Literatura barrial.

martes, 22 de agosto de 2017

Subiendo



     Llegó asustado, pensó que lo seguían y desde que pensó eso ya no pudo pensar en otra cosa. Cada vez que la veía tenía que estirarse la lengua con la mano para poder decirle algo. Ese día para colmo creyó oírla, fue por un segundo nomás.
     Ella miraba fijamente la computadora, tenía un rictus de fastidio y hablaba con la voz más nasal del mundo. Le explicaba algo a una vieja que no entendía, -4,66 por todo cargo fijo, señora-, leyendo sin leer, repitiendo de nuevo cada frase, como si machacar sobre esa cabecita sirviera de algo. Buscó con la vista un rasgo de solidaridad anónimo, cruzó su mirada con él y movió los labios.
     Se puso tan nervioso que cerró los ojos como si se estuvieran quemando, los sacó de ahí con un apuro desubicado, y esa desaparición la sorprendió como si la hubieran descubierto robándose un chocolate.
     Lo tenía visto y le parecía muy chico. Era un cadete, podía ver la sombra del casco en el codo, la campera para la lluvia, la punta de las zapatillas. Y una miradita de soslayo que jugaba a las escondidas.
     No, no era muy chico, era ella que creía tener mil años. Después de todo, que bueno estaría tener una moto y andar en zapatillas todo el día… Podía verlo aunque él cerrara los ojos y se escondiera como una criatura. Se sabía linda para mirar lo que quisiera, pensó, y aunque costara un esfuerzo mayor, mostrar un poquito más.
     Ahora estaba perdido entre una multitud de jubilados que entraban y salían por la puerta del banco. ¿No estaba siendo la empleada del Banco más cortés que de costumbre? ¿Desde cuándo sonreía de esa manera? Pablo bajaba la cabeza acomodando un rulo castaño sobre la oreja, agarrándose los puños de la campera que chorreaban sobre la alfombra.
Ella se imaginó la cara contra el viento, agarrada a su cintura, paseando en moto y ligero. Entonces se rió con ganas.
     El que solo se ríe… Tenía un viejo adelante y no se había dado cuenta. Era un hombre parecido a su papá, hasta hacía los mismos gestos entre ampulosos y ridículos de caballero andante. A ella, que a esta altura no le quedaba una pizca de edipo, los señores galanes la malhumoraban sobremanera. Para colmo de males el señor tenía terribles problemas financieros, complejos reclamos que había que enviar, hablar con sectores, confirmar recibos. Una pesadilla dantesca que significaba lisa y llanamente su trabajo. Era buena acordándose cosas y hasta allí llegaba su talento. Le gustaba pensar que sólo estaba ahí por llegar siempre temprano.
     El tipo se fue rápido, no había nada que hacer, ese hombre era una bomba de tiempo y no iba a cambiar demasiado, jamás iba a tener crédito en ese banco y creía íntimamente que en ningún otro. Volvió a levantar la vista, y esta vez con cansancio. ¿Cuánto faltaba para comer, para ir al baño? ¿Dos horas? Para irse, para que llegue el fin de semana, para que lleguen las vacaciones, para que llegue algo.
     Volvió a mirarlo de frente, Pablo se estaba secando la cara con un pañuelo. Los dos se encontraron con los ojos. Entonces las agujas de los relojes se detuvieron. -No hay sistema. Lamentablemente no los podemos seguir atendiendo-. Gritó el cajero. Los jubilados y los clientes se enardecieron y se amontonaron detrás de las ventanillas de cobro.
     Pablo salió a la calle confundido, caminó rápido para irse de la situación, le había dado mucha vergüenza y encima sintió un calor que le subió al cuello. Si hasta se había puesto colorado, que idiota que soy, que imbécil, esto no sucedió, no sucedió... Prendió un cigarrillo para hacer algo, se pegó el humo mojado a la garganta.
     Creyó que fue entonces que sintió la mirada en la espalda, como si ella hubiera salido tras él. Una idea tan ridícula que le causó gracia. La chica lo miraba, le hablaba (porque de eso no cabía duda, le había hablado), él salía corriendo muerto de vergüenza, y a pesar de eso ella lo seguía para besarlo… Estaba buenísima la idea, tan buena como imposible. Y obvio, no era ella.
