Literatura barrial.

sábado, 27 de mayo de 2017

Mi víbora Pitón

     Pajarito era un hombre mayor. De estado civil soltero, quizás porque le gustaban más los animales que las mujeres. Era una persona amable y un perfecto imitador del canto de los jilgueros. Una vez reunió a doscientas personas en el club del barrio. Esa noche Pajarito estuvo impecable. Se paró en el medio del escenario y con el pecho bien inflado trinó durante media hora, como si fuese un mismísimo jilguero. La audiencia ovacionó con un aplauso cerrado el brilloso trinar.
     Además de esta enorme cualidad artística, Pajarito tenía una tienda de mascotas en el barrio de Loma Verde. Recuerdo haber visto todo tipo de animales ilegales para su comercialización allí, lagartos, serpientes, monos salvajes y hasta un oso hormiguero. Conocía a dos cazadores furtivos que conseguían los animales más exóticos que jamás se hayan visto alguna vez.
      Yo conocí a Pajarito a través de mi trabajo. En ese tiempo yo era un emprendedor bastante exitoso. Era fabricante de ruedas para hámster, correas para perros, llamadores de aves, etc.  Hacía todo tipo de dispositivos y artefactos para casas de mascotas. Recuerdo que a Pajarito lo conocí ofreciéndole  jaulas y peceras. Esta relación comercial fue creciendo y devino, con el tiempo, en un fuerte lazo de amistad.
      Como era previsible, un inspector de la municipalidad de Almirante Brown descubrió el negocio ilegal de Pajarito y quiso una coima más alta,  al no obtenerla, lo denunciaron ante la justicia y clausuraron el local. Pajarito fue procesado por cautiverio de animales silvestres y condenado a cinco años de prisión.
     Un domingo de marzo fui a visitarlo a la cárcel.
-Hermano, dejé a mi víbora pitón en la bañera de casa. A esta altura debe estar muerta de hambre y vos sos el único que me puede ayudar -Pajarito hablaba angustiado del otro lado del locutorio.
-A ver si entiendo, ¿vos querés que me desnude, me meta en la bañera y luego me deje comer por ella?-
-No te hagas el gracioso hermano. Es lo único que te voy a pedir, que cuides a mi víbora Margarita -cuando pronunció la palabra Margarita, Pajarito se largó a llorar como un nene. Dos guardias se lo llevaron a la rastra, al pabellón.
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     La convivencia con la víbora no fue tan difícil como había pensado. Conseguí un terrario donde cabía perfectamente y lo puse en el garaje. Le daba de comer dos roedores pequeños una vez por semana, que compraba en la feria de Domínico. Verla alimentarse era un ritual escalofriante y muy atractivo a la vez. La serpiente, que tenía el tamaño de una manguera de bombero, contorneaba el cuerpo hasta atrapar a la presa que intentaba escapar. La asfixiaba con su lomo escamoso y luego la tragaba lentamente. La cola del ratón se movía nerviosa en los labios, como a Diana en V Invasión Extraterrestre.
     Con el tiempo me fui encariñando. En invierno dormía debajo de mi frazada, enroscada en mis piernas. En verano la dejaba suelta en el jardín y se entretenía persiguiendo a los sapos.
     Hubo un año en que tuve mucho trabajo. Tenía que hacer entregas de jaulas y peceras por toda la zona sur de la provincia de Buenos Aires. Esto me llevó a estar lejos de casa y a olvidarme de alimentar a la pitón. Recordé, en ese entonces, que hacía un mes que Margarita no comía. Era un momento en mi vida que me comportaba como un trabajador alienado. Era esa clase de persona que hoy en día se menciona como alcoholic work. Con una gran culpa por faltar a mi obligación de alimentar a la víbora, recorrí varias ferias del conurbano, pero no encontré ningún ratón árabe o rata de laboratorio (Eran las presas vivas pequeñas que comúnmente comía Margarita). Fue entonces que recurrí a mi última opción,  fui al negocio de un cliente amigo y me llevé, en una bolsa de papel madera, dos hamsters peludos y grandes. Cuando llegué a casa los arrojé al terrario y salí corriendo hacer una entrega que tenía muy atrasada.
     Llegué cansado a casa. Fui a buscar a Marga. Tenía ganas mirar el partido del sábado con ella en el sillón. En el garaje vi una escena horrible. Mi amada víbora se estaba desangrando en un rincón del terrario y en la otra punta estaba el roedor, exhausto y manchado con sangre. El hámster defendió a su compañero que era tragado por el reptil. Esa fue mi reflexión sobre el asunto. Margarita quedó tuerta y nunca más se alimentó de animales vivos. El período de recuperación fue duro para ella. No podía subsistir sin mi atención. Empecé a despotricar sobre el trabajo y comencé a repetir la frase que siempre decía mi abuelo: “Si el trabajo es salud que trabajen los enfermos”. Mi microemprendimiento productivo comenzó a caer raudamente, pero mi lazo con Margarita se fortaleció. Esos meses lo recuerdo con mucho amor. Trozaba uno por uno a cada ratón, los cortaba en partes muy pequeñas. Recién después hacía el avioncito con la cuchara y lo metía en la boca de la víbora. Los pedazos que sobraban los guardaba en el congelador.
 “El peor error que puede cometer el dueño de una serpiente, es dejarla sola y sin vigilancia frente a una presa viva.” Leí  en una revista de serpientes que me trajo mi primo de Estados Unidos. Poco a poco, la víbora se fue recuperando y la herida en el ojo fue cicatrizando. Margarita volvió a ser la que era, pero tuerta.
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     La tarde menos esperada sonó el timbre de mi casa. Por la cerradura de la puerta vi a Pajarito inquieto y en ese momento intuí lo peor. Entró sin pedir permiso. Era un hombre muy avejentado. Los años se multiplican cuando uno está guardado. La cara parecía rasgada como su antigua celda. Me saludó con cierto odio por olvidarme de él. Hacía tres años que no lo visitaba. La cárcel es un lugar tan angustiante que no quise ir más.
-¿Dónde está Margarita? -preguntó mientras espiaba cada rincón de mi casa.
-En el garaje -contesté en un tono tan bajo que apenas me escuchó.
     La idea de perder a Margarita no entraba en mi cabeza. Actué de manera precisa. Esperé el momento adecuado. Me acerqué despacio. Lo miré desde lo alto; él estaba agachado, abrazado al lomo escamoso de la pitón. Cuando volteó la cabeza se la estallé en mil pedazos. El matafuego rodó por el piso. La sangre se derramó en el terrario y salpicó el lomo frío de la víbora. Marga la bebió con gran fruición...
     Al fin y al cabo, con gran esfuerzo, pude meter una bolsa de consorcio llena de comida en el congelador, mientras hacía ese trabajo repetía una y otra vez: “El peor error que puede cometer un dueño de una serpiente, es dejarla sola y sin vigilancia frente a una presa viva.”


