PARQUE RIVADAVIA
domingo 12 de julio de 2009
miércoles 1 de julio de 2009
Entrega de premios de Editorial Pelfil
Cobertura exclusiva a cargo del equipo periodístico de Escondete!
A veces la suerte nos es esquiva y las circunstancias de nuestra existencia se organizan ladinamente en nuestra contra; y el sistema, con su certero y aceitado funcionamiento, nos aplasta como a moscas.
Pero hay otras veces, las menos, en que el tiempo y el azar se pone de nuestro lado. Como solía cantar el viejo Jagger: "Time is on my side, yes it is".
Asi fue: la fama nos tocó con su varita mágica.
En esta ocasión, el hada madrina tiene nombre y apellido: Anáma Ferreyra.
Todo comenzó con el efervescente éxito en nuestro último emprendimiento: Peluquería canina a domicilio. El negocio, que había arrancado flojo, proliferó gracias a una efectiva volanteada que hizo nuestro gran amigo Delivery Boy, en el pituco barrio de Belgrano R. Ya que la idea madre era apuntar al corazón de la fracción ABC1. El éxito no se hizo esperar. Pronto, éramos un secreto a voces entre los famosos. Unos de nuestros primeros clientes fue Liza, el caniche toy de la modelo de precario español y exótica belleza: Anáma Ferreira. Al cual le realizamos un rapado a cero en pleno otoño, que le dejó un aire alternativo más que interesante.
Ese 19 de mayo, Anáma salió a la puerta con síntomas inequívocos de gripe A, nos dijo:
-Coff, coff.... hola chico, hoy no preciso, Liza no recupelo todavía el vello- comentó preocupada.
-Claro, claro, sin duda el proceso de crecimiento del bulbo piloso esta adormecido, ahora te voy a dejar unos tips, para potenciar el bulbo.- argumenté convencido.
-¿Qué le parece un baño de crema con aceite de esperma de ballena?- propuso Gripi al instante.
-Es que me da mielo el moquillo, coff...coff...- contestó una Anamá alarmada.
-No...igual el baño era para el perro- le aclaré por las dudas.
Al fin y al cabo, cerramos por un baño y un masaje capilar a ciento cincuenta pesitos.
Se complicó en el momento del pago, sentados en el living de su casa, observamos como la modelo revisó cada uno de los recovecos del aparador, reuniendo a duras penas cien pesos. En una acción desesperada nos quiso conformar con un voucher de su escuela de modelos, al cual rehusamos elegantemente. (Sinceramente nos parece un mundo extremadamente superficial y competitivo). Afortunadamente, se encendió su morena lamparita:
-¡Chico! ¡Ya sé! ¿Nos querés ir a una fiesta?. Tengo dos invitaciones pala la fiesta de premios Pelfil. Artistas, político, trago y mucho más. Coff...cof... Yo con este moquillo no podel ir, quedar en casa con Liza- enfatizó.
Fue así, que gracias a un chispazo del azar, el equipo periodistico de Escondete! se encaminó al barrio de retiro, cargando su tradicional camara reflex y un mini grabador sony, que le regaló a Gripi su papá para los quince.
Cuando golpeamos las puertas del cielo, nos recibió un botones de solapa gris que, desconfiado, chequeó a trasluz nuestras invitaciones repetidas veces. Al final, a regañadientes, nos permitió el paso.
Entramos pasadas las seis de la tarde y los mozos recién estaban colocando los centros de mesas. A eso de las ocho comenzaron a caer los primeros famosos de la velada. A esta altura ya degustabamos la décima copa de vino espumante.
Era la quinta entrega de premios de Editorial Perfil. El jurado estaba conformado por personalidades notables de nuestro aletargado campo intelecectual: El edípico Marcos Aguinis, una ecuánime María Laura Santillán, el incorrompible periodista político independiente Nelson Castro,todos comandandados por el libre pensador, cual Gutenberg de nuestro tiempo: Jorge Fontevechia.
Pero no todos eran genios superdotados, por suerte, también había belleza y glamour: una Nacha Guevara con un look muy teen, desfilaba por la alfombra roja con su peculiar boina lila, repartiendo sonrisas a los presentes. Los periodistas no tardamos en avalanzarnos sobre la diva.
-¡Nacha! ¡Nacha! Si Evita viviera sería:...- se la dejé picando.
-Sería más vieja que yo, eso seguro querido, ja,ja...-contestó acertadamente. Todos rieron a su alrededor.
-¿Por qué la boina Nacha?¿ Tiene alguna connotación revolucionaria?-le espetó un periodista barbudo de Página 12.
-No, es un regalo de Luisito Sandrini. Era muy amiga de sus padres sabés...- dijo Nacha, saludando con la mano y perdiéndose entre la gente.
La fiesta se encontraba en su punto más álgido, los flashes y las risas entrecortadas rebotaban en mi mente, en ese entonces ya había perdido a Gripi en el tumulto de gente. La busqué incansablemente hasta que tropecé con la bandeja de un mozo, caí aparatosamente sobre Rocío Marengo y nos reímos a carcajadas en el suelo. Un buen hombre nos ayudó a incorporarnos y tambaleante llegué hasta el baño como pude. Apoyé mi frente contra la cerámica fría del migitorio y sentí un profundo alivio. Cuando me subía el cierre, el botón de mi pantalón saltó y resbaló caprichosamente por la baldosa hasta debajo de un privado. Abrí intempestivamente la puerta y ví una imagen aterradora: encontré a Charly Alberti y al mismísimo hoy diputado electo Francisco de Narváez hablando acaloradamente.