     Siguió caminando tapando el cigarrillo con el puño de la campera para que no se mojara. Paró en una esquina y esperó que el semáforo cambiara. Un viejito con cara de perdido y una bolsa de pan en la mano lo saludó como si lo conociera, se reía y tapaba una dentadura amarilla y extraña. En ese momento se sintió observado y se dio vuelta rápido, tuvo la certeza que alguien estaba detrás de él, sintió un roce en el hombro, el calor de la mano que se acercaba, pero no lo tocaba.
     Un chubasco sorpresivo se largó y terminó por llenar todos los charcos que quedaban, miró para el lado donde estaba el viejo, quería hacer un comentario estúpido. El viejo había desaparecido, miró para todos lados. ¿Dónde se había metido?, si hubiera cruzado el semáforo estaría delante de él. ¿A qué velocidad tendría que haber pasado para irse tan rápido?
     La lluvia paró y empezó a hacer frío, era increíble en enero. Apagó el cigarrillo y empezó a caminar, metió las manos húmedas en los bolsillos de la campera, no sirvió de mucho, los bolsillos eran más húmedos que el agua misma. La calle se había vuelto invernal y vacía de un momento a otro. Sintió de vuelta que lo seguían, qué mal momento para volverse un cobarde.
     Era tonto hacerlo pero en cuanto vio el edificio sabía que iba a terminar por entrar, una jugada infantil no vendría nada mal después de tanta paranoia urbana. Entrar y subir hasta el último piso, ver la terraza y después bajar como cualquier hijo de vecino.
Le sostuvo la puerta a la chica que llevaba un perro, sonrió confiado, la chica lo miró intentando descifrar de donde lo conocía. Subieron al ascensor, segundo piso para ella, el apretó el último, el doce. Cuando la chica bajó en el segundo lo miró adivinando algo, él bajó la vista. Siguió hasta el doce, pero en el doce la puerta no se abrió.
     Paró el ascensor de repente tocando apenas el techo (eso era imposible, los ascensores no hacen eso) y se detuvo. El trató de apretar botones, no era claustrofóbico pero la idea de estar atrapado en un ascensor totalmente ajeno le dio miedo. Pasó un ratito, le daba vergüenza tocar la alarma, cuando le preguntaran quien era, ¿qué iba a decir? Pasaría como un loco, ó como un ladrón.
     Sintió cómo se movía el piso, se movía en serio. Apoyó los pies más fuertes. Tuvo miedo de caerse, de morirse. Pero lo que sucedió fue que perdió el equilibrio, el ascensor comenzó a moverse y se deslizó hacia el costado. En un segundo la puerta se abrió sin hacer ruido, él no atinó a moverse. Flotando el aparato recorría el piso doce, no por el pasillo sino atravesando cada una de las paredes, asomándose impúdicamente.
En el doce B había una señora dormida con la tele encendida, un adolescente en la cocina comía directamente de la heladera y si no quería más, se lo daba a un gato que se acariciaba entre sus piernas.
     El doce A era un departamento más grande, limpio e iluminado en el que no parecía haber nadie. Hasta que vio a un señor de traje, acostado en la cama, durmiendo. Se acercó un poco más el ascensor. ¿Esto lo hacía espontáneamente el aparato, ó era él quien lo manejaba?, se preguntó. El hombre soñaba algo lindo, porque sonreía y murmuraba, daba ganas de acostarse al lado para que contagie esos sueños. Había una ventana cerca y vio que desde ahí, la lluvia parecía aún más hermosa.
     En el doce D no había nadie y era una casa tan despojada que Pablo dudó que alguien hubiera estado alguna vez ahí. Oyó la canilla del baño abierta y vio una taza de té en la mesa. En ese lugar hacía frío.
     Pablo pensó en el doce C, había que ir ahí. Por primera vez tuvo que abrir la puerta y ahí estaba la chica. Sentada en el piso, en el medio del living, pintándose las uñas de los pies de un color coral fluorescente. Era diferente sin uniforme y despeinada. La casa resultó demasiado femenina y con olor a chicle. La chica estiró las piernas y él vio las uñas coloradas y el algodón entre los dedos. Ella terminó su trabajo y apoyó el pincelito en el frasco. Sonrió satisfecha.
     Ahí estaba Pablo mirándola absorto. La chica levantó la vista de nuevo y lo escrutó de lleno, como un lector de código de barras. Pablo no desvió la mirada. El ascensor dudó un instante, se bajó antes de que reaccionara y ya no le importó por dónde salir.

