Literatura barrial.

domingo, 12 de agosto de 2018

Un paso más en la batalla.

No se pierdan el nuevo blog → Un paso más en la batalla
Literatura social. Por este mismo canal, no te lo pierdas!


jueves, 8 de febrero de 2018

Diario de viaje a Uruguay “El regreso”


Día 1
  5.15 AM. Tomamos el colectivo línea 37 cartel Ciudad Universitaria en su terminal de Lanús.
  8.10 AM. Aeroparque, viajamos en un Boing 737 hacia la ciudad de Punta del Este.
  9.30 AM. Desde el aeropuerto de Punta del Este, caminamos cargando nuestras mochilas hasta la la garita de colectivos. Cruzamos la ruta y esperamos 40 minutos el colectivo local, que nos llevó a la terminal de buses de Punta del Este.
En la terminal de ómnibus de la península uruguaya, veo el ir y venir de micros. El cigarrillo para muchos uruguayos resulta ser un hábito saludable, por lo menos, eso parece a simple vista: veo a una madre, alrededor de 50 años, que ofrece un pitillo a su hija (16-17 años). Mientras esperan su ómnibus, conversan y fuman placenteramente.
¡Punta del Este es carísima! Para que se den una idea, un paquete de puchos Nevada, cuesta 150 pesos uruguayos.
Corrección, extendemos nuestra indignación a todo el territorio uruguayo, los puchos están eso…
(Nota del redactor, a posteriori).
Mirador del Camping El Cocal.

  20.30 PM. Llegamos al camping El Cocal, ubicado a unos pocos kilómetros del pueblo La Esmeralda. En un primer momento creímos haber encontrado el lugar ideal para acampar, pero con el paso del tiempo fuimos tomando conciencia de los obstáculos que pone la administración del camping al buen acampante.
Alquiler de parrilla: 50 uruguayos.
Recarga de celular: 20 uruguayos.
Agua caliente: 20 uruguayos.

Día 2
Nos levantamos a la mañana y mientras tomábamos unos mates con mi compañero y el sol nos comenzaba a blanquear como a un filet de merluza, caímos en la cuenta de que estábamos en la peor seudo parcela del camping, Mauro comenzó una búsqueda juiciosa de una nueva morada. El destino quiso que una pareja surfer buscara nuevos horizontes en las playas charrúas y nos legaron, sin querer, el espacio más fresco y organizado de Rocha. Establecimos, envalentonados por nuestro éxito de principiantes, que el objetivo primordial del día era buscar por todos lados: playa, pueblo, ruta; un alambre para fabricar un símil de parrilla.
Segundo objetivo: conseguir macoña.
“Mi primer alimento fue leche materna me enchufaron nesquik como cosa buena Yogures Petit me compraba mi abuela Serenito, Yimmy, postrecitos de mierda…” Cantamos Caca en la cabeza de Sofia Viola antes de ir a dormir.

Día 3
“El que lee esto es un torpe.”
Día 4
Todas las vidas son interesantes. Hoy en la noche llovió un ratito y con Mauro cerramos el cierre de la carpa a la madrugada y volvimos a dormir plácidamente como si estuviéramos en Escalada. Con tanta actividad diurna: subir y bajar dunas para ir a la playa, prender fuego, unas diez veces, enfocar con la linterna la comida para ver si esta cocida, o bañarte con gotas de aguas hirviendo, pueden ser actividades sumamente desgastantes, pero resulta la mejor receta para dormir como un bebe recién bañado y comido.

Poemas de Cielo
Muchas dunas, mucho sol, en este mar, siempre soy yo.
Arena en mis pies, mar muy profundo, pero con una sonrisa, yo me tomo un jugo.


Lluvia
Los onerosos y precarios servicios del camping generan creatividad y resiliencia en nuestro equipo, después del cambio de parcela, estamos como queremos.
Hace cinco horas que llueve intermitentemente, por suerte tenemos tortillas santiagueñas que hicimos ayer a la noche. Una chica muy simpática y amable me invitó a un encuentro de poesía, que se realizará en el camping el fin de semana que viene. Me parece una propuesta genial, pero pensar en tantos días en una carpa con esta lluvia, me parece una condena medieval. Hasta que no salga el sol en la isla de Guiligan, creo que con Mauro no nos va a entusiasmar nada, ni un asado con vino tinto en la finca de Pepe Mujica.

¿En qué se diferencia un ser humano de un animal?
Yo me diferencio de un animal porque puedo resguardar el alimento del alcance de las hormigas, y la leña seca dentro de la carpa cuando llueve. La esencia probatoria del paso del hombre en el mundo es su trabajo, dijo Carlos Marx.
Lucha de clases
Escuchamos canciones melódicas en la radio uruguaya:
“Darte un beso es como tomar un vaso de agua helada” Estas y otras comparaciones por el estilo suenan y suenan en la radio del pueblo de Castillo. Griselda larga la siguiente reflexión marxista:
Cuando merma o afloja la lucha de clases, cuando los sujetos sociales se alejan de los asuntos públicos, se vuelcan a los asuntos amorosos del tipo romántico e histérico. Dijo Gripi y me quedo pensando en el reggaeton, la cumbia comercial y otros géneros musicales por el estilo.  

Filosofía veraniega
En estas vacaciones, el equipo de Escondete! llegó a la siguiente revelación filosófica: no tiene ninguna importancia decir o no decir “yo”. Claro que cada uno de nosotros tiene su nombre. Nos llamamos Cielo, Gripi y Mauro, claro que sí, pero nos llamamos así por costumbre, tampoco queremos llegar al extremo donde ya no se dice “yo”. Pero ya no somos “Uno” sino “múltiples”, como las hormigas, aunque mates mil hormigas, seguramente en media hora la tendrás nuevamente invadiendo tu alimento, porque no son “una”, sino “múltiples”.
El pensamiento más revelador y productivo que logró alcanzar Escondete!,en lo que va de vacaciones, “Las hormigas son tremendas…”
Esmeralda: 20 km de playas vírgenes.