viernes, 12 de mayo de 2017

Arco Iris

-José, José, despertate, ya son las seis y cuarto, vas a llegar tarde; dale, dejá de hacerte el boludo, pero, ¿te estás haciendo el dormido?
     La mujer de José finalmente lo destapó. Era agosto así que él se levantó insultándola, se puso el mameluco, tomó un mate frío sin dirigirle la palabra y se fue.
     Cuando llegó, estaba Gabino, que no había hecho nada y chistaba por un agujero de la obra a las chicas que pasaban para ir a trabajar. José se sentó en un banquito. Estaba cansado. Desde ahí podía ver el río. El edificio era muy alto así que podía ver del otro lado una playa y allá algo más. Podía encontrarse en otro mundo si quería, con los músculos todavía dispuestos, el pelo abrigándole la cabeza, la piel tirante y el resto lo invento, pensó.
     Alma se llevó la mano a la boca y se rió, su risa sonaba siempre infantil y en general se la tragaba. Su mirada era vieja con mucho pasado encima, casi triste. Eso le dijo José, que si ponía esa cara tan seria no iba a encontrar un novio que la acompañe. Claro que a los once años la sola mención de un novio provoca un rubor inmediato e insolente. Más aún en el caso de Alma, que parecía de nueve. Flaquita, morochita y con unos ojos saltones que sorprendían a cualquiera y la dejaban sin aire a ella casi siempre. Había venido hacía dos años de Corrientes, sin muchos secretos, donde las chicas se empiezan a tragar los años a los quince.
     Llegó a Buenos Aires con su mamá. La mamá limpiaba una casa grande y casi desocupada. La nena ayudaba por las tardes después de la escuela. Baldeaba los pasillitos blanqueados que circulaban por el césped, frotaba los picaportes con cremas y trapitos y, a veces, cuando hacía lindo día, mojaba la vereda y miraba un poco la calle. Así conoció a José que trabajaba en la obra de al lado. De vez en cuando él pasaba por la calle, para no pisar, y siempre la saludaba.
     Un día, esos de sol y de calor, ella baldeaba descalza haciendo dibujitos en el piso con la manguera, escribía un Alma grande con letras de imprenta transparentes que brillaban. José, al pasar con el paquete de fiambre, se la quedó mirando. La nena se asustó al verlo tan quieto. El se acercó y le preguntó si conocía los arco iris que se ven en Buenos Aires. La nena no supo que decir, le sonaba a broma. El agarró la manguera, la puso para arriba y presionó suavemente su manito, apoyando el pulgar justo delante del sol. Alma vio resplandeciendo todos los colores de repente, sentía un olor fuerte desde ese hombre, el estómago le crujía y la imagen la encandilaba. Se apartó y se sonrió nerviosa. Él notó el miedo, pero no se movió. La miró un rato más, le tocó la cabeza y se fue, ensuciando con la arena y el cemento de los zapatos toda la vereda.
     La nena terminó de lavar rapidito y entró. A su mamá le restaban aún algunas tareas. Entonces Alma subió a las habitaciones del último piso, porque desde ahí podía ver la obra, y a José, construyendo una larga pared que lo iba ocultando. Había varios hombres trabajando ahí, uno se dedicaba a gritar guarangadas a todas las mujeres, y cuando alguna se daba vuelta se cagaba de risa; otro, que era más viejo, mandaba a todos y comía solo en un costado. Pero Alma sólo pudo ver a José, grandote, medio gordo, le hacía acordar a un tío que conoció de chica, con unos músculos que le parecían enormes y que latían cada vez que se movía. Lo miraba y le golpeaba el corazón con más fuerza.
     La madre de Alma terminó y se fueron juntas para el barrio de Once donde vivían en un departamento de dos ambientes, empapelado con el plástico que imita a la madera y los vidrios translúcidos donde la chiquita pegaba figuritas de Barbie. Esa noche soñó mucho, soñó con José, con sus brazos que la apretaban fuerte, con el agua transparente que le caía en la cabeza y cuando se despertó le dio vergüenza el sueño.
     Al día siguiente esperó largo rato a que José apareciera. Sin decirle nada, él la llevó hasta la playa y cerca del río le contó de la costa que existía del otro lado, donde lo que querés en secreto es fácil. Alma escuchaba sin entender demasiado y agarrándose la pollera para que no se volara. Tocó el pelo casi azul de ella y le dijo que él lo tenía igual, pero con rulos. Alma se llevó la mano a la boca y se rió, admirando la brillante pelada. José no habló más, sólo la observaba. La nena estaba muy nerviosa, a punto de salir corriendo. Él la tomó del cuello. Podía presionar un poco más y se quebraría. Acercó su boca, fueron cediendo de a poco los dientes apretados de la pequeña. Se comió la inocencia y el miedo con la saliva. Alma temblaba, pero él también temblaba. Se soltaron. Ella se fue alejando. La nena se dio vuelta en dirección a la casa. No supo en qué momento empezó a correr y a gritar para adentro. Transpiraba y lágrimas gordas ardían en su cara.

