para el cierre del campeonato. Era un domingo lluvioso y yo miraba con mi viejo el partido desde el tercer sector de la Bombonera, que cumplía la función de tribuna visitante, en ese tiempo.  Fueron cinco minutos muy intensos  en el segundo tiempo: las cabecitas que ocupaban la segunda bandeja que da a la Casa Amarilla comenzaron a moverse, e inmediatamente eran las cabecitas de las tres cuartas partes del estadio. El sonido me llegó tres segundos después, como en un relámpago: “Yo soy de boca señor,  cantemos todos con alegría…” La energía de la multitud me golpeó como una ola que rompe con mucha fuerza en un banco de arena. Después de esa experiencia, yo creo que hasta el hincha de fútbol más neófito  comienza a ver los fenómenos sociales y colectivos de otra manera.
Siempre me gustó la hermandad entre  hinchadas amigas. Como la amistad entre Lanús y Chacarita. El lazo social entre los muchachos y muchachas de San Martin y Lanús Este se genera fundamentalmente  en compartir una misma identidad política: “Perón, Evita, Lanús y Chacarita”. No puedo hablar de la misma amistad con la hinchada de Quilmes. Pero si puedo elogiar a su gran banda, que una vez entraron como los Indios Quilmes a la cancha de Lanús. El partido había comenzado hacía quince minutos, y de repente, miles de barras de Quilmes de larga melena (tengamos en cuenta que eran los noventa)  corrieron al corazón de la tribuna visitante, cual malón sobre un pueblo de la colonia española. El sonido gutural que emulaba los ataques de los indios diaguitas: ohohohohohoh… era la representación artística y contemporánea más lograda que había visto alguna vez sobre los indios.
Por último,  voy hablar de la gran final del pasado domingo: Lanús vs San Lorenzo, y precisamente no voy hablar del Granate mecánico, como lo bautizó al final del encuentro, el presidente de Lanús: Nicolás Russo, en referencia al equipo de Holanda de Rinus Michels,  del año 74. Sino que quiero hablar de la gloriosa Butteler.  La mejor banda de sonido para disfrutar un partido de fútbol. Yo no sé quién es el letrista o los letristas de la hinchada de San Lorenzo, pero sin lugar a dudas, están a la altura de un Enrique Santos Discépolo, o un Homero Manzi. “Vamos Ciclón, vamo a ganar, la butteler te va alentar…” Esta canción de los Estelares,  apropiada y cantada por treinta y seis mil cuervos,  no sólo me puso la “piel de gallina”, sino que me produjo  nostalgia  por el fútbol  pasado, donde un partido no sólo cobraba sentido por la dinámica que impone la competencia deportiva, sino también porque se ponía en juego en la tribuna otra cosa. La construcción de una  identidad barrial de un grupo social frente a otra identidad social distinta. No nos olvidemos del gran aporte filosófico de Ernesto Laclau: “El proceso de constitución de identidades sociales está determinado por un sistema de diferencias”.

Para finalizar esta pequeña aproximación al folclore del fútbol argentino, tengo una pregunta para los hinchas de San Lorenzo: ¿De qué barrio sos, de qué barrio sos, de qué barrio sos San Lorenzo, de qué barrio sos?