-Perdón, perdón, no quise interrumpir-
-JA, JA, JA...- sonó la estruendosa carcajada y un escalofrío recorrió mi espalda.
-Está todo bien, no interrumpís nada, ja,ja,ja- dijo Francisco y me palmeó amenazante.
-Man no te asustes. Acá estamos intercambiando impresiones con el colo- me tranquilizó Charly y continuó:
-Como te contaba: con the Climate Project nos proponemos concientizar a las personas a nivel mundial, la gente que rodea a Gore es muy capa, saben de qué va el medioambiente, son megacientificos- aclaró.
-¿ Cómo es eso?- preguntó Francisco, echándome una mirada complice de reojo.
-Es así, yo por ejemplo trato de conservar mi gasto de energía doméstica. Tengo un auto plateado para que reflecte más el sol y tenga que gastar menos en calefacción, desconecto el celu una vez que termino de cargar, trato de tener zapatillas donde conecto el equipo, apago todo en el estudio cada vez que me voy, son cositas. Los argentinos... bla...bla...bla...-
De un momento a otro mis párpados se hicieron de plomo, tenía un loop en mi cabeza, los personajes y la conversación giraban a mi alrededor, como en un sueño retuve algunas imágenes escalofriantes en mi cerebro: una botellita de Chandon estallando contra los azulejos, unas gafas espejadas, una esvástica tatuada en un glúteo rubio y pecoso y alguna que otra imagen truculenta. Ahi nomás fue que se me apagó la tele.
Desperté de repente con el aire gélido que viene del río, pegándome en la cara. Sentado en las escaleritas de la torre de los ingleses, con un espeso vómito a mis pies, en los que se podía distinguir claramente algunos tomatitos cherry y pedacitos de kani-kama.
En el momento en que más desolado me sentía y un terrible ardor subía por mi garganta, pude vilslumbrar a Gripi a lo lejos, como un oasis en el desierto: se acercaba blandiendo una botellita de Coca de 600. Los rayos tibios del amanecer comenzaron hacerme cosquillas en la nuca.
Mauro.
Gripi.
lunes 25 de mayo de 2009
El camionero
Pancho revolvía las piernas entre las sábanas, buscando las medias que se le habían salido. Un poco dormido alcanzó a apagar el despertador justo unos minutos antes de que suene. Las agujas no alcanzaban a marcar las cuatro de la mañana y aún era noche cerrada.
Recorrió la habitación a oscuras buscando a tientas la ropa para no despertar a su mujer. Los calambres en el estómago comenzaron mientras terminaba de subir el cierre del pantalón. El frío, pensó. Los retorcijones siguieron y le dió un poco de miedo salir a la ruta descompuesto. Fue al baño y se sintió más aliviado, aunque cierto malestar todavía le recorría el cuerpo. Por las dudas, tomó dos pastillitas de carbón con un té. Ese método era infalible.
El 324 de las 4:35hs. pasó diez minutos atrasado. El camión lo guardaban en un galpón que daba a la avenida, cerca del cruce de Varela. Cuando bajó del colectivo un celeste de cartulina empapelaba el cielo. Palpó las llaves en el bolsillo de la campera, miró para los costados y apuró el paso. Abrió un portón corredizo y mientras subía a la cabina del camión sintió una basurita en el ojo. Se refregó el ojo izquierdo con una carilina que había en la guantera y parpadeó hasta lagrimear, y despejar la vista:
-Tranquilo, viejo, tranquilo, que al final primero vos...- Tarareó el tango de Tita y suspiró.
Estiró la perilla del cebador y dió arranque al motor.
-Brrrr..., brrrr..., rum..., rum...- Se escuchó la explosión del motor Mercedes Benz.
Dejó el camión regulando y chequeó con una barreta las dieciocho ruedas.
Fue despacito por avenida Calchaquí saboreando unos mates humeantes. Aunque le dolía el estómago, no iba a abandonar a su mejor compañero. Cuando empalmó la ruta todavía no había amanecido del todo, apenas asomaba el sol rojo, como la cresta de un gallo en el horizonte.
El camión caminaba perfecto y la ruta estaba limpita, todo marchaba sin inconvenientes, sino fuera por ese ojo que no dejaba de latir y darle pinchazos como si una vieja aguja de colchonero le atravesara la pupila. Arrugó el entrecejo y trató de pensar en otra cosa... Había salido temprano, calculó que cerca del mediodía llegaría a Bahía Blanca, justo para comer en lo de Alfonso y después pegarle derechito hasta su destino, la ciudad de San Antonio Oeste, en Río Negro.
Lentamente se había ido acostumbrando a viajar solo, un poco por necesidad y otro poco por gusto. Al principio, llamaba a su casa en cada parada. Luego, con el tiempo, empezó a disfrutar de la soledad y de los increíbles paisajes que le regalaba ese trabajo. Las distancias que recorrió, a través de los años, paradójicamente lo habían acercado a su mujer. Nunca hubiera podido ir a ningún lado sin la carita de Martha esperándolo a la vuelta. Eran de esas pocas parejas que se extrañaban en cada separación, y el rencuentro lo difrutaban como si fueran chicos.
Cuando entró a Coronel Pringles todavía no eran las doce del mediodía pero ya tenía un poco de hambre. Le hizo luces a las chicas paradas en la rotonda. Desaceleró, pero en el momento de poner el giro para entrar en el playón de la YPF tuvo un raro presentimiento, la estación de servicio estaba vacía. Pisó el acelerador y se sintió más aliviado retomando la ruta. Le dió parejito hasta la parrilla de Alfonso.