sábado, 29 de abril de 2017

Los Matagatos

     Cuando era chico estaba convencido de lo que quería. Sabía quiénes eran mis amigos y cuál era mi vocación. El tiempo pasó y con él se fueron las pocas certezas que tenía. Ahora trabajo en una pajarería y trato de avanzar en mi vida, pero no hay ningún camino hecho. Voy tanteando cada lugar como un ciego. Es mentira esa frase que dice “los años no vienen solos”. Que con el paso del tiempo se gana experiencia y se tienen más certezas. A mí me pasó al revés, cada día que pasa estoy más confundido y todavía no definí que quiero ser cuando sea grande. El tiempo pasa y eso no significa nada, excepto que uno tiene menos expectativa de vida y que se acumulan un montón de recuerdos en la piel.
     Recuerdo los años de mi infancia con cierta melancolía. He perdido a mis dos únicos amigos de esa época: Irazoqui vive en Nueva York. Es piloto de avión de una línea comercial, por lo menos eso me contó su mamá. De Marcial tengo muy pocas noticias. Tengo una imagen de él, era un chico violento y bichero. Tenía dos dogos, un sapo y dos escuerzos. Su mayor tesoro era un jaulón poblado de distintas clases de pájaros. Mi pájaro preferido era un siete colores que posaba en lo más alto del jaulón, el pico agudo y fino, el cuerpo erguido, las plumas aireadas y coloridas como el arco iris, y el trino dulce y empalagoso como la miel.
     Solíamos ir seguido al negocio de un pajarero amigo, lo llamábamos Tweety. Conversábamos de canarios y tomábamos mate con limón. Tweety decía cosas como, “más vale un canario en mano, que cien volando”, ó, “al que madruga el canario lo saluda” y cosas por el estilo.
     Una tarde volvíamos de allí con dos canarios que eran tan charlatanes como nosotros. Cuando llegamos a la casa de Marcial descubrimos, para nuestro horror, que el alambre había cedido en sus partes más endebles. Había plumas manchadas con sangre y restos de cadáveres en la arenilla del piso, hasta los huevos de las codornices habían sido devorados por los gatos. Esa semana fue silenciosa, cada uno de nosotros quedó en una soledad angustiante. Esa angustia se transformó rápidamente en bronca. Por esta razón formamos una organización llamada “Los Matagatos”.
     Yo era el sustentador teórico, por llamarme de algún modo, deseaba un mundo sin gatos. Creíamos en la revolución canina. Apostábamos a los principios del perro: compañerismo, fidelidad y estoicismo. El gato era nuestro mayor enemigo, ya que representaba el mero interés, el engaño y la falta de confianza.
     Marcial era el brazo armado de la organización. Pasaba largas noches sin dormir, camuflado y en posición de francotirador. Aguardaba en la ventana de la pieza que alguna gata en celo se posara en la medianera.
     Irazoqui cumplía el papel de espía. Se internaba en las casas donde residían estos perversos animalitos para registrar sus rutinas nocturnas, su alimentación y sus compañías. En algunos casos gestaba hasta una relación de amistad. Después nos soplaba esta información.
     Nuestras aventuras se tornaron día a día más violentas. En pocos meses fuimos adquiriendo fama. Había vecinos que nos palmeaban la espalda, otros, en cambio, nos deseaban lo peor. Sin embargo, yo no había matado a ningún gato. A lo sumo había pegado algún puntapié y revoleado a uno a un zanjón. Marcial, en cambio, ya había asesinado a muchos y de las maneras más perversas. Una tarde arrojó a tres gatos de la terraza de un edificio para refutar la teoría de que los gatos caen siempre parados.
     Su metodología comenzó a asustarme. Si bien estaba de acuerdo con un mundo sin gatos, lo cierto era que no terminaba de convencerme de mi responsabilidad en el asunto. Me hubiera gustado que por alguna catástrofe o epidemia inaudita desaparecieran todos los gatos...
Pero dudaba seriamente que pudiéramos lograrlo matando a cada gato que viéramos por el barrio. Marcial, creo, intuyó mis dudas, porque en una ocasión me puso a prueba.
El plan nocturno consistía en lo siguiente: los gatos, dado que nuestra empresa era un éxito, escaseaban en la zona. Los pocos que quedaban se habrían pasado el dato, ya que apenas nos veían huían despavoridos. Así fue que comenzamos a organizar “redadas de gatos”. En esa época estábamos impresionados con el viaje a la luna, no me pregunten porqué, era un video que tenía Marcial. Pasábamos noches enteras mirándolo, sin sonido y con música de Vangelis de fondo. A raíz de esto nuestras “redadas de gatos” las bautizamos Apollo I, II, III y así sucesivamente. A esta altura íbamos por Apollo XIII.
     Las redadas en el negocio de Irazoqui, además de audaces y efectivas, eran rematadas con un banquete de golosinas. El negocio era un autoservicio de lo más completo, con verdulería y carnicería incluidas. Como todo negocio con comida contaba con un nutrido ejército de ratas que disponían del lugar por las noches. Esto Irazoqui lo supo desde siempre. Se había criado ahí, los deberes los hacía al lado de una caja registradora. Siempre escuchó la preocupación de sus padres por las ratas. De chico le daban miedo, pero con el tiempo, observándolas, entendió un poco más su lógica. Irazoqui lo decía de este modo: “es cierto que son sucias y no comen, tragan. Pero las vi luchar con gatos y son muy compañeras. Saben que dé a una no pueden, entonces se organizan y logran su misión”. Él las vio con sus propios ojos: gatos destrozados por partes; por etapas. Ninguno había durado más de una semana, escapaban o aparecían destrozados sin ninguna explicación.
Irazoqui aprendió mucho de la disciplina y el coraje de las ratas, éstas eran una tentación constante para los gatos. Hasta el felino más temeroso y conservador no podía evitar darse una vuelta a la noche por el mercadito.
     Las “redadas de gatos” en el negocio de Irazoqui eran cruentas y sanguinarias. Se soltaban tres o cuatro gatos en el galpón. Estos, quedaban indefensos ante centenares de ratas que eran tentadas a salir. Una horda de queso se ponía sobre una rejilla que daba a las cañerías. Los gatos eran superados como buzo sumergido en un rió lleno de cardúmenes de pirañas. Cuando quedaban medios moribundos, los remataba Marcial, con un aire comprimido 5 ½.
     Aunque después tragaba miles de golosinas, el corazón se me achicaba del miedo y cuando llegaba a mi cama todavía me temblaban las piernas. En general mi participación era escueta, me las había ingeniado para manejar las llaves y cronometrar el tiempo. Mi rol era obsesivo y cobarde en un punto, daba indicaciones como si supiera que hacer. Creo que Marcial pudo ver a través de mí, por eso me tiró ese pelotazo desde atrás: -Hey, amigo, hoy te va a tocar a vos hacer bailar a los gatos- dijo y rió socarronamente.
-Tengo que manejar los tiempos y vigilar la puerta, mira si aparecen los viejos de Irazoqui- dije como si fuera un analista de riesgos.
-No te hagas problema por eso, yo me hago cargo. Dale quiero ver como rematas a esos gatos. Al final voy a creer que venís a comer golosinas únicamente- dijo y se rió como si tuviera guardado ese chiste desde siempre. Yo me puse el buzo aunque sentía calor y tenía las orejas coloradas.
     El local estaba oscuro. Así es que avanzamos sigilosamente, caminamos por el pasillo para llegar al fondo. Frente a las heladeras de la carnicería pusimos una luz portátil. El sonido de las heladeras y una luz violeta reflejada en la carne hacían más lúgubre la reunión. Los ruiditos de las ratas rompiendo paquetes me habían dado asco anteriormente pero aquella vez me tranquilizaron. Tenía el rifle apoyado en el hombro y deseaba que las ratas se ocuparan de la mayor parte del trabajo. Me di cuenta que la idea de lastimar me daba miedo.
     Irazoqui entró preocupado, sus papás todavía no se habían acostado y él tuvo que escapar por la ventanita del baño. Tenía un pequeño corte en la zona del ombligo. Se levantó la remera para impresionarnos con el raspón brillante y rojo como una frutilla. Marcial abrió las rejillas y salieron las ratas como un chorro de agua a presión. Para terminar el chiste le revoleó una laucha al estómago. La lauchita era chiquita, gris y le doblegaba el largo, una cola larga y dura como cable de teléfono. Asustada estiró sus manitos y se aferró con uñas y dientes a la herida de Irazoqui. Sus hermanitas alertadas y emocionadas por las luces, corrieron detrás de ella. Los gatos que Marcial trajo en una bolsa de tela terminaron desparramados en el piso y salieron confundidos para todos lados.
En dos minutos el galpón se convirtió en el mismísimo infierno. Los gritos, maullidos y chillidos se imponían en el ambiente. Yo me había congelado, veía la situación pero no atinaba a nada. Cuando se me escapó el tiro ni siquiera me di cuenta, sólo escuche el ruido de mi corazón.
     Todo sucedió muy rápido, se me cayó el arma y al revés de todos me sentí más tranquilo. Busqué un trago, había que limpiar el desastre. Las luces se encendieron de golpe, de las ratas no había ni rastro. Los papás de Irazoqui a medio de vestir tenían un gesto de enojo y perplejidad enorme. Irazoqui explicaba algo que no tenía sentido, de la reivindicación de los pilotos caídos en la guerra de Malvinas, de su compañerismo y valentía..., de que la única guerra perdida es la que se abandona..., de que los gurkas eran los peores mercenarios que había conocido...
     Marcial había desaparecido de un momento a otro y nadie preguntó por él. Los padres de Irazoqui estaban cansados, cansados de catorce horas de laburo y de historias de chicos. Los papás de Irazoqui me depositaron en la puerta de mi casa y se fueron sin despedirse, como quien deja un paquete.
     Marcial no apareció ni ese día, ni los siguientes. A Irazoqui lo pincharon en el hospital como siete veces. Después nos empezamos a saludar de lejos.
     A Marcial no lo vi por muchos años. Un día me saludó desde un auto. Sé muy poco de él, me contaron que está de novio con una chica rubia, lánguida y naturista. Ah, y que la novia tiene un gato siamés.