El Cocal
Esmeralda, un lugar paradisiaco. Más de veinte kilómetros de extensión de playas vírgenes. En el kilómetro 273,5 de la ruta 9 que va al Chuy, si doblan a la derecha, se toparán con este pequeño bosque plagado de acacias, coníferas y eucaliptos. Seis kilómetros hacia el mar, se encuentra el camping agreste “El Cocal” La administración del camping cobra 350 pesos uruguayos por persona y por noche. En esta geografía de dunas y cielo estrellado, el constante rugir del océano atlántico, lo harán dormir como un angelito. Eso sí, el servicio del camping es, por decirlo cristianamente, sumamente precario: el agua de la ducha te congela o te cocina, no hay punto intermedio. El camping es tan agreste que no cuenta con ningún tipo de asistencia al buen acampante. Ah, me olvidaba, se llama “El Cocal” porque en sus costas hay un barco encallado, que llevaba ese nombre.  
El lugar cuenta con veinte empleados y están todos papando moscas. Nos cuesta hablar mal de la administración, porque a pesar del precario servicio que brindan, nos hemos encariñado mucho con su dueño, Carlos. Se parece mucho al compositor y músico Leo Maslíah, también queremos mucho a su hija Martina y a su nieta Julia, por lo cual, no vamos a entrar más en detalles. El lugar está buenísimo. Eso sí, tomen sus propios recaudos.

Cumbres Borrascosas
Griselda lee en voz alta la novela Cumbre Borrascosas de la autora Emily Bronte, bajo la sombra de una conífera, mientras cebo mate sin palo y Cielo juega con sus muñecas.
La novela se sitúa en la Inglaterra rural victoriana del siglo XIX, y para ser sintético, Ellen, la criada, relata a un arrendador, la historia de un amor fallido entre Heathcliff y Catherine, los personajes principales de esta historia romántica y tormentosa.
La novela esta buena para leer detenidamente en un lugar donde no se cuenta con energía eléctrica, ni motores a combustión, ni amplificadores de música. El Cocal, cual granja rural o finca del siglo XIX, es el lugar ideal para cometer esta empresa. Una sola cosa, lo único que no me cierra de la novela, es que la criada Ellen, relata la historia, con unos matices y un vocabulario tan florido como si fuera el mismísimo Flaubert en Madame Bobary. Característica muy propia de las novelas del siglo XIX, donde los personajes, ya sean sirvientes, campesinos o mendigos, hablan como si hubieran sido educados cual hijos de reyes.
Día seis
Clínica de rehabilitación
Amanecimos con un sol radiante climatizando la carpa a las siete y media de la mañana. Decidimos en la última asamblea que no vamos a cocinar por la noche, así es que el menú será el del mediodía, recalentado. Nos dimos cuenta que el camping El Cocal podría funcionar tranquilamente como una clínica de rehabilitación, caminando todo el día, tomando vino caliente, sin macoña que fumar. Para colmo, para llegar al mar hay que caminar mil quinientos metros y escalar cuatro dunas desérticas. El trabajo es tan arduo que a las diez de la noche estás tan agotado/a que lo único que te pinta es descansar. Se ve que el problema de Maradona fue siempre, básicamente, que tuvo mucha guita y mucho confort. En pocos días la Esmeralda logra lo que ningún psicoanalista lacaniano logra en diez años de análisis: que dejes los vicios, que te pongas a laburar en serio, y que te lleves bien con el resto, porque sino te toca hacer todo solo. Sabiduría uruguaya. 
                                                                                                                                                       
Día siete
Por Cielo.
7:30 de la mañana. Comencé con mate cocido y un durazno. Después una chocolatada, no mucho después, comí arroz con fideos y una salchicha. Después, haciendo regalos para amigos, y después lavando ropa, y no tanto después, fui a la playa que estaba re bien y vi tres cadáveres:  un delfín rosa agujereado por pájaros que comen muertos, una enorme mantarraya, y un cangrejo enorme de distintos colores. Metiéndome 2 veces al mar y también escuchando leer a mamá Cumbres Borrascosas. 

Día ocho
De Guatemala a Guatepeor
Se desata una tormenta eléctrica, con vientos propios de un huracán. Gripi, Cielo y yo entramos en pánico. La carpa se mueve tanto que parece la casa de Dorothy, minutos antes que la arrastre un huracán hasta la tierra de Oz.
Miramos hacia afuera, el resplandor de los relámpagos nos aterroriza. Nos abrazamos e imploramos ayuda a Dios, a la madre naturaleza y a la Pachamama.
5.30 AM. La tormenta corre a otras latitudes. Hemos sobrevivido. ¡O brigado deus! ¡Vamo arriba,vó!
7.30 AM. Descansamos plácidamente hasta que un sol incandescente incinera la carpa. Salimos raudamente a buscar una sombra reparadora.
Día nueve
El menú del día de hoy fue fideos con salsa. Picamos una cebollita, un ajo y hervimos un choricito de cerdo, para desgrasarlo vó. Luego metimos todo a la sartén para saltearlo. Pero como teníamos muchas, pero muchas ganas vó, de tomar mate y no contábamos con más agua caliente que con la que desgrasamos el chori, no nos quedó otra, e inventamos el Chorimate. Cada sorbo humeante y saborizado a carne de cerdo nos permitió, no sólo saciar el deseo de tomar mate, sino también el deseo de degustar carne, todo al mismo tiempo. ¡Increíble invento! Un método propio de la granja de rehabilitación o de los astronautas. Hemos dicho, Escondete!
De acá volvemos curados, cueste lo que cueste. ¡Vamo arriba, vó!
Día diez

Pizzas a la parrilla en el encuentro de poetas.

Encuentro de poetas
Durante todo el fin de semana se realizarán distintas actividades organizadas por un grupo de poetas trashumantes, que se dieron encuentro, acá, en el camping “El Cocal”.
Nosotros, chochos de estar en el lugar indicado por casualidad, participamos del fogón que se hizo ayer a la noche. Había una poeta francesa, un poeta paraguayo, dos poetas brasileros, muchos poetas uruguayos y un par de argentinos. La tertulia entretenida y agradable, como primera cita, con excepción de los chistes racistas y misóginos que contaron unos poetas uruguayos y los poemas yoicos y catárticos que se suelen escuchar en estos eventos, cerveza helada Patricia y literatura salada.
Noelia, la organizadora del evento, cual Auxilio Lacoucure en la novela Amuleto, de Roberto Bolaño, madre de la poesía latinoamericana, era la que dirigía la batuta, y su liderazgo resultaba legítimo y necesario para todos los allí presentes. Nilson de Souza, poeta anarquista, librero independiente, prometió durante toda la tarde, hazañas con el fuego y proezas físicas, cual Don Genaro en Viaje a Ixlan. Pero a último momento, se bajó de la velada,ya que se quedó durmiendo en la carpa. ¡Qué acto tan poético el de Nilson! Pensé para mis adentros. Un brasilero que reside en Rivera, ciudad brasilera fronteriza con Uruguay, recitó un poema en portuñol, que me pareció surrealista y de calidad forexport.
Las pizzas a las parrillas y los vasos de vino fueron corriendo de mano en mano entre los poetas y los versos cual ramas secas arrojados al fuego. Yo oficié de fogonero, alimentaba el fuego para que el barco poético no se encalle y siga en movimiento. Gripi amasó unas pizzas crujientes y recitó dos poemas de nuestro repertorio Escondete!
Asado Nuestro
“Asado Nuestro, que aún estás ardiendo…
Santificado sea el cuero del vacío, como así la tripa gorda, la falda parrillera, los chinchus dorados y las morcillitas bombón.
Venga a nosotros lo tierno,
Hágase Tu Voluntad, así en la entraña, como en los fuegos…
El chori nuestro de cada día, dánosle hoy.
Y perdona nuestros atracos hambrientos,
así como nosotros perdonamos a quiénes asan a la parrilla y no nos invitan…
Y no nos dejes caer en la devaluación,
más líbranos de todo Macri. Amén."