El sol estaba bien alto y caldeaba el ambiente, como las brasas a las achuras en la parrillita. Estaban todos, no faltaba ninguno:
Miguelito,el del Fiat Iveco, Los hermanos Macana y el Murdoc. Las hijas del patrón, servían la mesa y ayudaban al padre con las minutas. Después del segundo vaso de vino, era imposible no acompañar con la mirada el vaivén de la más chica.
Los hermanos Macana comenzaron con su habitual ronda de chistes, que eran de los más verdes para el deleite de todos,las risas brotaban a carcajadas y el vino corría por la mesa. Todos la estaban pasando más que bien, excepto Pancho, que a pesar de dibujar una sonrisa ante el remate de cada chiste, se mostraba absorto, ausente. Esto lo notó el Murdoc, que era el más compinche, fueron compañeros de ruta durante muchos años, trabajando para la misma compañia.
-¿Qué se cuenta Panchito?- le preguntó el Murdoc para animarlo un poco.
- Bien, bien- contestó a secas.
-¿Te pasó algo? No tenés buen talante-
- Yo estoy bien, un poco cansado, pero por suerte me queda el último trecho.
Pancho estuvo a punto de contarle, pero decidió que era más conveniente no preocupar a más gente. Bastante había tenido con Martha que lo había vuelto loco para que fuera al oftalmólogo... Dejó un billete arriba de la mesa, saludó tocandose la punta de la gorra y retomó la marcha.
No había mucho por contar. El médico había sido claro:
-José, con un glaucoma tan avanzado no es posible seguir manejando, va a ir perdiendo paulatinamente la visión y resulta muy peligroso, imagínese-.
Pancho le respondió todo que sí al doctor, compró todos los remedios, hizo la dieta que correspondía y comenzó a rezar todas las noches a la virgencita del valle. Eso si, no iba a dejar la ruta. Por eso, el diagnóstico nunca se lo contó a nadie, ni siquiera a Martha.
Cuando empalmó con la ruta de los acantilados, el último tramo que le restaba, advirtió, bajo un cielo opaco por la llovizna, que su campo visual se había reducido de tal modo que sólo distinguía la doble raya amarilla que impide el cruce de carril y las luces de otros autos. La banquina y el paisaje, habían desaparecido.
El rugir del mar embravecido no le premitía calmarse. Otra curva cerrada, sintió el bocinazo a la derecha, volanteó y se le aflojaron las piernas. Respiró entrecortado, el susto hizó que su corazón se disparara. Sacó el pie del acelerador y trató de ubicarse un poco en medio de esa neblina amarillenta que lo envolvía sólo a él.
-Estoy bien, estoy bien, no me pasó nada- se dijo a sí mismo e inmediatamente escuchó el traqueteo de las ruedas en las piedras y el estruendo de la caja del camión contra el piso.
Por último no sintió nada más. Quizá el tiempo se detuvo para él.
Absurdamente comenzó a verse de lejos. Lo vió todo:
el camión desbarrancándose, cayéndose al vacío, hundiéndose en un mar oscuro e infinito.
Gripi-Mauro.
jueves 2 de abril de 2009
Relatos de la lucha social VI

En esta ocasión Delivery nos demuestra como sortear la crisis económica.
"Hay que ser pillo, las oportunidades hay que saber verlas" Delivery.
-Era una noche fatídica, todavía no había pegado una vuelta, y a esa altura de la noche, ya eran cerca de las tres de la matina. Mi jefe dormía extendido sobre la mesada donde se amasan las pizzas y roncaba como una locomotora a todo vapor. Primero inflaba la barriga como un globo de cumpleaños, con un sonido gutural que emulaba a un puerco ansioso, luego exhalaba el aire lentamente... y por último un silbido agudo aireaba su tupido bigote que se ondulaba graciosamente:
-Zzzzhhh...-
Las calles del barrio estaban harto desiertas. Los habituales parroquianos del boliche ya casí ni aparecían. Mi jefe les había cortado el crédito por considerarlos incobrables, con lo cual, en el negocio había menos movimiento que en la Municipalidad de San Fernando un viernes después de la una de la tarde.
Yo miraba una película que había enganchado en el canal I-Sat, que me había levantado un poco la temperatura. El guíon era flojo y a los actores no los conocía nadie, pero había una pelirroja voluptuosa que valía realmente la pena.
Cuando más insatisfecho me sentía y una desazón profunda recorría todos mis pensamientos, el bendito teléfono rojo comenzó a chillar:
-Rrriiiiiiingg...riiiinnng-.
Mi jefe no se dio por enterado. Creo que en ese momento hablaba dormido, "La lata de morrones rojos es mía", vociferaba entre sueños. Levanté el tubo y... ¿Adivinen quién era, eh? ¿Quién era?-
Delivery boy nos miraba expectante.
-Ni idea- musité.
-¡Ya sé!- gritó gripi excitada.
-¡Vicente Viloni pidiendo una fugazzeta bajonera, con música de Bon Jovi de fondo!-
- No, nada que ver. Vicente está de vacaciones- contestó Delivery un poco distante.
-¿Dónde fue?- preguntó gripi.
- A USA. La semana pasada me llamó desde una cabina teléfonica al costado de la ruta. Estaba a treinta millas de Oklahoma. Su idea es recorrer en moto todos los estados-
-Fuahh.... ¡Un viaje iniciático!- dijo Gripi anonadada.
- Si, alto viaje- sentenció Delivery y continuó:
- Bueno, no quiero perder el hilo de la historia, así que por favor no me interrumpa más muchacha-
Cuestión que levanto el teléfono y digo como siempre:
-Pizzería, buenas noches, ¿En qué puedo ayudarle?-, a esa hora llamá cada secuestro... Del otro lado escuchó la voz inconfundible, de la única, la irrepetible, la máxima diva de los teléfonos. ¡La mismisima Susana Giménez!-
-¡Hola! ¿Pizzería? Ay disculpame amor. ¿Hacen delibery?- preguntó Su.