sábado, 22 de abril de 2017

Graznido


     La densa vegetación de la selva lo apesadumbró. Ya no hay marcha atrás, pensó, mientras se abría paso con un machete quitando la maleza. Pensó hacer un fuego para pedir auxilio, pero las ramas, las hojas y cualquier otro tipo de follaje, que le podrían haber resultado útil para la combustión, estaban muy húmedos para encender.
      Cuando se dio cuenta que estaba solo y perdido, y que una sola línea de batería tenía en su celular sin señal,  trató de idear un plan de emergencia. Pensó en la dirección de las nubes, que generalmente se mueven de Oeste a Este, y sobre todo pensó en la posición del sol, que sale por el Este y se va poniendo hacia el Oeste, pero nada de eso le sirvió, caminó largas horas hacia el Oeste, pero a medida que avanzaba, la selva se volvía más tupida e inaccesible. Fue por este motivo que volvió al punto de partida, donde había clavado un palo como sistema de referencia. Regresó sin mayores dificultades, como Hansel y Gretel, había tirado una piedra, y luego otra y otra, para ir señalando el camino. 
     Ya hacía cuatro largas horas que había optado caminar en sentido contrario, remplazar el plan de emergencia A por el plan B. Pensó que lo mejor era acercarse al límite de la densa vegetación, para obtener una mejor visión panorámica,  pero a medida que avanzaba ahora hacia el Este, la selva se volvía negra y cerrada.
     Decidió emplear todas sus fuerzas para poder escalar un árbol de unos aproximados treinta metros de altura. Pero a duras penas pudo subir unos tres metros. El paisaje era imponente: la jungla o la vegetación de hoja ancha (tipo frondosa) se multiplicaba una tras otra. La voluptuosidad de la naturaleza lo hizo sentir impotente.
     Cuando llegó hasta la orilla de un pantano, empezó a dudar en cruzarlo o no. No tenía otra  alternativa. Salvo esperar el milagro de que un grupo de rescatistas o lugareños lo encuentren…Pero quién lo iba a buscar si nadie sabía de su presencia en la selva misionera. Excepto su madre y un par de amigos de su pueblo en Alicante, que estaban enterados de su viaje de mochilero a la región del noreste argentino. Ah, y la administradora del hostel donde se alojaba, que lo llamaba con cierta sorna Vincent, aunque sabía perfectamente su verdadero nombre: Vicente. Pero nadie sabía que se había perdido en la selva, ni él se percató, hasta muchas horas después de fotografiar a un grupo de monos aulladores, que los fue internando en la selva, hipnotizándolo con sus sonidos, cual canto de sirenas.


    Cruzó el pantano descompuesto que quería tragárselo. Tardó cinco minutos que parecieron horas en llegar al otro lado del riachuelo. Cuando por fin llegó a la orilla, respiró agitado y vomitó los huevos salados que había almorzado.- ¡Ojalá sea una herida leve! -dijo, con mínima esperanza.
     Se miró el vientre y tenía una abertura de por lo menos tres centímetros de profundidad. La sangre brotaba y burbujeaba en la superficie de la herida. Vomitó de nuevo y recordó el pinchazo agudo y metálico; la punta del junco fibroso hundiéndose en el vientre. Se asustó y pegó un grito escalofriante: ¡Aghgggggh! Un pájaro grande y tieso respondió emitiendo un sonido aún más aterrador: ¡Cruaaac, cruaaac!
     Respiró profundo e intentó calmarse. "Tengo que encontrar algún arroyo para limpiarme la herida”, se dijo. Se ató la camisa harapienta, ajustándosela a la cintura para poder tapar la herida y siguió camino. Se angustió al pensar que quizás no había ningún camino por seguir. Tal vez nadie antes había andado por ahí.
     El sol entraba en la selva y en su cuerpo a través de un hilo amarillo intenso, quemándole la piel. Era como si un Dios con lupa jugara con él. Estaba solo, pero esto no lo inquietaba. Ya había estado solo muchas veces. Lo raro era que la soledad se presentaba de una manera diferente. Era agresiva e impaciente y lo arrinconaba lentamente hacia la muerte.
     Escuchó nuevamente el canto desesperado del pájaro y esto lo calmó. Se sintió acompañado, pensó que no era el único que sufría en esa abrumadora selva.
     La hemorragia no paraba y la camisa que hacía de venda se volvió muy pesada para las piernas ya maltrechas. Empezó a flaquear, se detuvo y luego cayó pesadamente sobre la hiedra.
    El sol cayó del cielo también. La noche fue creciendo y con ella el canto del pájaro carroñero, ahora satisfecho.

martes, 18 de abril de 2017

Gallito Ciego


“Hasta en la cueva más oscura, en algún momento, se filtra un rayo de sol y nos muestra la salida.” Luisito, cantante de Resistencia Suburbana.