Comparsa mental.
El piensa que yo me angustio
porque en pocos días,
cuando esté de vuelta en el trabajo
extrañaré a mis bebés…
Me llegan las llamadas pérdidas de mi mamá,
en mensajes de textos.
Por suerte, siempre hay un caballero que me ayuda a subir el carrito en las escalinatas de la estación de trenes.
Me gusta viajar pegada como mosca a la ventana
y mirar a través de los rayos de sol las pelusas que flotan en el aire.
Escribo algunos versos en la tapa de un diario evangélico:
“La claridad salió de mi con la forma de mis hijos.
La luz esta adelante y no en un punto fijo”
Día 13
Santa Teresa.
Arribamos en el día de ayer al camping de Santa Teresa: Fortaleza. El parque nacional es inmenso, arbolado. Hay lagartos, cotorras australianas, serpientes, hurracas, y miles de acampantes, diseminados a lo largo del predio, cual campo de refugiados. El Camping es regenteado por los milicos uruguayos y esta condición le da un colorido particular al camping. A la noche, un jeep militar verde, recorre los senderos que bordea la zona de acampe, controlando que no suene música demasiado alta, y que los fuegos de los parrilleros no se desborden.
Carla, una acampante brasilera, nos cuenta que, en la noche de ayer, se acercó a un militar que estaba apostado cerca de los baños del camping, y sin vacilar, le pidió lumbre para encender su porro. Cuando regresó a su carpa con el cigarro florido encendido, dice que pensó en sus amigos de Brasilia que, a su regreso, cuando ella les cuente no le iban poder creer: el primer faso legal…
Nos reímos a carcajada de la anécdota de Carla. Luego, yo le pregunté porque hablaba un español tan fluido. Entonces, ella nos contó que vivió en la ciudad de México ocho años, que trabajó en una empresa mexicana, pero que no se aguantó y se volvió a Brasil. Cielo, que hace rato esta fascinada con México, le preguntó por los mariachis y especialmente por la comida mexicana. La conversación fue muy agradable. Carla es esa clase de chica luminosa, como una luciérnaga. Hablando de insectos, no me quiero olvidar que nos contó para asombro de Gripi, Cielo y mía, que los mexicanos suelen comer grillos. Así como leen, grillos. “Pero los grillos dan mala suerte si los matas” dijo Gripi. “Pero en México los matan para comerlos, que es distinto que matar por matar.” respondió Carla con esa fonética tan melódica que tienen los brasileros.
Ni Asado ni porro.
El chauvinismo es un sentimiento miserable… y muy recurrente cuando la suerte te da la espalda en un centro turístico extranjero. Como decía un filósofo, el cual no recuerdo su nombre, para no decepcionarse no hay que ponerle ficha a nada… Vinimos a Santa Teresa con un manojo de ilusiones, y como pasa a menudo, la realidad nos cagó a piñas como Mayweather a Maravilla Martinez, en su última pelea de juguete.
Una de cal y una de arena. El predio es enorme, los eucaliptos altísimos, los pájaros miles, pero los baños son letrinas, los precios privativos y la cantidad de carpas excesivas.
Mientras me resbalo con la crema enjuague en unas duchas que parecen de un campo de concentración, me acuerdo de la película “La vida es bella” y hago burbujas con el jabón para que Cielo se entretenga. Mauro desconfía de la marihuana paraestatal, así la llama, vemos a los jovencitos que inmediatamente después de fumarla se quedan dormidos. Uruguayos, la vida es pensamiento y acción, que no duerman tu conciencia política. Nunca.
Graffiti en Valizas.

Día 16
Llegamos a Siri a comer empanadas de Valizas.
Todavía no es tiempo de balances en Valizas, apenas cumplimos las cuatro horas en la famosa playa de los artesanos, conocida por sus bocados de mar y su juventud inquieta artísticamente. Pero podemos adelantar que en menos de lo que dura una jornada laboral de call center (6 horas), conseguimos el camping más barato de Uruguay, macoña a menos de diez metros de nuestra carpa y le compramos unas hawaianas a Cielo por menos de doscientos pé.
Valizas promete ser el pucará que andábamos necesitando.
Día 17
Hoy es nuestro tercer día en el camping comunitario de los carpinteros.  La maga, es la jefa y dueña del lugar. Oriunda de Montevideo, nos contó que se vino para estos pagos a vivir con su compañero “El Facha”-ya fallecido- y que consiguió estas tierras porque “El Facha” se la reclamó al candidato a intendente que hacía campaña política por esta zona, hace diez años atrás. Anteriormente vivían en un rancho muy cerca del mar, que encontraron abandonado y que alternativamente se inundaba de arena y de agua de mar, porque estaba muy cerca de la costa del arroyo de Valizas. Con mucho esfuerzo y trabajo la pudieron recuperar. Por suerte, el intendente le cedió un lote, y se pudieron mudar.
Lo más característico del camping “Los Carpinteros” es que hay que arrojar un balde atado con una soga a una cachimba, para recoger agua para el baño. Si uno/a tiene necesidad de orinar, con medio balde de obra basta. Pero si uno/a tiene ganas de deponer eses, necesita un balde de agua entero. Valizas es el ejemplo del emprendedorismo bien entendido: hay galletitas, brownies y trufas sostenidas por la cultura canábica. Adolescentes rebeldones y maleducados hacen sus primeros pasos desarrollando dichas empresas con el espíritu de Steve Jobes, pero con onda.

Día 18
Cuarto día en camping comunitario Los Carpinteros. Estamos muy cortos de efectivo. Por suerte, mi tarjeta de débito sigue con crédito. Esta condición económica, más precisamente monetaria, nos permitió degustar unas costillas a fuego a leña. Nuestros cuerpos recobraron potencia cual celulares al cargar sus baterías. Aunque eran pocos bifes, tan solo cuatro costillas, le convidamos carne a los pibes de San Nicolás, porque nosotros tenemos código, no como otros, lo poco que tenemos lo compartimos. Siempre fue así, y siempre lo será. Para cambiar el mundo, primero debemos empezar por nosotros mismos. ¡Las relaciones sociales la construimos entre todxs, vó! No me vengas hablar de anarquismo, si en tu vida práctica no convidás un trago de cerveza, gato.