jueves, 27 de julio de 2017

Literatura bajo la ducha.

     Una persona, la cual desconozco su paradero e identidad, me recomendó telepáticamente el libro de María Moreno: Black Out. Quiero decir a esta persona desconocida que todavía no lo leí, pero que muy pocas veces me equivoco con los libros. Esto se debe a mi experiencia como lector avezado, supongo. O quizás, porque antes de comprar un libro, leo la primera oración del mismo cual si ésta tuviera la misión de revelarme un secreto. Lo cierto es que Black Out me cautivó desde el principio,  “El hombre subió al ómnibus. Llevaba una enorme jaula cubierta por un trapo negro.” El comienzo es tan bueno como el principio de La metamorfosis de Franz Kafka, "Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.” Tranquilamente el comienzo de la novela de Kafka, como el libro de relatos, micro ensayos y crónicas de María Moreno, podrían presentarse como microrrelatos. Esas pocas líneas valen por si mismas, no necesitan otras oraciones que la complementen. Como el microrrelato del escritor guatemalteco, Augusto Monterroso, “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Paul Auster dijo alguna vez, que intenta dejar espacio en su prosa para que el lector la habite, que el lector se apropie de las escenas y situaciones de un libro y las aplique a sus propias experiencias.
¡Me encanta la microficción!
     Junto a mi coequiper Griselda, ideamos un montón de stickers, que contenían distintos microrrelatos en forma de viñeta. Recuerdo que pegábamos estos stickers en las publicidades del subte y las paradas del colectivo. Era muy divertido para nosotros subvertir una publicidad donde, por ejemplo, Iván de Pineda aparecía en calzoncillos diciendo “El cura de mi parroquia conquistó a mi papá”, ó una Mirtha Legrand promocionando su programa de almuerzos, exclamando: “¡Ey Gillipollas!¡Cógeme, cógeme!”, sublime… Espero que algún curioso/a lo haya advertido.


     Mientras escribo, escucho el programa de radio del periodista Reynaldo Sietecase, me llama poderosamente la atención la distancia entre los conductores radiales con la realidad de sus oyentes. No sólo Reynaldo Sietecase, también María O Donell, Matías Martin, etc, etc. Pareciera que en sus comentarios, anécdotas, enunciados, se dirigen a un oyente que no vive en el conurbano ó la ciudad de Buenos Aires, sino en la ciudad de Estocolmo, Suecia o algún terruño con un Estado robusto. Perdonen la digresión, es que me indigno con los medios masivos de comunicación, no lo puedo evitar. Griselda bromea a menudo conmigo, diciendo que el día que hagamos la revolución, antes de tomar la casa de gobierno, vamos a ser una parada técnica en las radios y canales de televisión para prenderlos fuego.
     En los últimos años, descubrí un escritor que me iluminó como pocos lo hicieron. Roberto Bolaño es el nombre del autor de la novela Los detectives salvajes. Si hay un lector desprevenido que no lo haya leído todavía, que deje todo como está y vaya corriendo a la librería más cercana a comprar o robar esta novela. Roberto Bolaño no proviene de ninguna dinastía literaria o académica, es un escritor que se hizo sólo, que lo único que heredó de su patria fue el exilio. Desde ese “no lugar” fue construyendo su prolífica literatura.
     Hace poco encontré en el canal Youtube, una entrevista a Roberto Bolaño que la recomiendo fervientemente. En la misma el escritor chileno se muestra muy suelto con sus palabras, sus gestos, hablando de literatura con un colega chileno. En el comienzo de la entrevista, el entrevistador le pregunta por los personajes principales de la novela Los Detectives Salvajes: Arturo Belano y Ulises Lima; poetas visceralistas, criminales, son algunos de los atributos de estos personajes. Lo interesante es que Roberto Bolaño cuenta que el personaje de Ulises Lima está basado, o sea, es el fiel reflejo de su mejor amigo de toda la vida: Mario Santiago, que además de considerarlo un verdadero poeta, lo define como un lector empedernido.  Lo gracioso de la anécdota es que Bolaño, en un momento, comienza a darse cuenta que sus libros estaban en su mayoría mojados. Y se empieza a preguntar ¿Es que acaso ha llovido en México? Bolaño intenta encontrar una explicación del porqué las páginas de sus libros estaban húmedas, pero no la encuentra, hasta que en una ocasión, al regresar a su pequeño departamento del DF, sorprende a su amigo leyendo debajo de la ducha con el brazo extendido. Lo que más me gustó de la anécdota es que después de escucharla, inmediatamente recordé a Ezequiel Manganelli, un ex compañero de trabajo, un lector voraz, siempre que lo encontraba, me mostraba un libro distinto. Fue instantáneo, escuché la anécdota de Bolaño y en un flashback, vi desde la ventana de un colectivo de la línea 501,  a Ezequiel Manganelli, caminando por una vereda de la ciudad de Monte Grande, con el brazo extendido, leyendo un libro.