     Marcelo se vendaba los ojos y después daba vueltas sobre sí mismo. Una vez mareado, salía como un trompo a la ciudad. Siempre terminaba volcado y escupiendo sangre en alguna esquina. Luego, se levantaba y empezaba a rodar de nuevo hasta caer.
     Desde que lo abandonó su novia, sólo jugaba al gallito ciego. Abrir los ojos era como cerrarlos y cerrarlos era como abrirlos de nuevo. Sus recuerdos eran su único amigo. Un viejo amigo que sabe contar anécdotas y nada más...
     Se quedaba dormido en cualquier lugar, en cualquier momento. Muchas veces despertaba en plena noche en una esquina húmeda y fría; y otras, con mejor suerte, emergía en su cama deshecha de una larga siesta.
     En un sueño tiritó de frío. “Era una pieza oscura, de paredes de piel agrietada. Intentó tocar los bordes para rascarla. Pero, cuanto más acercaba sus manos, la piel ajada se alejaba un poco más. Quiso detener sus pies. Pero estos ya habían dispuesto levantarse como pájaros por la habitación. Los pies eran dos colibríes con corazones chiquitos como guindas y unas alas que se movían tan rápido como la hélice de un avión. Los pájaros volaban aterrados y en distintos sentidos, tratando de escapar. Pero siempre terminaban rebotando contra el techo y las paredes de la pieza, como pelotas de tenis contra un frontón. Los colibríes se resignaron y volvieron a la cama. Se ubicaron entre los tobillos de Marcelo y los pliegos de las sábanas, para volverse nuevamente pies”.
     Se levantó empapado. Tomó un vaso de agua y un geniol. Se calzó la venda en los ojos como de costumbre y salió. Sólo veía un poco por debajo de la venda: los cordones de sus zapatillas, el pasto, los charcos y el devenir informe de las veredas. Fue así que vio a Pancho. Un perro retacón y de bigotes blancos. Era un perro común y corriente, pero con unos ojos profundos como el río. El perro lo siguió.  Marcelo entró  a un kiosco para comprar cigarrillos y un vino, y cuando salió, el perro todavía estaba allí, esperándolo con el pecho erguido y sus ojo altivos. Marcelo sin quererlo se sintió acompañado.
      El primer diálogo lo tuvieron en  una plaza:
 - El problema no es tener pulgas, es uno mismo que se rasca- dijo Pancho mientras se rascaba la oreja. Marcelo no pudo contenerse y se río. Hacía meses que no se reía. Pancho respondió esbozando su mejor sonrisa. -Entonces ¿Por qué te rascas?- preguntó Marcelo con cierta obviedad. - Es que no siempre puedo hacer lo que quiero- dijo el perro y después callaron.
     El perro no hablaba. No vayan a creer que Marcelo estaba loco, o el perro era un animal paranormal. No, tan sólo eran dos sujetos que se supieron entender.
     Con el tiempo se hicieron muy amigos. Marcelo consiguió una cucha de madera en una feria de Ingeniero Budge, de la calle Olimpo.  La cargó sobre sus hombros durante todo el viaje en colectivo ante la mirada indiferente de los pasajeros de la línea 306. Cuando llegó a su casa, Pancho lo recibió moviendo la cola y lamiéndole la cara.
      Marcelo comenzó a sentirse distinto, como cuando heredás un jean de un tío abuelo muerto y sorpresivamente te calza perfecto. Bueno, no sé si es un gran ejemplo, pero algo así. Lo importante es que las cosas se iban poniendo lentamente en su lugar.
     Las vueltas por el barrio con Pancho, le rindieron en muchos aspectos, algunos vecinos que anteriormente esquivaban su mirada, ahora lo saludaban con simpatía. Y en una ocasión, el carnicero de la esquina Mitre y Alem doble,  cuando Marcelo fue a comprar, le obsequió a su amigo canino una cumplida porción de espinazo.
      Un lunes inesperado y primaveral, el ferretero del barrio le ofreció un trabajo a Marcelo, específicamente le pidió que lo ayude con los trámites bancarios y otros recados del negocio. Marcelo no lo pensó dos veces y comenzó su raid.

     A Marcelo le encantaba ser cadete, era un trabajo hecho a medida para él, viajaba de acá para allá, en tren y en colectivo  y eso lo hacía muy bien por su condición de callejero que tenía desde muy chiquito y ciertos rasgos obsesivos-compulsivos que venían muy bien a la hora de ordenar los sobres. Fundamentalmente, le gustaba el trabajo porque muchos trámites los podía hacer con su mejor amigo.
     Hace una semana me crucé a Marcelo en la entrada de la AFIP, tenía cara de cansado pero se lo notaba de buen humor, hasta se podría decir satisfecho. Nos saludamos y enseguida me presentó a su perro. Hablamos un rato largo de calles cortadas y alimento balanceado, entre otros temas. Antes de despedirnos, me di cuenta que la vincha roja que llevaba puesta era la venda que tapaba los ojos del antiguo gallito ciego...

                                                                                                                                                       

sábado, 28 de enero de 2017

Memorias del viaje a Perú




 Lord Voldemort

Templo del sol. Machu Picchu.



09/01
Partimos a las 19.00 horas desde el aeropuerto internacional Ministro Pistarini de la ciudad de Ezeiza hacia la ciudad de Lima, Perú.
Viajamos por la línea aérea de bandera: Aerolíneas Argentinas, en un avión Boing 737 que iba hasta las manos. Minutos después de despegar, un pasajero retó a Cielo por golpear la parte trasera de su asiento. La señora que viajaba al lado de Griselda, una fila atrás, la alertó:
-Señora, señora, están llamando la atención a su niña-
Griselda se paró inmediatamente y observó al hombre con su mirada severa. El muchacho bajó su cabeza y regresó a su asiento cual serpiente de Voldemort a la cueva de las tinieblas.


La llama que llama

Llamas y alpacas en el patio de un  mercado de Cusco.


Cusco. La filosofía vitalista del hombre andino considera que lo hombres y las mujeres, los animales, las plantas, incluso las piedras, tienen el mismo nivel de hermandad por ser productos de la madre tierra. Por esta razón, aquí la llama es un miembro más en la familia tradicional cusqueña. La cholita la alimenta con mamadera de leche y alfalfa. Llevan nombres de personas, como Pablo, Pedro y Paco. El día de su cumpleaños lo celebran con mucho ahínco, chicha y cerveza. Llevan a cabo un ritual llamado en lengua quechua “Ch´allakuy y tinkay”; acto en el cual, el hombre de la familia, besa con su lengua a la llama en la boca y las mujeres adornan con cintas multicolores sus orejas. Cielo tiene una fascinación cusqueña con las llamitas de todos los tamaños, las visitamos diariamente en un campito de un monasterio regado de alfalfa. Descubrimos el edén de las llamas.