Día 19
Los piojos nos van a sobrevivir.
Recién nos despertamos en el camping “Los Carpinteros”, la mayoría de los acampantes duermen, mientras nosotros saboreamos los primeros mates de la mañana. La pediculosis nos viene acechando. Cada día que pasa, la picazón se vuelve más intensa en nuestras cabezas. No veo la hora de poder cortar la inmensa cabellera de Cielo, pero su madre argumenta razones que no comparto ni entiendo y la mar en coche…
Las Flores de La Maga.
Dejamos Valizas con una suerte de congoja meditativa que se tradujo en una demora de cuatro horas desarmando la carpa. ¿Valizas es un asentamiento con escasos servicios? ¿Una comunidad hippie? ¿O la Ámsterdam de América latina? No apresuremos conclusiones, pero aprendimos muchas cosas, por ejemplo, que es una cachimba, como almorzar en medio de una tormenta de arena y que la legalización de la marihuana es un hecho que invariablemente se hará realidad, y que con eso, no pasa nada.
El camping de la Maga es una casa con un terreno muy grande adelante, donde se puede acampar en pequeñas parcelas, una al lado de la otra. El camping cuenta con cocinita, baño, agua fría y licuadora. Todas las limitaciones de la precariedad edilicia son compensadas por la onda y el compromiso de la Maga, una de esas poderosas mujeres, que a veces tenemos la suerte de conocer. Tiene el don del fuego y a la nochecita lo prende en tan sólo diez minutos unos troncos de acacia y tenés brasa durante dos horas, podés hacer un guiso de mondongo si tenés ganas. En su terreno crecen las florcitas más ricas de todo el departamento de Rocha.
Día 20
Las hormigas, la arena y los piojos nos tienen podridxs…
Valizas-San Carlos.
La espera del bus que nos llevaría a Maldonado en un pequeño chaparral que hacía a su vez de sala de espera resultó amena y relajante, regada de coca cola y amenizada con pan de semillas. Los últimos días de vacaciones siempre sueltan el bolsillo. Subimos presurosos hacia nuestro nuevo destino, los mullidos asientos apanados y el aire acondicionado nos devolvieron al primer mundo del que nos hablaron en los ´90. El micro se fue completando en las distintas paradas, más adelante un señor lee un grueso volumen, de tapas amarillas, titulado “Utopía para realistas”, ¡Qué curiosidad su contenido! No nos animamos a pedirlo prestado,pero el espíritu emprendedor nunca descansa y se nos ocurren un montón de títulos en la misma línea blanca editorial: “Drogas recreativas para controladores seriales”, “Dilemas éticos para cínicos” ó, “Compromiso para cobardes” … Tendríamos que hacer varias ediciones y nos llenamos de oro.
El paisaje, con el correr de los kilómetros va transformándose. Las palmeras y acacias van dejando lugar a la llanura sojera y el ganado vacuno, el rancho improvisado se esfuma y se impone la estancia y el latifundio en el horizonte. Dormitamos de a ratos en el bus silencioso, reservando energías para la última parada: el reencuentro con el uruguayo mala onda y el argentino forro al que estamos acostumbrados.
Vaquita de San Antonio en Portezuelo.

Día 21
Punta Ballena, Maldonado.
Hoy es nuestro segundo día en el camping de Punta Ballena, departamento de Maldonado. El camping esta inserto en un inmenso bosque y la playa más cercana: Portezuelo, queda a dos kilómetros de distancia. El camping cuenta con agua caliente, luz eléctrica, piscina, parrillas y wifi. Realmente para nosotros es como un hotel cinco estrellas.
Mientras tomamos unos mates mañaneros vemos pasar un jet privado por arriba de las puntas de los eucaliptos. Es Marquitos Peña que viene a comer un asado, seguramente.
Los vestuarios de hombres y de mujeres del camping top de Punta Ballena, vendrían a ser la caja de resonancia de la cultura pacata de la clase media argentina, uruguaya.
En la ducha de hombres, dos chicos se bañan con su padre. - ¿Papá te acordás que en las vacaciones del año pasado se me descosió la bermuda? -  -No, nada que ver Ignacio, eso sucedió en las vacaciones 2015 que, después de volver de Bruselas, nos quedamos una semana en París y en el ascensor del hotel se descosió. ¿Te acordás? -. ¿Tanta información necesitábamos? A mi se me descosió haciendo la medialuna en la playa con Cielo y ahora la llevo cosida ¿Te sumó eso muñeco?
En el vestuario de mujeres, una mamá le ordena a su hijita de siete años: -Palu, secate el pelo-
- No puedo secarme el pelo ma-
-No, Palu, nosotros esa palabra no la decimos-
-Pero no puedo ma.-
-Si se puede, no quiero oírte más decir esa palabra– Y Palu se tuvo que ir a dormir con la cabeza chorreando…
Discépolo se haría un festín con tantos mosquitos y mordisquitos dando vueltas. Los primeros me dan alergia, a los segundos hay que eliminarlos con el off de la conciencia de clase. La mayoría de los acampantes se pasean durante el día por las playas de Punta del Este, codeándose con la clase alta uruguaya y argentina, pero cuando cae la noche, su carruaje se convierte en calabaza y regresan cabeza gacha a dormir a sus casas rodantes o carpas. La clase media siempre la pasa mal, porque cada vez que miran su silueta en los espejos del vestuario, ven una persona que no esperaban encontrar.
Foto panorámica del balneario de Punta Ballena.
Día 22
Nos levantamos cuando apenas comenzó a clarear. Armamos la mochila y desarmamos la carpa en un periquete.  Cargamos todos nuestros bultos y caminamos trabajosamente hasta la entrada del camping. Ya estamos muy duchos con el armado y desarmados de carpas. Podríamos decir que a esta altura somos profesionales en la materia.
Un Uber nos llevó raudamente al aeropuerto de Punta del Este. Mientras los distintos empleados aeroportuarios llegaban a cubrir sus puestos, Cielo desayunaba un mate cocido bien caliente y Gripi y yo, los últimos mates de yerba sin palo.
El vuelo a Buenos Aires duró lo que dura un pestañeo, pero el control en migraciones duro lo que un capítulo de Black Mirror.
Nos tomamos el colectivo Línea 160, que tardó dos horas en escupirnos en la estación Lanús. El infierno urbano volvió atraparnos con sus tentáculos y un remisero nos quemó la cabeza con el caso Chocobar hasta la puerta de nuestra casa.
Detrás de la puerta, Camilo nos recibió con una sonrisa hermosa y una casa inhabitable. Lo primero que hice fue pasar un trapo de piso con lavandina en el suelo de la cocina, mientras Gripi y Cielo abrazaban a Camilo.
Fin.