-¿Su-su-su-sana?- tartamudeé.
-Si, querido, pero no te quiero complicar, si es too late despierto a la cocinera-
-Por favor Susana, faltaba más. ¡Un placer! ¿Qué andaba necesitando?- dije convincente.
-Una grande de palmitos y anána y un Don Perignon bien frío. Y me lo tienen que traer a mi mansión de Barrio Parque, Palermo chico, ¿Conocés gordito?- dijo Susi.
- El champagne te lo debo, pero la pizza está en marcha. La promo incluye dos Stellas Artois- le aclaré por las dudas.
- ¡Brutal! Si es nacional está okey. Lo único divino, vení con documentos y anunciate en la entrada, porqué el guardia de seguridad primero dispara y después pregunta, ja,ja....- lanzó una sonora carcajada y después cortó.
-Preparé el pedido y le escribí una nota a mi jefe que seguía dormitando. Me subí el cierre de mi chaqueta y por último me puse la gorra. Arranqué tranqui, fui muy despacito por la mano derecha de la avenida, escuchando mi mp3. A medida que me iba acercando al lugar, el barrio se volvía cada vez más pituco: autos importados último modelo, hoteles cinco estrellas, árboles de copas enormes decoraban el barrio del "jet set".
Llegé al bunker de Susana gracias a una señora que supo orientarme chistándome desde su alcoba:
-¡Delivery, delivery! ¡Quiero una grande de anchoa ya!- la señora se relamía los labios.
-Hola Doña,¿Dónde vive Susana?- pregunté desacelerando la marcha.
-Justo en esa esquina luchador- me señaló indicándome con su pierna izquierda y dejando entreveer su lencería color rojo furioso. La saludé sacándome la gorra y me dirigí hacia allí.
Cuando llegué a la entrada de la mansión me acerqué a la garita de seguridad y me presenté como de costumbre:
-Hola soy Delibery Boy, luchador de vocación y repartidor de profesión- y continué: - Tal vez me recuerden por mi famoso topetazo volador que derribó fuera del ring al Teniente Murphy, en una pelea memorable; o quizás, por mi papel protagónico en "100 % lucha, la película"-
Los guardias no se dieron por aludidos por mis comentarios y me sujetaron del brazo contra una pared realizando una toma, que para serles sinceros, hasta ese momento desconocía.
Luego de una larga requisa, me devolvieron los documentos y mi ropa interior, y por fin me abrieron el paso.
La puerta de entrada de la casa estaba levemente entornada. Dí un pequeño empujón y me introduje en un amplio living completamente blanco: unos mullidos sillones en animal print y una alfombra persa ambientaban la habitación.
- Señora, permisooo, llegó Delivery boy- me presenté elevando la voz.
Encontré una notita en una mesita ratona que decía: " Repartidor, estoy bañándome en el segundo piso, te espero. Sú"
Subí por un ascensor espejado. El pasillo del piso parecía el de un hotel lujoso. Comencé a escuchar la inconfudible voz de Frank Sinatra, la música provenía de una habitación desde la cual salía un vapor espeso. Dí dos golpecitos a la puerta y entré.
Un banco de niebla me envolvió.
- ¿Jorge, sos vos?- la voz estridente de la diva se impuso sobre la melodía.
- Yo sabía George que ibas a volver. No te das cuenta que estoy muy nerviosa últimamente, demasiada presión de los medios, no quise tirarte la notebook a la pileta, papito...-suplicó y agregó:
-Voy a cerrar el baño de vapor, me hizo tan bien, eliminé un montón de toxinas y de carga negativa, ¿Entendés?-
El banco de niebla se disipó, de repente una mano alargada con uñas esculpidas me tomó de la hebilla del cinturón y me acercó con firmeza al borde de la bañera..
No sabía donde meterme, la tenía con cara de perrito mojado a 10 centímetros de mi brageta.
-Discúlpeme señora, soy Delivery boy, le traje la pizza que encargó- atiné a decir
-¡Aaayyyy!- gritó ridiculamente, mientras chapoteaba como un lobo marino en la bañera.
-¡Qué susto me pegaste nene!- dijo tapándose con una toalla los pechos.
-Disculpe que haya entrado asi, pero había una nota abajo...-, me aclaré la garganta, me faltaba un poco de aire en ese momento.
- Es cierto querido, ja,ja...- largó una carcajada destemplada y continuó:
- Lo que pasa es que a veces sufro de "panic attack", con todo este tema de la inseguridad, viste...¿A vos te parece, que los delicuentes anden vivitos y coleando por la calle y yo tenga que estar encerrada detras de unas rejas, con guardias de seguridad en la puerta, escuchando Frank Sinatra y tomandome un baño de vapor? ¡Es too much!- explicó.
-Más vale, es re injusto- asentí.
-Por supuesto que es injusto. Yo trabajo, pago mis impuestos religiosamente. Lo minímo que exigo es vivir tranquila, se-gu-ri-dad, ¿Entendés? ¿Porqué no atrapan a los verdaderos delincuentes? ¿Porqué Delivery? ¿Por qué?, Buahhh...- Susana rompió en llantos y se aferró con sus dos brazos a mi cintura,-Buahhh- lagrimeaba sobre mi regazo.