Llama alimentándose en el edén: Machu Picchu.  




 Mario Vargas Llora

Cielo y Garcilaso. Museo de Historia de Cusco.



Recorriendo el museo de historia de Cusco, me detengo a leer una frase del escritor peruano Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura: “El progreso no significa solo muchos colegios, hospitales y carreteras. También, y acaso, sobre todo esa sabiduría que nos hace capaces de diferenciar lo bello de lo feo, lo inteligente de lo estúpido, lo bueno de lo malo, y lo tolerable de lo intolerable, que llamamos la cultura”
El problema que no tuvo en cuenta Mario Vargas Llosa es que lo que él considera bello, inteligente, bueno y tolerable, para otros resultó ser feo, estúpido, malo e intolerable. La cultura que él considera bella no es inmune en sí al genocidio y a la esclavitud sin nombre de seis millones de aborígenes originarios. El filósofo Walter Benjamín en su tesis VII de su texto “Conceptos de Filosofía de la historia” afirma que no existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie. Mario Vargas Llosa es heredero de todos aquellos que han vencido. Hoy, participa del cortejo triunfal de republicanos peruanos liberales, que pasan sobre los que también yacen en la tierra.

Algunos referentes culturales peruanos dejan mucho que desear, no lo digo sólo por Mario Vargas Llosa, hay otro escritor muy venerado en estos terruños, que ocupa un lugar central en la cultura peruana, que es el Inca Garcilaso de la Vega, un hombre mestizo, hijo de un militar español y una princesa Inca. Yo no sé cuál fue el mérito de este hombre, quizás su obra literaria es muy buena, no sé, desconozco, no la leí. Pero la biografía de este supuesto prócer es humillante, por lo menos, para todos los que han caído bajo la espada española.  La cosa es así, resulta que este buen muchacho, poco después de la muerte de su padre, decide embarcarse y dirigirse al viejo mundo, más precisamente a España, para mendigarle a la Corona algún beneficio, por los servicios prestados de su padre al Rey. La cosa es que la corona no le da ni bola, y además desprecia, no sólo la memoria de su viejo, sino también la suya, por ser un maldito mestizo. Ustedes pensaran, bueno, es aquí donde Garcilaso se revela y reivindica su sangre incaica, pero no, nada de eso. El Inca Garcilaso de la Vega comienza su carrera militar bajo la orden de la Corona española, y como buen soldado, llega alcanzar el grado de Capitán.
Tras la muerte de su mamá y su tío, abandona la carrera militar y se refugia en la religión. Cabe mencionar, que recibe una suma importante de dinero y bienes, que hereda fundamentalmente de su tío difunto. Por lo cual, sus últimos años los vive holgadamente. Así como lo leyeron, esta es la verdadera historia patética de la vida del gran prócer peruano, que se encuentra en plazas, escuelas y museos del Perú. Como ven,  articular la historia oficial del Perú, no significa reproducir el pasado tal y como verdaderamente ha sido, significa que la clase dominante se adueña de un recuerdo,  para evitar cualquier tipo de peligro en el futuro.  Para el filósofo, crítico literario y coleccionista de citas: Walter Benjamín, el objetivo del cualquier historiador materialista, es avivar la llama de ese peligro: “El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradición como aquellos que reciben la tradición” (Tesis VI, Conceptos de Filosofía de la historia).
Digo, para todos aquellos, como Walter Benjamín, que quieren redimir a los oprimidos de la historia, nos queda quizás, un último as bajo la manga: “El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza”


cienpies incaico.


Mate de Coca
Griselda fue al mercado de Waincha, en una búsqueda frenética por recuperar los mates del atardecer. El termo rojo escarlata había quedado olvidado en una Van, y los síntomas de abstinencia estaban comenzando a aparecer. Pidió un termo a un puestero, y el vendedor le ofrecía un montón de termos preciosos, pero todos sin pico matero. -No, no, necesito con pico para cebar mate- le grita Griselda, chupándose el dedo para simbolizar la bombilla.- El vendedor sonrió. - El mate para ustedes es como la coca para nosotros. No podemos vivir sin ella- exclamó el hombre dándole un termo con pico vertedor color acero. Sesenta soles, más barato que en casa resultó. La globalización mal entendida.



Caminata desde la Central Hidroeléctrica hasta Aguas Calientes. 




Datos para el viajero.
Queridos colegas trashumantes, en esta sección del diario, arrojaremos algunos datos valiosos para emprender el viaje al Machu Picchu, que significa en lengua quechua “montaña vieja”. El pasaje ida y vuelta en tren desde la ciudad de Cusco hasta Aguascalientes tiene un valor de aproximadamente, 200 dólares. Hay un convenio para los residentes y algunos países andinos (Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia), en el cual pagan bastante menos, sobre todo los peruanos. Pero para nosotros los argentinos, el valor del pasaje es privativo, por lo cual, señalaré el camino alternativo para llegar a esta maravilla del mundo.
La manera alternativa para llegar desde Cusco hasta Aguas Calientes es la siguiente:
En la intersección de la Avenida Grau y Avenida Kancharina, en las afueras de la ciudad de Cusco, parte un Bus hacia Santa María. El costo del pasaje es de tan sólo quince soles, el tiempo estimado de viaje es de seis horas. Cuando por fin llegás a la ciudad de Santa María, debes tomar un taxi hasta Santa Teresa (pueblito montañoso y selvático, con aguas termales en medio de sus montañas). El costo del pasaje es de diez soles. Por último, desde Santa teresa se debe tomar otro taxi hasta la Central Hidroeléctrica. El costo del pasaje por persona es de 5 soles. (El taxista cobra por persona, porque el auto no sale hasta que no estén todos sus lugares completos). O sea, el costo total del viaje es de treinta soles por persona, como ven queridos colegas viajeros, este camino alternativo es muchísimo más barato y agotador que el viaje en el tren de Harry Potter. Perdón, si ustedes creían que la travesía terminaba aquí, no es así. Todavía falta el trayecto a pie, once kilómetros desde la Central Hidroeléctrica hasta Aguas Calientes. Mientras bordeas las vías del tren, el paisaje te recuerda a la película “Cuenta conmigo”, ¿Recuerdan? donde unos chicos emprenden una caminata para encontrar el cadáver de un chico desaparecido y en el trayecto sortean un montón de peripecias. Bueno, la vista del Machu Picchu de espaldas es preciosa y el río marrón y caudaloso baja de la montaña con un sonido furioso.


puente de Santa Teresa




Zaratustra andino
Ukuku es el nombre en lengua quechua del superhombre andino, cual Zaratustra para Friedrich Nietzche. Ukuku simboliza al hombre cuya fortaleza espiritual y emocional le permite superarse día a día y estar en armonía con la naturaleza.