miércoles, 3 de enero de 2018

El golpe dialéctico. ( Reseña cinematográfica)

  


  El regalo más lindo que me hice a mí mismo en estas fiestas de fin de año, fue haber visto la película Los Comulgantes de Ingmar Bergman (1963). En esta película oscura y escabrosa, el director sueco cuestiona su fe religiosa y pone en evidencia el estado crítico de su “Yo trascendental”. A través de su alter ego, el protagonista de la película, un pastor protestante llamado Tomas Ericsson.
  Antes que continúe, quiero aclarar dos cosas: la primera, es que la película pueden encontrarla en el canal Youtube, subtitulada en español y todo.La segunda cosa que quiero decirles, es que voy a contar parte de la película, por lo tanto, la voy a spoilear un poquito. Aviso por si ustedes no la han visto y tienen deseos de verla. En tal caso, no sigan leyendo este post. Como diría un mafioso, el que avisa no traiciona…
  Ahora que quedaron las cosas claras entre nosotros, prosigamos. Iba contando, el actor principal de la película es un pastor que se llama Tomas, y que se encuentra en una profunda crisis con su fe religiosa. La historia se sitúa en un contexto de posguerra y la primera escena transcurre en una iglesia, como la mayor parte de la película, en una iglesia perdida en algún pueblito rural de Europa, Suiza, ponele.
  Entre los pocos fieles que asisten a la eucaristía, que brinda triste y solemnemente el pastor, se encuentra una pareja, conformada por una mujer embarazada y su marido, de oficio pescador. La mujer del pescador se siente realmente desesperada y al terminar la eucaristía, se acerca con su marido para hablar con el pastor. Bueno, la cosa es que la mujer le cuenta al pastor que su marido está deprimido, que ella no puede más, que su marido esta todo el día deprimido, que ella no puede sola, que tiene que hacer miles de tareas domésticas, como fregar, cocinar, barrer, hachar, y que su marido no la ayuda en nada. Y para colmo tienen tres pequeños revoltosos, que andan de aquí para allá,  y uno más, que está por venir, que todavía no salió al mundo. Mientras Karin habla con el pastor, el pescador mira con una rígida cara de madera hacia el suelo.
  Cuando Karin termina su discurso, el Pastor se dirige al pescador y le dice: - Hay que confiar en Dios- y continua: - Yo comprendo tu angustia, pero hay que vivir. -  - ¿Por qué hay que vivir? -, le pregunta lacónicamente el pescador. El pastor, que, según las sagradas escrituras, es el nexo o puente entre los hombres y Dios, se queda sin palabras ante la pregunta del pescador. Es entonces que interviene su esposa: - Llévame a casa y luego vuelves. -Es mejor que estas cosas las hablen solos. – El pescador acepta el compromiso y lleva a casa a su esposa.
  La película tiene otros personajes, como un organista ebrio, una maestra infeliz, y un sacristán con discapacidad física, entre otros pocos personajes más. Pero sobre esos personajes no voy a hablar, porque no me parecen tan relevantes en la historia.
  La relación entre el pescador y el pastor es lo que más importa, bueno, la cosa es que después de un largo rato, el pescador vuelve a hablar con el pastor, y he aquí para mi la perla de la obra de Bergman, el diálogo entre el pastor egocéntrico y el pescador deprimido, sublime:
  El pescador que habla de manera escueta, le confiesa al pastor, que hace tiempo que está pensando en quitarse la vida. A lo cual, el pastor responde: - Le seré sincero. Perdí a mi esposa hace cuatro años. Yo tampoco le encontraba sentido a mi vida. Sin embargo, seguí. No por mí, sino para serle útil a los demás, bla bla… - Mientras el pastor comienza a envalentonarse con su monólogo, el pescador lo mira incrédulo. El pastor continúa embarrándola y dice: -Ves que mal pastor soy, salió de un hombre angustiado. - Continua- ¿Y si acaso Dios no existe? Qué más da… La vida cobra sentido. ¡Qué alivio! – dice el pastor ante la desazón del pescador que está al borde del suicidio.
  El remate de la historia como usted imaginará, es que después del diálogo entre ellos, el pescador se marcha de la iglesia, busca su rifle y ¡Bang! se vuela la cabeza de un tiro, cerca de un río.
  ¡Esto es arte, pusilánimes! Grité mientras Cielo me miraba desconcertada. No me vengan con poemas de amor de Mario Benedetti, y mucho menos con los cuentitos y alegorías pedagógicas de Eduardo Galeano, que hacen circular miles de usuarios en las redes. Yo siempre me pregunto, en vez de replicar versos y párrafos de Eduardo Galeano, porque no replican frases o párrafos de cuentos de Horacio Quiroga o Juan Carlos Onetti, que también son uruguayos, pero a diferencia de Galeano y Benedetti, son escritores en serio, que exponen sus miserias, que cuentan la cosas tan cual son, aunque no queden bien parados, aunque queden expuestos.

  Probablemente, la gente que cita a Galeano, nunca leyó a Fedor Dostoievski, ni a Franz Kafka, los grandes pioneros literarios del mundo contemporáneo. Escritores que esconden en sus libros, la violencia de un “cross” a la mandíbula. Como dijo Roberto Arlt, en su prólogo Los Lanzallamas: Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un "cross" a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y "que los eunucos bufen". (Roberto Arlt, 1931).El lector debería escupir sangre en una palangana, al terminar cada capítulo de una novela,cual boxeador al sonar la campana. No me vengan con escritores que explícitamente quieren dejar una enseñanza. Esos no son escritores de literatura, en todo caso son escritores que hacen libros de autoayuda o espirituales, que hacen otra cosa, o como ustedes quieran llamarlos, pero no de literatura.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Pepo