- Yo, que ya venía medio fogeado con la pelirroja de I-sat, levé en armas-
- Je,je,je,ja,ja,ja- Gripi y yo estallamos en carcajadas, no podíamos más. Creo que de tanto reirme me salió Coca-cola por la nariz. Delivery se contagio de nuestra risa y me alcanzó una servilleta.
-Toma papá- dijo y se levantó de la mesa.
-¡Para delivery, falta el final! ¿Nos vas a dejar con la intriga?- le supliqué.
-No te confundas murciélago, estás hablando con un caballero, mis labios están sellados...- me aclaró mientras se sonreía y agregó:
-Cambiando de tema literatos, hoy le festejo los 15 a mi sobrinita Aylén, obviamente están invitados. Va a ser una fiesta a todo trapo. Contraté al cantante Miguel Angel y un servicio de catering, "all inclusive",ja,ja... Me rio porque esta palabra me la dijo Susi cuando nos despedimos- recordó mientras se subía el cierre de la chaqueta.
-!Mejoró el laburo loco, estamos con todo!- le dijo Gripi curiosa.
-Yo nunca le escapo al trabajo muñeca- contestó Delibery dejándonos de propina una sonrisa cómplice.
-La fiesta no es formal pero no me hagan pasar verguenza chicos- y arrancó la moto agarrando Libertador de contramano.
viernes 20 de marzo de 2009
10° FLIA

martes 10 de febrero de 2009
City Bell
Esa mañana de enero el sol entraba entero por el ventanal de la habitación de Juan. Aunque no era la primera vez que Teresita amanecía en su departamento, lo cierto, era que todavía no se acostumbraba a tanta claridad durante las primeras horas del día. Ella prefería la persiana baja y el aire del ventilador dándole de lleno en su rostro.
-"No hay mejor despertador que la luz del sol"- Solía responderle Juan cada vez que ella rezongaba tapándose la cabeza con la almohada.
-Tere, levantate. Voy a buscar la camioneta a la cochera, ya vengo. ¡Muah!- Juan la besó en la frente y se marchó silbando un bolero.
A simple vista parecía un explorador, o tal vez el coordinador de un grupo de boy´s scouts. Vestía unas bermudas color caki y una chomba blanca de piqué. Llevaba puesta una gorra roja que le quedaba muy simpática y con su barba entrecana, completaba su aspecto bonachón.
Teresita se desperezó y caminó descalza por la habitación. Se detuvo frente al espejo del placard. Si bien algunos detalles de su cuerpo la obsesionaban, como la “silla de montar” o su incipiente celulitis, a los 42 años, todavía mantenía sus glúteos firmes, la piel tersa y una armónica sensualidad que la hacía sentirse satisfecha. Aunque ese día cierta ansiedad recorría todos sus pensamientos, era la primera vez que almorzarían con la hermana de Juan y su familia. Sería una especie de presentación “oficial” después de las idas y venidas de los últimos seis meses. A falta de suegra, Yolanda, la hermana mayor de su novio, era el último eslabón para consolidar la relación. Mucho había oído hablar de ella, “Una mujer de fuerte carácter, piedra angular de su familia y profundamente generosa en los momentos difíciles”, según textuales palabras de Juan. Como a todas las mujeres, a Teresita la angustiaba un poco no estar a la altura de las expectativas. El sentimiento era tan antiguo y profundo como su existencia. ..
Subió la radio y se metió en la ducha. Puso en práctica los ejercicios de visualización de la clase de yoga. Todo era cuestión de relajarse y la cosa saldría bien. Apenas terminaba de ponerse las sandalias y dos bocinazos urgentes de la camioneta la interrumpieron en sus cavilaciones. -¡Qué hombre apurado!- pensó, mientras terminaba de cargar el bolso de mano.
-¿Porqué tardaste tanto?- bramó Juan.
-Tengo que llevar algunas cosas, viste- susurró ella mientras cerraba la puerta.
-¡Les dije que íbamos a llegar a las 11:30hs! Ya está. Es que no quiero agarrar la autopista cargada- se justificó.
La quinta de la familia quedaba en City Bell, cerca de la ciudad de La Plata. Era una casa con un inmenso parque y una pileta tipo riñón bastante grande.
Se detuvieron a la altura de la Rotonda de Gutiérrez, en una YPF. Juan quería revisar el aceite y el agua del radiador. Tere aprovechó la parada técnica para comprar facturas, algunas bebidas y pan con chicharrón para la merienda de la tarde.
-¿Prendiste el aire?- preguntó Teresita pasándose un pañuelo por la frente cuando retomaban la ruta.
-Sí, está prendido, pasa que estuvo la ventanilla abierta. Ahora lo subo más. Está haciendo calor. ¿Eh, gordita?- dijo jocosamente y deslizó su dedo índice por debajo del bretel del corpiño.
-Dejá, está bien así- contestó ella sacando el mate. Eran ya cerca de las 12 y el sol comenzaba a picar un poco.
-Hoy a la noche toca un compañero del Profesorado en San Telmo, se llama Martín. ¿Te acordás que te había comentado que toca covers de Los Beatles? Podríamos ir, digo, cuando volvemos de lo de tu hermana-
-No sé…La verdad que cada vez que voy a lo de mi hermana termino: ¡FU-SI-LA-DO! Entre el asado de Norberto, y la pileta: ¡CAPUT!- sentenció y le palmeó dos veces la pierna.
-Yo decía porque justo es una banda que te puede gustar- arremetió Tere, aunque ahora su tono era inseguro.
-Claro que me gustaría ir mi amor, pero termino muy cansado- dijo bajando la cabeza y estirando los brazos hacia el volante.