jueves, 20 de julio de 2017

Miyagi


     Quique caminaba por el hall del aeropuerto como un gallo en un gallinero, los ojos bien despiertos y el cogote recto. Con pasos firmes realizaba recorridos pequeños, midiendo distancias que se repetían durante todo el día.
     Tenía un Volskwagen 1500, en esa época los taxis del aeropuerto eran rojos y negros y no azules y blancos como ahora. Los choferes pirucheaban los viajes:
-¿Taxi Sir.? Taxi, very cheap...- Ametrallaban a los desorientados pasajeros.
     Quique se paseaba con las manos en la espalda, mirando de soslayo a las vendedoras del Free Shop que desfilaban en grupo por el espigón internacional. Un señor que cargaba una valija inmensa le detuvo el paso y pronunció en un difícil castellano:
-A la ciudad, Sheraton hotel-
     El taxista lo observó detenidamente, era un hombre de baja estatura, de proporciones pequeñas, era chino o taiwanés, de algún país de Oriente. Vestía un traje color crema que le quedaba holgado y le daba apariencia de dandy venido a menos.
-Muy bien, acompáñeme por favor-, contestó solícito. Cargó el equipaje y caminaron hasta el playón del estacionamiento. Mientras alzaba los bultos hasta el baúl. Manoteó lo que pudo y lo escondió detrás de la rueda de auxilio.
     Una brumosa e iluminada autopista los llevó ligeros hasta la avenida Paseo Colón. El pasajero no pronunció palabra en todo el trayecto, pero puso esa cara que ponen algunos cuando ven la ciudad por primera vez. Murmuraba una emoción solitaria, mientras apoyaba la frente en el vidrio.
"Que me corte el crédito vaya y pase, es su negocio. Ahora no voy a permitir que me trate como a un enfermo. Yo no tengo problemas..." Reflexionó Quique con los ojos fijos en el reloj, era recién la primera vuelta que daba. Abrió la ventanilla y el aire se refrescó de pronto.
     Estacionaron en la entrada del hotel. Después de guardar los dólares en la guantera, ayudó a bajar las valijas, aunque no era necesario.
     Contabilizó mentalmente el botín, "eran dos corbatas, un perfume y un cofrecito que parecía de joyas". La curiosidad pudo más y en la esquina frenó en la YPF, abrió el baúl. Las corbatas eran horribles, pero parecían de calidad y el cofrecito estaba lleno de droga.
-¡Qué viejo pillo este! Y yo que pensé que estaba emocionado, duro estaba ja, ja- Tuvo ganas de festejar, se puso un poco de perfume y encaró para el Oeste.
     Terminó en lo de la peruana, era jueves y los días de semana se ponía bueno, los sábados y los domingos se llenaba de pendejos y no había ni donde sentarse... Desde la barra divisó al “Pekinés” que estaba empalagado con una pelirroja de ojos marrones, le hacía señas para que se acercase. Compró una cerveza y la llevó a la mesa, las chicas pasaban y lo saludaban con un beso, a la mayoría las conocía de vista, a veces iba sólo a tomar algo.
     Cuando contó la historia, el Pekinés se cagó de risa y brindó por detrás del vaso. Fueron juntos al baño y cuando volvieron frotándose los dientes, la mesa tenía una cerveza helada y a la chica de rulitos sentada fumándose un Marlboro.
-¡Mamita, qué rica!-, le susurró el Pekinés al oído mientras agarraba a la amiga de la mano y se perdía hacía el pasillo del fondo.
     Sonó el reloj. El señor Sang estaba despierto hacía rato. Los ojos abiertos en la oscuridad, vigilando la nada. La habitación era espaciosa y con un gran ventanal que daba sobre el río. Ya Amanecía. Las valijas estaban sobre los sillones. Había llegado destruido. Era la primera vez en tres días que podía dormir, al menos un par de horas, desde que su mujer había muerto. Y esa sensación nueva de abrir los ojos sin ella al lado, lo inmovilizaba. Finalmente pudo levantarse.
     De a poco fue armando el altar. Con sus cosas favoritas: las velas, las cremas, los pocillos de comida, la ropa interior perfumada, los dragones de plástico, los adornos de navidad; las fotos de los casamientos, las vacaciones, los nietos. Una despedida íntima de todos sus placeres. En la ciudad a la que siempre había querido volver desde niña. Cumplirle ese deseo póstumo era lo mínimo que podía hacer el señor Sang por la compañera de toda su vida.
     Emocionado fue hasta la valija y se asombró al darse cuenta que estaba todo preparado, menos ella. Alguien había robado los restos, en polvo, de su mujer.