      Los experimentos que emprendía Lautaro eran mórbidos. Le gustaba cazar moscas y dejarlas prendidas a la seda. La tarea de la araña era precisa, se acercaba imperceptiblemente al insecto y en un movimiento relámpago, pegaba el zarpazo letal.
Desde chico, Lautaro disfrutaba de esas tardes de verano ventosas, cazando alguaciles con la red que le había hecho su tío. Una tarde de enero llevó un frasco con sus presas al galpón del fondo, un rastrillo y una caja de clavos se desparramaron sobre el suelo cuando, sin quererlo, pateó la mesa. Sacó una lupa de un cajón polvoriento y los examinó con meticulosidad científica, los alguaciles parecían helicópteros de guerra.
     La casa quedaba pegada a las vías. Era espaciosa, pero en los últimos años se había venido abajo. La humedad en las paredes, el bullicio de las ratas caminando por las tejas; el jardín lleno de cardos y los yuyos rebeldes saliendo entre las baldosas, le daban un aspecto silvestre.
     Lautaro nunca sintió la ausencia de sus padres. Nunca se le ocurrió recriminarles nada a ellos, ya que ni siquiera los había conocido. El se sentía muy bien acompañado de su tía Aurelia, su hurón llamado Pepo, y hasta hace un año, de su tío Alberto. Ahora tan sólo habían quedado ellos tres. A su tío un cáncer de próstata lo fue minando de a poco, durante los últimos diez años, hasta que se lo llevó mientras dormía la siesta. Este último suceso, en cierta manera, determinó que Lautaro comenzara a refugiarse en los libros de biología y ciencia: 

"Las partes del cuerpo tienen entre sí, aunque sean diversas, una relación característica que predomina en el curso de vida de un organismo pluricelular. Luego, estas partes abandonan la relación existente para componerse con otras células, por ejemplo:
Las células del cuerpo humano dejan de tener una relación característica para pasar a ser un alimento muy nutriente para los gusanos y las bacterias. De este modo se produce la descomposición del cadáver hasta volverse materia orgánica para la tierra"

-Del polvo venimos y hacia al polvo vamos-, reflexionó Lautaro y cerró el libro.
     Pepo era un hurón de tamaño mediano, con pintitas negras y dientes cónicos y puntiagudos, como agujas de tejer. Lo encontraron, una mañana, atrapada en una trampera para ratas que habían puesto debajo de la ligustrina y que lindaba con las vías del tren. El tío, como buen santiagueño, lo reconoció de inmediato y desde entonces decidieron adoptarlo como mascota. Lo fueron domesticando de a poco. El tío Alberto construyó una jaula grande donde podía corretear y en ocasiones lo dejaban que anduviera suelto por la casa. Hasta que una mañana, la tía Aurelia, que llevaba unas lámparas viejas al altillo, encontró a Pepo despedazando una rata que chillaba como una chicharra.
-¡Desde ahora en adelante este bicho no se deja más suelto!- Sentenció la tía a Lautaro, mientras éste miraba "El Correcaminos" y tomaba la leche con cara de desentendido.
     El tío Alberto y la tía Aurelia se amaban profundamente. Habían venido de Santiago del Estero por razones económicas y con mucho esfuerzo y trabajo construyeron su casa en un terreno ubicado cerca de la estación Gonnet, que pagaron en interminables cuotas.
Allí vivieron plenamente. El momento más feliz para ellos fue cuando vieron por primera vez a Lautaro en el patio del orfanato. -Mientras todos corrían detrás de la pelota, él hacía un pozo en la tierra y ordenaba a las hormigas, en filas, como en un ejército-.
     La enfermedad nunca amedrentó al tío Alberto, que siguió fumando sus buenos cigarros y tomando su vermut debajo de la parra, cuando caía en el horizonte el sol.
Cuando se murió el tío, ella fue la que sintió más que nadie su ausencia, sin embargo, no se abandonó y siguió con sus quehaceres cotidianos. No pasaba un día sin rezarle a la virgencita y todos los sábados iba con Lautaro al cementerio. Llevaban semillas, flores y tierra fértil. Pasaban la tarde allí, descansando y emprolijando el cantero de azaleas que rodeaba la tumba.
     El tiempo pasó y ya no fue tan regular la visita de la tía al cementerio, que a través de una amiga consiguió un puesto de ropa en la feria. En cambio, Lautaro continúo yendo todas las semanas, se hizo bastante amigo del cuidador y a veces ayudaba a los sepultureros a cambio de alguna propina. Su tía jamás se enteró de esta actividad, pero semana a semana verificaba puños y rodilleras cada vez más embarrados y mientras dejaba la ropa en remojo se preguntaba:
-¿En dónde se meterá este chico?-
     La familia se fue recomponiendo. Lautaro ya tenía doce años y era un excelente alumno, un buen compañero de su tía y decía que quería estudiar medicina.
     Pepo comenzó a andar suelto por la casa como cualquier animal doméstico, aunque tenía hábitos raros: miraba por la ventana que daba a la obra de enfrente, donde alguna vez trabajó el tío Alberto; dormía la siesta en la cama grande, cuando se quedaba solo y todos los días se recostaba en el felpudo, debajo de la parra, durante el atardecer.
     Un domingo soleado Lautaro se levantó a la mañana con muchas expectativas y se metió directamente a la ducha sin desayunar. A las 10hs. pasaba a buscarlo su amigo Pablo con su familia, iban a ir al zoológico de los animales sueltos de La Plata, -Ojalá pueda pasear en elefante-, imaginó Lautaro mientras se ponía las medias.
-¡Beep, beep!- El sonido de una bocina llegó desde afuera.
-Cuidate mucho y hacele caso a los padres de Pablo-.
-Si tía, nos vemos-. Lautaro corrió hacia el auto cargando una mochila que era más grande que él.

-Chau, pásenla bien-, gritó la tía efusiva desde la puerta.
El auto se alejó y dobló en la avenida.
     Cuando entró a la casa decidió prepararse un té de manzanilla, encendió la hornalla y vio a través de la ventanita de la cocina la luz del galpón del fondo prendida. Fue a apagarla.
-Qué raro que esté prendida, si ayer antes de acostarme apagué todo-, pensó.
Mientras avanzaba esquivando los cardos escuchó el estruendo de un vidrio al caer.
Asustada, agarró un fierro y se acercó sigilosa hasta la puerta, pegó una patada y lo alzó amenazante sobre su cabeza. Al entrar en la habitación encontró a Pepo inclinado sobre un frasco de aceitunas roto que estaba lleno de carne podrida y gusanos. El hurón devoraba con fruición cada pedacito de carne mohosa, el olor y las moscas tornaban el aire irrespirable. El bicho tragó con avidez el contenido del frasco hasta roer los últimos huesos de lo que parecía haber sido una mano. La tía estupefacta bajó el fierro. El animal levantó la vista y le sonrió satisfecho.

martes, 26 de septiembre de 2017

Nuevo Blog

Escondete! tiene el agrado de presentarles un nuevo blog.
Se titula: Poemas para leer en el recreo.

poemasparaleerenelrecreo.blogspot.com


Hemos dicho: Escondete!