-Además quiero empezar a corregir los parciales del Instituto, vos viste que Aguirre no perdona con el tema de la entrega de notas- le explicó en un tono tan cansino; como si en ese instante, frente a si no tuviera ya la ruta 2, sino una interminable pila de parciales de Geometría del Espacio.
-Yo también termino cansada, no hay problema, después veo que hago- dijo y zambulló su cabeza en el bolso en busca de un cosmético o algún objeto perdido y no la sacó hasta que comenzaron a acercarse al portón de entrada de la quinta.
Esperaron al reparo de un nogal que refrescó placenteramente a Tere. Rudolph, el pastor alemán, fue el que salió a recibirlos. Jadeaba y lamía la reja negra como si fuera un manantial. Juan se acercó y le ordenó:
-¡Sit down!- El pastor alemán no se dio por enterado y siguió lamiendo la reja.
-¡I said, sit down!- gritó esta vez con más fuerza. El perro comenzó a ladrar. Tere no pudo aguantarse y largó una carcajada estridente. Juan como si no hubiese pasado nada continuó hablando:
- ¿Sabías que este es un pastor alemán de primera línea? Puro-puro. Se lo regaló a mi sobrina un amiguito que es el tataranieto del fundador de esta ciudad: George Bell- señaló con entusiasmo.
-¡Ah, que interesante!- Estaba terriblemente tentada.
La reja del portón se activó y comenzó a abrirse.
Estacionaron la camioneta a la sombra, bajaron las bolsas de comestibles y una torta de nuez que Teresita había preparado especialmente para la ocasión.
-¡Hola! Al fin llegaron. ¿Qué pasó? ¿Te perdiste Juancito? Ja,ja…- Yolanda, la hermana, se acercó y le golpeó la espalda como a un chico. Juan alzó los brazos como si se hubiera tragado una espina y sonrió bajando la mirada.
-Y vos debés ser… ¡La famosa Teresita!-
-Hola Yolanda, mucho gusto- Tere se acercó a ella con una enorme sonrisa. Era increíble, Juan y su hermana eran idénticos, sino fuera por los pechos generosos o la pollera pantalón de ella parecían prácticamente gemelos. Llevaban el mismo corte de pelo, los mismos gestos, los mismos ojos grises…
-Acomodemos las cosas en el quincho ¿No?- propuso Yolanda y dejó las bolsas sobre una mesa de algarrobo.
- Norberto fue a buscar carbón al galponcito del fondo. Ya viene- aclaró
-Aquellos dos diablitos son mis hijos- exclamó Yolanda, señalando a dos adolescentes que estaban en la pileta. Uno de ellos, un chico de 16 años aproximadamente, morocho pero de tez muy pálida que se envolvía con la toalla al borde de la pileta. La chica, toda una señorita, lucía una malla enteriza y tenía el cuerpo de una nadadora profesional, la espalda ensanchada y los músculos de las piernas y los brazos muy marcados. Desde lejos, donde estaban las mujeres, daba la impresión que practicaba la coreografía de una rutina de gimnasia artística en el agua.
-Seguime- dijo Yolanda tomando a Tere de la muñeca y avanzando hacia la casa. Juan se había desviado hacia la pileta.
-¡Ey tío, llegaste!-gritó Anabella, luego se hundió e hizo una prueba acrobática. Pablo seguía tieso, ahora miraba hacia la ligustrina, envuelto en su toalla.
-¡Hola Pablito! ¿ tenés frío?- le preguntó Juan. El chico lo miró con el rabillo del ojo y apenas movió la cabeza negativamente.
- ¿Y me viste?- dijo Anabella que había salido intempestivamente de abajo del agua-¿Qué te pareció tío?- preguntó tomando aire
-Excelente. Mucho mejor que la vez pasada.- Dijo y se inclinó para besarla.
-¡Hay… lo adoran tanto al tío!- Yolanda suspiró encantada.
- Venite, vamos a la cocina- continuó. –Así preparamos algo para picar antes de la comida. ¿Viajaron bien?-
-Sí, bien, en realidad es bastante cerca. Tardamos menos de dos horas. Eso que paramos- contestó mientras cruzaban la cortina de tiras y se adentraban a la cocina.
-Ojo, que cuando la compramos todavía no estaba la autopista. Había que venir por la avenida Calchaqui y ahí sí que se hacía largo. Igual te digo, apenas la vimos, los dos dijimos: “Este es el lugar” El fondo con los árboles frutales, la paz que tenés acá...-
- ¿O sea qué, a Norberto también le gusta la vida al aire libre? ¿No?- la interrumpió Tere mientras terminaba de acomodar unos pedacitos de jamón y queso en el plato.
-Sí, también…-contestó vacilante.-Pero la quinta la compramos Juan y Yo-continuó hablando:
- Cuando falleció mi mama decidimos vender la casa de mis padres y comprarla. De hecho, todos los muebles y utensilios que ves por acá son los que había en la casa de ellos-dijo girando el cuerpo y continuó: - Para nosotros es como volver a nuestra infancia. Como un santuario. Nos trae tantos buenos recuerdos…-
- Claro- dijo Tere extrañada y recorrió detenidamente con la mirada toda la habitación: el aparador con las copas, el juego de té, la vajilla floreada, el mantel bordado. Ese lugar era un viaje en el tiempo. Se sintió mareada.
-¿Te sentís bien?- le preguntó tocándole la frente.
-Sí, sólo necesito un poco…- balbuceó y luego bebió un sorbo de terma del vaso de Yolanda. – Ya estoy mejor. Soy de presión baja- aclaró
-No hay problema. Mirá, llevá estos platitos afuera, y te sentás a la sombra que yo ya llevo las bebidas. ¿Dale?-
Apenas salió al parque, haciendo equilibrio con cuatro cazuelitas de loza, Juan se acercó presuroso:
-¿Te ayudo mi amor?- ¿Todo bien?