El maíz es de América.
Para todos aquellos eruditos que aseguran que el maíz es un producto agrícola que introdujo el viejo mundo europeo en nuestro continente, les aseguro que no es cierto lo que dicen. Según el cuadro cronológico de la evolución cultural del museo de Coricancha, en la ciudad de Cusco. El maíz apareció en México 5000 años antes de Cristo. Ni el maíz es propio de ustedes. ¡Malditos colonizadores! 

Aguas termales de Santa Teresa



Ughu Pacha         
Según la cosmovisión Inca, el universo se divide en tres espacios infinitos. El hanan-pacha que significa el mundo de arriba, donde habitan los dioses. El kay-pacha que es el mundo terrenal, de aquí (espacio) y ahora (tiempo presente), donde vivimos los seres humanos. Y, por último, el ughu-pacha, que significa en lengua quechua: mundo subterráneo, que es el lugar donde habitan nuestros muertos, las raíces de nuestra fertilidad e identidad. Tiene también un sentido espiritual este concepto, que vendría a ser nuestro mundo de adentro.
Hay un temita que todavía no saldé con mi vieja, que fue la cremación de mi difunto padre. Si hay algo en que no estuve de acuerdo, aunque no lo manifesté, fue con la decisión de mi madre de hacer cenizas a mi viejo. Creo, como los incas, que los muertos habitan el mundo subterráneo, y que además fertilizan las raíces de nuestra identidad en el mundo del aquí y ahora (kay.pacha).
No digo que seamos tan fanáticos de momificar a nuestros ancestros, como hacían los incas con sus reyes o princesas. Y en los períodos de siembra trasladarlos hasta la tierra para pedirles una buena cosecha. No, tampoco me veo en el final de la materia de Sociología de la educación con un saco de huesos de mi viejo. Pero si creo en el ritual judeo cristiano de enterrar a nuestros muertos en un cementerio. No me gusta las formas mortuorias posmodernas, donde todo es desechable, desde los restos de un Bic Mac, hasta los restos cadavéricos de tu viejo.


Atardecer en el sur de  Lima: Playa Punta Hermosa.





jueves, 5 de enero de 2017

Skeletor

"Dedicado a Germán" 

Primero

Germán caminaba por el barrio céntrico de Morón Oeste, por una calle asfaltada, de cordones altos y veredas de baldosas azules y blancas. Llevaba la camisa abierta en su pecho y en su mano izquierda sostenía una botella de vino tinto a “media asta”
Su destino era un boliche, ubicado en el centro de la ciudad de Castelar. Su objetivo era reunirse con sus amigos y celebrar con cerveza fría el año de mierda que se estaba yendo. Corría el mes de Diciembre del año 2001, y en esos tiempos, era un trabajo homérico conseguir monedas para poder viajar en bondi. Había querido comprar puchos, pero ningún kiosquero aceptaba como valor de cambio un billete Patacones de veinte.
Resignado, se sentó en una esquina a tomar el vino. El calor húmedo y pegajoso de una noche de verano le molestaba cual mosca que da vueltas y vueltas sobre la oreja. No quería por nada del mundo sudar su camisa de mangas cortas a cuadrillé, que había planchado pacientemente su abuela. Ay su abuela… ¿qué haría en este mundo sin su abuela Helda que lo había cuidado durante toda su infancia y adolescencia? Si no hubiese estado su abuela en los tiempos difíciles, ¿qué sería de él? Seguramente sería hoy un ladronzuelo de poca monta, o lo que es peor aún, un vigilante que detiene a los pibes que toman cerveza. Pero no, él se había convertido en otro tipo de sujeto: alguien que había aprendido un oficio; alguien que era capaz de rectificar un motor o cambiar las correas de distribución y del alternador de un camión; alguien que podía sobrevivir gracias a su profesión. Aunque ya hacía tres meses que no le caía un puto laburo. Las cosas andaban tan pero tan mal, que daban ganas de prender fuego el congreso con todos los políticos adentro.
Mientras el vino ascendía a su paladar, un hombre de estómago prominente y barba tupida se le acercó a pedirle un trago. Germán compartió la botella como si fuera un reflejo natural, como un paciente que levanta el pie ante el golpe en la rótula del médico.
“Estaba más sediento que piojo en la cabeza de De la Rúa” exclamó el hombre al terminar el trago y después fue hasta un canasto de basura y sacó dos botellas vacías de Terma y las arrojó a su carro.
Germán miró el caballo que sostenía el carro: tenía anteojeras y resoplaba un aire caliente mostrando unos enormes dientes amarillentos. Luego de pensar unos segundos, a German se le ocurrió una idea:
-         -¿Vas para Castelar? - Le preguntó.
-         -Si, si, voy para ese lado- contestó el botellero
-         -¿Me llevás? -
-         -Si, dale, subite- dijo el hombre de barba tupida y golpeó las riendas sobre el lomo del caballo
-         -¡Arre!¡Arre! -
Fueron a trote ligero por avenida Rivadavia, el caballo daba pequeños saltitos, como si la brea del asfalto le estuviera quemando las espuelas. No pararon en ningún semáforo. Las calles del Oeste a esa altura de la noche estaban vacías. Cuando llegaron al centro de Castelar, Germán bajó de un salto a la calle, dejándole el vino al laburante.
-         -Gracias por el aventón-  dijo Germán y marchó en dirección hacia el boliche donde esperaban sus amigos.