martes, 22 de agosto de 2017

Subiendo



     Llegó asustado, pensó que lo seguían y desde que pensó eso ya no pudo pensar en otra cosa. Cada vez que la veía tenía que estirarse la lengua con la mano para poder decirle algo. Ese día para colmo creyó oírla, fue por un segundo nomás.
     Ella miraba fijamente la computadora, tenía un rictus de fastidio y hablaba con la voz más nasal del mundo. Le explicaba algo a una vieja que no entendía, -4,66 por todo cargo fijo, señora-, leyendo sin leer, repitiendo de nuevo cada frase, como si machacar sobre esa cabecita sirviera de algo. Buscó con la vista un rasgo de solidaridad anónimo, cruzó su mirada con él y movió los labios.
     Se puso tan nervioso que cerró los ojos como si se estuvieran quemando, los sacó de ahí con un apuro desubicado, y esa desaparición la sorprendió como si la hubieran descubierto robándose un chocolate.
     Lo tenía visto y le parecía muy chico. Era un cadete, podía ver la sombra del casco en el codo, la campera para la lluvia, la punta de las zapatillas. Y una miradita de soslayo que jugaba a las escondidas.
     No, no era muy chico, era ella que creía tener mil años. Después de todo, que bueno estaría tener una moto y andar en zapatillas todo el día… Podía verlo aunque él cerrara los ojos y se escondiera como una criatura. Se sabía linda para mirar lo que quisiera, pensó, y aunque costara un esfuerzo mayor, mostrar un poquito más.
     Ahora estaba perdido entre una multitud de jubilados que entraban y salían por la puerta del banco. ¿No estaba siendo la empleada del Banco más cortés que de costumbre? ¿Desde cuándo sonreía de esa manera? Pablo bajaba la cabeza acomodando un rulo castaño sobre la oreja, agarrándose los puños de la campera que chorreaban sobre la alfombra.
Ella se imaginó la cara contra el viento, agarrada a su cintura, paseando en moto y ligero. Entonces se rió con ganas.
     El que solo se ríe… Tenía un viejo adelante y no se había dado cuenta. Era un hombre parecido a su papá, hasta hacía los mismos gestos entre ampulosos y ridículos de caballero andante. A ella, que a esta altura no le quedaba una pizca de edipo, los señores galanes la malhumoraban sobremanera. Para colmo de males el señor tenía terribles problemas financieros, complejos reclamos que había que enviar, hablar con sectores, confirmar recibos. Una pesadilla dantesca que significaba lisa y llanamente su trabajo. Era buena acordándose cosas y hasta allí llegaba su talento. Le gustaba pensar que sólo estaba ahí por llegar siempre temprano.
     El tipo se fue rápido, no había nada que hacer, ese hombre era una bomba de tiempo y no iba a cambiar demasiado, jamás iba a tener crédito en ese banco y creía íntimamente que en ningún otro. Volvió a levantar la vista, y esta vez con cansancio. ¿Cuánto faltaba para comer, para ir al baño? ¿Dos horas? Para irse, para que llegue el fin de semana, para que lleguen las vacaciones, para que llegue algo.
     Volvió a mirarlo de frente, Pablo se estaba secando la cara con un pañuelo. Los dos se encontraron con los ojos. Entonces las agujas de los relojes se detuvieron. -No hay sistema. Lamentablemente no los podemos seguir atendiendo-. Gritó el cajero. Los jubilados y los clientes se enardecieron y se amontonaron detrás de las ventanillas de cobro.
     Pablo salió a la calle confundido, caminó rápido para irse de la situación, le había dado mucha vergüenza y encima sintió un calor que le subió al cuello. Si hasta se había puesto colorado, que idiota que soy, que imbécil, esto no sucedió, no sucedió... Prendió un cigarrillo para hacer algo, se pegó el humo mojado a la garganta.
     Creyó que fue entonces que sintió la mirada en la espalda, como si ella hubiera salido tras él. Una idea tan ridícula que le causó gracia. La chica lo miraba, le hablaba (porque de eso no cabía duda, le había hablado), él salía corriendo muerto de vergüenza, y a pesar de eso ella lo seguía para besarlo… Estaba buenísima la idea, tan buena como imposible. Y obvio, no era ella.
     Siguió caminando tapando el cigarrillo con el puño de la campera para que no se mojara. Paró en una esquina y esperó que el semáforo cambiara. Un viejito con cara de perdido y una bolsa de pan en la mano lo saludó como si lo conociera, se reía y tapaba una dentadura amarilla y extraña. En ese momento se sintió observado y se dio vuelta rápido, tuvo la certeza que alguien estaba detrás de él, sintió un roce en el hombro, el calor de la mano que se acercaba, pero no lo tocaba.
     Un chubasco sorpresivo se largó y terminó por llenar todos los charcos que quedaban, miró para el lado donde estaba el viejo, quería hacer un comentario estúpido. El viejo había desaparecido, miró para todos lados. ¿Dónde se había metido?, si hubiera cruzado el semáforo estaría delante de él. ¿A qué velocidad tendría que haber pasado para irse tan rápido?
     La lluvia paró y empezó a hacer frío, era increíble en enero. Apagó el cigarrillo y empezó a caminar, metió las manos húmedas en los bolsillos de la campera, no sirvió de mucho, los bolsillos eran más húmedos que el agua misma. La calle se había vuelto invernal y vacía de un momento a otro. Sintió de vuelta que lo seguían, qué mal momento para volverse un cobarde.
     Era tonto hacerlo pero en cuanto vio el edificio sabía que iba a terminar por entrar, una jugada infantil no vendría nada mal después de tanta paranoia urbana. Entrar y subir hasta el último piso, ver la terraza y después bajar como cualquier hijo de vecino.
Le sostuvo la puerta a la chica que llevaba un perro, sonrió confiado, la chica lo miró intentando descifrar de donde lo conocía. Subieron al ascensor, segundo piso para ella, el apretó el último, el doce. Cuando la chica bajó en el segundo lo miró adivinando algo, él bajó la vista. Siguió hasta el doce, pero en el doce la puerta no se abrió.
     Paró el ascensor de repente tocando apenas el techo (eso era imposible, los ascensores no hacen eso) y se detuvo. El trató de apretar botones, no era claustrofóbico pero la idea de estar atrapado en un ascensor totalmente ajeno le dio miedo. Pasó un ratito, le daba vergüenza tocar la alarma, cuando le preguntaran quien era, ¿qué iba a decir? Pasaría como un loco, ó como un ladrón.
     Sintió cómo se movía el piso, se movía en serio. Apoyó los pies más fuertes. Tuvo miedo de caerse, de morirse. Pero lo que sucedió fue que perdió el equilibrio, el ascensor comenzó a moverse y se deslizó hacia el costado. En un segundo la puerta se abrió sin hacer ruido, él no atinó a moverse. Flotando el aparato recorría el piso doce, no por el pasillo sino atravesando cada una de las paredes, asomándose impúdicamente.
En el doce B había una señora dormida con la tele encendida, un adolescente en la cocina comía directamente de la heladera y si no quería más, se lo daba a un gato que se acariciaba entre sus piernas.
     El doce A era un departamento más grande, limpio e iluminado en el que no parecía haber nadie. Hasta que vio a un señor de traje, acostado en la cama, durmiendo. Se acercó un poco más el ascensor. ¿Esto lo hacía espontáneamente el aparato, ó era él quien lo manejaba?, se preguntó. El hombre soñaba algo lindo, porque sonreía y murmuraba, daba ganas de acostarse al lado para que contagie esos sueños. Había una ventana cerca y vio que desde ahí, la lluvia parecía aún más hermosa.
     En el doce D no había nadie y era una casa tan despojada que Pablo dudó que alguien hubiera estado alguna vez ahí. Oyó la canilla del baño abierta y vio una taza de té en la mesa. En ese lugar hacía frío.
     Pablo pensó en el doce C, había que ir ahí. Por primera vez tuvo que abrir la puerta y ahí estaba la chica. Sentada en el piso, en el medio del living, pintándose las uñas de los pies de un color coral fluorescente. Era diferente sin uniforme y despeinada. La casa resultó demasiado femenina y con olor a chicle. La chica estiró las piernas y él vio las uñas coloradas y el algodón entre los dedos. Ella terminó su trabajo y apoyó el pincelito en el frasco. Sonrió satisfecha.
     Ahí estaba Pablo mirándola absorto. La chica levantó la vista de nuevo y lo escrutó de lleno, como un lector de código de barras. Pablo no desvió la mirada. El ascensor dudó un instante, se bajó antes de que reaccionara y ya no le importó por dónde salir.