-Sí, que se yo- le contestó con cierta indiferencia.
-¿Qué pasa cachorrita?- le susurró mientras le hacía naricitas- Vamos que te presento a mi cuñado- le dijo tomándole la mano.
Caminaron por un sendero de piedras al que lo bordeaba un hermoso jardín: margaritas, rosas silvestres y un muérdago con pequeñas bolitas brillantes y rojas conducían a un pequeño quincho de paja.
Norberto pinchaba unos chorizos de cerdo que tenían buena pinta, pero a los que indudablemente todavía le faltaba cocción. Un humo espeso envolvió su cabeza y le hizo caer una morcilla al suelo cuando retrocedió.
- Ah, hola, hola- dijo Norberto asombrado mientras se limpiaba nervioso las manos en el delantal. Era un hombre delgado, de cincuenta y pico años de edad, que llevaba puesto unos anteojos con marco negro que le daban cierto aire intelectual.
-¡Rudolph! ¡Come here!- gritó en un tono atronador. El pastor alemán se acercó agazapado y con la cola baja, olfateó la morcilla y se la llevó como un perro ladino hasta un rincón del quincho.
- Norberto, ella es mi pareja: Teresita- la presentó Juan en un tono displicente.
-¡Ah, mucho gusto! Yo soy Norberto- la saludó con un intenso apretón de manos.
-Mucho gusto-dijo Tere y retiró la mano dolorida.
Por unos minutos, hubo un incómodo silencio, los tres se quedaron mirando como el perro devoraba el embutido envuelto en tierra.
“Era evidente que entre estos dos hombres no había mucha familiaridad. Se trataban diplomática pero distanciosamente, como un subalterno con su jefe”, pensó ella.
-¿Cómo va el asado?- preguntó Juan rompiendo el hielo.
-Bien, marcha-marcha-dijo dando vuelta el pechito. -En veinte comemos-
La mesa estaba lista y ya estaban todos los comensales reunidos a su alrededor. Había tres variedades de ensaladas y el juego de cubiertos era de plata fina (seguramente herencia de sus difuntos padres también). Los chicos pinchaban los últimos trocitos de queso de la picada y Tere saboreaba un malbec, que había descorchado Juan increíblemente, golpeando la culata de la botella contra el césped, hasta que el corcho asomó solito. Yolanda seguía hablando incansablemente y Norberto cumplía diligentemente con sus funciones de asador.
-Norberto, yo quiero un pedazo de vacío, bien cocido-indicó Pablo solemnemente. -Hasta este momento permanecí dieciséis horas y treinta y dos minutos sin necesidad de decir una palabra- comentó Pablo mirando triunfalmente su reloj.
-Basta Pablo-le contestó su papá depositando una porción de carne reseca en el centro del plato.
-Vos teresita, que sos docente, sabés lo que es lidiar diariamente con adolescentes. Quieren diferenciarse del resto y terminan diciendo cada barbaridad a veces…- explicó Yolanda salando demasiado la carne.
Teresita le dedicó una mirada inexpresiva y engulló el primer bocado de vacío
La segunda vuelta fue de achuras: Unas mollejas crujientes y doradas, salpicadas con limón, se mezclaban con unos riñoncitos a la provenzal y los chorizos de cerdo. A diferencia del vacío que estaba un poco seco, estas porciones parecían un manjar.
-¡ Mhhh… que rico!- vitoreó Tere.
-¿Están buenos? ¿No?- dijo Norberto, acercando la tabla de madera a Juan.
Este último comentario de Tere enalteció un poco la figura del asador que venía en baja. Inmediatamente se produjo un silencio de mandíbula batiente, hasta que un grito metálico irrumpió en la mesa.
-¡Juan, por favooor, afloja un poco!- Su hermana gritó muy severa. Él bajo la vista y dejó el tenedor con un pedazo de molleja sobre el plato. Tere se sorprendió, nunca había visto a su novio tan sumiso, parecía un nene que lo habían pescado infraganti.-
- Perdón ¿Cuál es el problema?- dijo Teresita perpleja.
Yolanda hizo caso omiso a la pregunta y siguió sirviendo ensalada de papa y huevo a los chicos. Norberto comía y bebía como si nada. El único que atinó a responderle fue Juan, pero cada vez que intentaba explicarle comenzaba a tartamudear:
-En rea, realidad, lo que, lo que, lo que pasa… es que, es que, ten…tengo-
La situación era insostenible. El clima era tan inestable como el vuelo de un colibrí. Teresita lo miraba incrédula, se sentía sobrepasada. No sabía si palmearle la espada o darle un vaso de agua
-¡Aaaah! ¿No te contó que es diabético? ¿No te contó que tiene que seguir una dieta estricta, porque sino puede quedar postrado en una cama?- dijo laconicamente Yolanda.
-Tam… tampoco es tan así- dijo Juan tomándole la mano a Tere.
-Tere lo miró defraudada. No podía creer que en todo el tiempo que llevaban juntos no hubiera encontrado el modo de contárselo. Se soltó de su mano y completó su vaso con vino tinto y hielo, que a esa altura parecía ser lo más amigable en la mesa.
- Má ¿Qué te hace la diabetes?- preguntó Anabella sin ningún tino.
-Vos nunca entendés nada- dijo Pablo por lo bajo.
-Callate tarado, a vos no te pregunté- dijo y continuó con un tono más ingenuo aún:
-¿Vos estás bien tío? ¿No?-
-Si mi amor, quédate tranquila. Estoy bien, tu mamá exagera un poco, nada más…- le dijo recuperando un poco el control.