Segundo

Cuando llegó al boliche “Skeletor” había una fila de sólo diez personas en la puerta. Sin embargo, Germán tuvo que esperar casi una hora para que un patovica soberbio le permita el ingreso. “El viejo truco de mostrar gente en la puerta para aparentar que adentro está lleno.” “Nada más despreciable que un patovica” pensaba Germán mientras aguardaba en la fila. Cuando le tocó pasar, escupió un garzo amarillento en un piso de piedritas color gris perla.
-         -Evidentemente lo único bueno que tiene este boliche es el nombre –fue lo que atinó a decir a su mejor amigo al verlo. Darío lo abrazó muy fuerte y después quiso comentarle algo, pero la música estaba tan alta que Germán no escuchaba nada de lo que decía su amigo.
Darío le señaló la barra de “canilla libre”, la cual estaba atestada de gente. Allí pudo divisar a su otro amigo Momia, estirando el brazo a una morocha de pechos voluptuosos y gafas espejadas, que conversaba animadamente con el cajero de la barra, probablemente el dueño del boliche.
Germán saludó efusivamente a Momia, pero su amigo estaba tan pendiente que lo atendiera la bartender, que apenas lo registró.
Después de aguardar media hora en la barra, la morocha le sirvió un fernet aguado que Germán tomó de un solo trago tipo “fondo blanco”. Antes de que la bartender continuara con el siguiente de la fila, Germán le gritó con los ojos brillosos:
 -Ah, me olvidaba, y un destornillador, por favor…- dijo achinando su mirada castaña.
La morocha lo miró seria y luego le sirvió tres cuartos de vodka y un chorrito de naranja en el mismo vaso, sin ponerle un solo hielo. Germán le guiñó el ojo y se marchó.
Todo lo que pasaba en ese boliche era una gran mentira: la música, las risas, los gestos. Germán comenzó a deambular borracho con el trago en la mano por la pista semioscura, iluminada por un juego de luces color verde, rojo, amarillo, fucsia y plateado. Lo único que se veía claramente era la ropa clara y las pipetas de las zapatillas Nike.
Buscó a sus amigos en los pufs del Chillout, en el baño y en un patio que había una enorme palmera, pero no los encontró, fue entonces que vio a Momia y a Darío en el sector VIP moviendo los hombros al ritmo uniforme de la música electrónica. No se aguantó más en ese maldito lugar y se marchó sin saludar.

Tercero

La luz tenue de la calle le alivianó la vista y los ruidos apagados de la madrugada los oídos.Eran las cuatro y cuarenta de la madrugada, pensó ir a tomar una cerveza, pero prefirió directamente ir a dormir. El primer tren pasaba a las cinco por la estación de trenes de Castelar.
“… ajeno al tiempo, sé que quisieras seguir, pero mil voces te ahogan para que formes la cola del seguro porvenir, por eso te vi escapando, en las horas sin sol, de las miradas oscuras que aprobaron la torturas del fugado represor…”
Germán canturreaba “Tu eres su seguridad” mientras avanzaba a ritmo firme hacia la estación de trenes. Recordó con emoción, cuando en su cumpleaños de trece, su tío Raul, lo llevó a ver Hermética al estadio Obras. El tío trabajaba como boletero en la puerta, por lo cual, tuvo que ver el recital solo, aunque se sintió acompañado y en comunión con todos esos hombres y mujeres de cabellos largos, remeras negras y camperas de jeans.
Cuando llegó a la estación, subió una pequeña rampa de cemento que lo dejó en el andén del tren que viene de Moreno con destino a Plaza Miserere. Germán encendió un pucho y la lumbre del encendedor descubrió un hombre, de alrededor unos cuarenta años de edad, dormido sobre las vías del tren. En un santiamén, Germán saltó a las vías y sacudiéndole el hombro lo despertó. El hombre recostado sobre el riel lo miró absorto.
-         -¿Qué estás haciendo acá? - le gritó Germán. -¡Te va a pisar el tren, loco!-
El pelucón estiro el brazo y Germán lo ayudó a levantarse y a trepar el andén. Una vez sentados en el banquito, el tren como una Parca maquínica arribó a la estación, el hombre empezó a gritar:
-¡Me salvaste la vida! –
-¡Me salvaste la vida hermano! – gritaba como si hubiese vuelto de la muerte, y abrazaba a Germán.
-Bueno, bueno, lo que importa es que estás vivo- dijo Germán con una gran sonrisa.
-¿Cómo te llamas? - le preguntó el pelucón
-Germán, pero mis amigos me dicen el Ruso-
-Vamos que te invito una cerveza-  dijo el hombre.
Fueron a un piringundín pegado a la estación y tomaron una, dos, tres, cuatro cervezas. Pero de  un momento a otro los parpados de Germán se volvieron de plomo, tenía un loop en su cabeza, la frase: “Me salvaste la vida”, la imagen de un vaso de cerveza estallando en el piso y el sonido de un motor, giraban y giraban a su alrededor. Ahí no más, en un segundo, se le apagó la tele.

Cuatro:

Cuando Germán se despertó de un sueño intranquilo, se encontró sobre una cama matrimonial. Estaba acostado boca arriba y al levantar un poco la cabeza, veía hacia su costado izquierdo un hombro femenino, blancuzco y pecoso, surcado por el bretel desobediente de una mujer de cabello rojizo, que yacía de espaldas. Hacia el otro costado, dormía el hombre pelucón al cual le había salvado la vida en la estación.
“¿Qué me pasó?” pensó. No era un sueño. Despertó en una pequeña habitación, tranquila y callada, atravesada tan sólo por la brisa caliente de un viejo ventilador.
La mirada de Germán se dirigió hacia la ventana. El tiempo estaba lluvioso. Se oían caer las gotas de lluvias sobre el techo de chapa. Estaba sumamente asustado. Se levantó sin hacer ruido y salió sigilosamente por la puerta entreabierta de la habitación. Se encontró con el comedor de la casa y al costado de un sillón, vio la puerta de salida. Abrió la puerta y gritó por lo bajo: - ¡Maldita sea! – Estaba en el medio de un pasillo de la villa, los ladrillos rojos, las paredes escritas con aerosol y los pibes sentados en el entrepiso de cemento lo impulsaron a entrar de vuelta.
Regresó a la habitación en la cual había dormido y sacudiéndole el hombro, despertó al hombre que había salvado la vida en la estación la noche anterior.
-Necesito que ahora me salves vos- le dijo
-Buen día- dijo el pelucón y lo abrazó.
Germán regresó unos pasos hacia atrás e invitó al hombre con el dedo a hablar fuera de la habitación.
-Vos me salvaste la vida hermano- dijo el hombre y continuó: -Quedate a almorzar con nosotros, ahora despierto a mi esposa y amasamos unas pizzas…- 
-No, me quiero ir, - lo interrumpió Germán con tono tétrico.
-Necesito que me acompañes a la salida de la villa, nada más- dijo con los ojos abiertos.
El hombre sacó una botella de agua fría de la heladera y luego abrió la puerta. Caminaron por el barrio en silencio hasta la avenida Don Bosco. Enfrente de ellos había una parada de colectivos. Cuando Germán se acercó a saludarlo con un beso, el hombre lo tomó en sus brazos y lo apretó contra su pecho. Luego extendió los brazos y preguntó:
-¿Tenés monedas? –
Germán chequeó sus bolsillos y le contestó que no, girando la cabeza.
-Toma tres pesos, el 242 te deja en la estación de Morón- dijo el hombre mientras una gota de lluvia o de llanto recorría su mejilla.