jueves, 27 de julio de 2017

Literatura bajo la ducha.

     Una persona, la cual desconozco su paradero e identidad, me recomendó telepáticamente el libro de María Moreno: Black Out. Quiero decir a esta persona desconocida que todavía no lo leí, pero que muy pocas veces me equivoco con los libros. Esto se debe a mi experiencia como lector avezado, supongo. O quizás, porque antes de comprar un libro, leo la primera oración del mismo cual si ésta tuviera la misión de revelarme un secreto. Lo cierto es que Black Out me cautivó desde el principio,  “El hombre subió al ómnibus. Llevaba una enorme jaula cubierta por un trapo negro.” El comienzo es tan bueno como el principio de La metamorfosis de Franz Kafka, "Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.” Tranquilamente el comienzo de la novela de Kafka, como el libro de relatos, micro ensayos y crónicas de María Moreno, podrían presentarse como microrrelatos. Esas pocas líneas valen por si mismas, no necesitan otras oraciones que la complementen. Como el microrrelato del escritor guatemalteco, Augusto Monterroso, “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Paul Auster dijo alguna vez, que intenta dejar espacio en su prosa para que el lector la habite, que el lector se apropie de las escenas y situaciones de un libro y las aplique a sus propias experiencias.
¡Me encanta la microficción!
     Junto a mi coequiper Griselda, ideamos un montón de stickers, que contenían distintos microrrelatos en forma de viñeta. Recuerdo que pegábamos estos stickers en las publicidades del subte y las paradas del colectivo. Era muy divertido para nosotros subvertir una publicidad donde, por ejemplo, Iván de Pineda aparecía en calzoncillos diciendo “El cura de mi parroquia conquistó a mi papá”, ó una Mirtha Legrand promocionando su programa de almuerzos, exclamando: “¡Ey Gillipollas!¡Cógeme, cógeme!”, sublime… Espero que algún curioso/a lo haya advertido.


     Mientras escribo, escucho el programa de radio del periodista Reynaldo Sietecase, me llama poderosamente la atención la distancia entre los conductores radiales con la realidad de sus oyentes. No sólo Reynaldo Sietecase, también María O Donell, Matías Martin, etc, etc. Pareciera que en sus comentarios, anécdotas, enunciados, se dirigen a un oyente que no vive en el conurbano ó la ciudad de Buenos Aires, sino en la ciudad de Estocolmo, Suecia o algún terruño con un Estado robusto. Perdonen la digresión, es que me indigno con los medios masivos de comunicación, no lo puedo evitar. Griselda bromea a menudo conmigo, diciendo que el día que hagamos la revolución, antes de tomar la casa de gobierno, vamos a ser una parada técnica en las radios y canales de televisión para prenderlos fuego.
     En los últimos años, descubrí un escritor que me iluminó como pocos lo hicieron. Roberto Bolaño es el nombre del autor de la novela Los detectives salvajes. Si hay un lector desprevenido que no lo haya leído todavía, que deje todo como está y vaya corriendo a la librería más cercana a comprar o robar esta novela. Roberto Bolaño no proviene de ninguna dinastía literaria o académica, es un escritor que se hizo sólo, que lo único que heredó de su patria fue el exilio. Desde ese “no lugar” fue construyendo su prolífica literatura.
     Hace poco encontré en el canal Youtube, una entrevista a Roberto Bolaño que la recomiendo fervientemente. En la misma el escritor chileno se muestra muy suelto con sus palabras, sus gestos, hablando de literatura con un colega chileno. En el comienzo de la entrevista, el entrevistador le pregunta por los personajes principales de la novela Los Detectives Salvajes: Arturo Belano y Ulises Lima; poetas visceralistas, criminales, son algunos de los atributos de estos personajes. Lo interesante es que Roberto Bolaño cuenta que el personaje de Ulises Lima está basado, o sea, es el fiel reflejo de su mejor amigo de toda la vida: Mario Santiago, que además de considerarlo un verdadero poeta, lo define como un lector empedernido.  Lo gracioso de la anécdota es que Bolaño, en un momento, comienza a darse cuenta que sus libros estaban en su mayoría mojados. Y se empieza a preguntar ¿Es que acaso ha llovido en México? Bolaño intenta encontrar una explicación del porqué las páginas de sus libros estaban húmedas, pero no la encuentra, hasta que en una ocasión, al regresar a su pequeño departamento del DF, sorprende a su amigo leyendo debajo de la ducha con el brazo extendido. Lo que más me gustó de la anécdota es que después de escucharla, inmediatamente recordé a Ezequiel Manganelli, un ex compañero de trabajo, un lector voraz, siempre que lo encontraba, me mostraba un libro distinto. Fue instantáneo, escuché la anécdota de Bolaño y en un flashback, vi desde la ventana de un colectivo de la línea 501,  a Ezequiel Manganelli, caminando por una vereda de la ciudad de Monte Grande, con el brazo extendido, leyendo un libro.