-Vos sabés que leí el otro día que el cuarenta por ciento de las personas adultas puede tener o desarrollar esta enfermad. Es increíble, actualmente debe ser más popular que la obesidad, aunque mucha veces están asociadas- comentó Norberto de repente muy locuaz y continuó:
-Hace pocos meses salió al mercado una píldora que produce la cantidad necesaria de insulina que necesita el cuerpo. Es fantástica, ya ha dado excelente resultados en un montón de pacientes. Mis colegas dicen…-
-Ese no es mi problema Norberto- lo interrumpió Juan con sumo fastidio-mi páncreas funciona de manera perfecta, las células de mi cuerpo son las que no responden a la insulina, okey.-aclaró y lo miró de reojo.
La conversación se volvió cada vez más técnica y aburrida. En cuanto terminaron de comer, los chicos dispararon para adentro, a ver la tele. Tere escuchaba apenas lo que decían, seguía bebiendo y un poco somnolienta intentaba mantenerse atenta a la conversación. Pero le era casi imposible; el tono de voz monocorde y pretencioso de Norberto; los comentarios sentenciosos de su cuñada… Todo funcionaba como un perfecto somnífero. Mientras tanto, a medida que le iba ganando el sueño, miraba por pausas a Juan, desde otra perspectiva, como si se tratase de otra persona. Era algo raro de explicar. Lo veía como a un ser querido que no veía hace tiempo, como un amigo que volvía de un largo viaje, alguien tan cercano pero tan distante a la vez.
-¿Te querés recostar un rato? Hay una hamaca paraguaya abajo del paraíso donde corre una brisa…- le propuso Juan.
-Dale, me va a venir bien- contestó Tere.
La hamaca, situada entre dos añosos árboles resultó ser el mejor refugio. El murmullo del rozar de las hojas la fue adormeciendo de a poco, el vaivén aliviaba la pesadez de sus piernas y de a poco las voces se fueron apagando.
La explosión del motor de un cuatriciclo la despertó sobresaltándola. No sabía cuánto habría dormido pero el sol estaba más bajo y la brisa era más fresca. Le costó incorporarse, había dormido profundamente y seguía un poco mareada. Al pararse vio como se alejaban Norberto y Anabella en un cuatriciclo traspasando la puerta de entrada. Anabella , desde la parte de atrás, animaba dando grititos de emoción, a toda velocidad desaparecieron hacia el final de la calle. Tere se acercó a la pileta en busca de Juan, sólo encontró a Pablo observando absorto un cascarudo flotando dado vuelta.
-¡Hola! ¿Qué es eso?- saludó animada Tere y se agachó para ver de más cerca.
-Un cascarudo tipo rinoceronte, este era muy resistente, en general mueren a los dos minutos de caer al agua- contestó el chico.
-Fuahh, mirá vos- le contestó Tere un poco impresionada.
-Están adentro- dijo Pablo atrayendo al bicho con un palito hacia el borde de la pileta.
-¿Qué cosa?-
-Digo, si buscás a mi tío, está adentro- musitó el chico acomodando al animalito inerte sobre la cerámica blanca.
-¡Ah, gracias! Bueno, nos vemos en un rato- dijo levantándose.
Cuando entró en la casa la abrazó un pesado silencio, sólo se oía el ruido de un ventilador que venía de alguno de los dormitorios, dedujo. “¿Estarán durmiendo la siesta?”, se preguntó mientras se tomaba la cabeza. No quería por nada del mundo despertar a su cuñada. Ya tenía demasiado con la fuerte jaqueca. Decidió que lo mejor era cambiarse rápido y silenciosamente para ir a la pileta. Ya reaccionaría su novio y la buscaría, bastante incómoda se había sentido durante el almuerzo. Tomó el bolso de mano que había dejado sobre mesada de la cocina y se metió en el baño.
Estrenaba una malla enteriza con cuello espejo que la hacía sentir como una sirena, se acomodó el pareo de tela hindú y respiró hondo. “Un buen chapuzón no me vendría nada mal” se dijo a sí misma. Abrió la puerta suavemente y caminó en puntas de pie por el pasillo buscando una sandalia que había perdido en el camino al baño. El piso era de parquet de madera, por lo tanto, tuvo que deslizarse sigilosamente como un gato para no hacer demasiado ruido. De repente escuchó una voz ahogada, suplicante, que provenía de la habitación que estaba al final del pasillo. Era la voz de Juan, de eso no cabía ninguna duda. “Quizás tenga un pesadilla” pensó y tornó levemente la puerta, lo suficiente para atravesar la mitad del cuerpo.
Junto a un espejo de cuerpo entero, que estaba colgado en unas de las paredes de la habitación, se reflejaba la imagen de Juan. Inclinado hacia adelante, tocándose las puntas de sus pies y con sus pantalones y ropa interior descansando sobre sus tobillos. Tenía los ojos cerrados y un semblante sufrido. Detrás de él, Yolanda sostenía una vara de madera de aproximadamente noventa centímetros, que tenía una pequeña empuñadura curva en uno de los extremos. Era delgada y muy flexible.
-¡Así que te gusta objetarme en frente de los niños y de tu noviecita! ¿No?- dijo Yolanda en un tono de lo más lúgubre
-No, no, no es, no es así…-balbuceó suplicante Juan.
-Claro que sí, pero eso se va acabar- sentenció su hermana y descargó un nuevo golpe sobre el glúteo enrojecido
-¡Zas!... ¡Crack!...-
Mauro-Gripi.