     Quique se desplomó en la cama y alargó el brazo para apagar la radio que estaba en la mesita de luz, le zumbaban los oídos. Se tocaba la hebilla del cinturón y miraba el techo mientras se dejaba hacer, con los ojos fijos en la telaraña. "Que oscura y finita era ese veneno que tomé, era como ceniza volcánica". Una sensación acalambrada subió desde su cadera. Era un volcán en erupción, como en las películas, un alud de piedras rojizas incandescentes y una lava fluorescente que se desbordaba sin control. Relajó las piernas y se tapó con la sábana. La chica se levantó y se metió en el baño dejando la puerta abierta, podía ver el humo del cigarrillo apoyado en la pileta y empezó a marearse.
-Creo que me siento mal-, alcanzó a decir antes que una venda le tapara los ojos.
Cuando los abrió sintió frío, la chica le pasaba una remera mojada por la cara, el Pekinés, del otro lado de la cama, lo miraba preocupado.
-Mirá que flojito resultaste ser...-, dijo la piba en tono de reproche.
-¡Me vomitaste toda la cama! Lo más raro es el color... nunca vi vomitar amarillo, ¿Qué comieron ustedes dos?-
Quique trató de incorporarse y alcanzó a decirle a su amigo:
-Este Miyagi está loco, será muy buena, pero con el estómago vacío te pega para el orto.



sábado, 15 de julio de 2017

Maxi


     
     El domingo había amanecido espléndido. Aunque era otoño y la temperatura no era alta, el sol abrigaba con sus rayos tibios como bufandas de lana.
Cerca del mediodía, Guille había comprado sorrentinos en la fábrica de pastas y regresaba a casa a pie, con su perro. En el puesto de diarios de la avenida se distrajo mirando las tapas de algunas revistas.
-¡La puta que te parió, perro de mierda!- Guille escuchó un grito desaforado y al darse la vuelta pudo ver a un parrillero que blandía una cuchilla al cielo. Maxi huía, como buen perro ladino, con un pedazo de vacío en la boca de casi dos kilos. Atrás quedaba una nube de humo. -Maxi, tómatelas de acá, no te conozco.- Guille lo retó por lo bajo y comenzó a caminar apurado, con las manos en los bolsillos. Con el rabillo del ojo vio al parrillero que se le acercaba.
-¡Muchacho, muchacho!-
-¡Rajemos boludo!- le gritó a Maxi y se fueron corriendo a toda velocidad hasta la casa.
     Maxi es un perro mediano, de color negro casi en su totalidad, excepto por unos reflejos color caramelo que tiene alrededor de los ojos, con forma de antifaz. Tiene el pelo corto y las patas fibrosas, que apenas tocan el suelo cuando se larga a correr. Casi siempre está de buen ánimo. Se puede decir que es medio atolondrado con las personas y muy desafiante con los perros. No le gusta el alimento balanceado y tiene la costumbre, como la de cualquier perro callejero, de hurgar en la basura y en la comida ajena.
     Fue a fines de marzo cuando Guille se tuvo que mudar de la casita de Monte Grande porque la dueña no le renovó el contrato de alquiler. La propietaria nunca había visto a Guille con buenos ojos... Era una mujer a la que no le gustaban los animales en general, menos los perros callejeros.
     La casita donde vivía Guille era la última medianamente sencilla que quedaba en ese barrio, que había cambiado mucho los últimos años. La zona había cambiado arquitectónicamente, la mayoría de los hogares se habían convertido en dúplex idénticos. Pero aunque quedara poco del pueblito de terrenos espaciosos y piletas al fondo, a Guille todavía le gustaba dormirse en esas nochecitas calladas cruzadas por el rugir de los aviones de Ezeiza. Se había criado en esas largas cuadras arboladas, por esas esquinas había aprendido a andar en bicicleta sin manos y  había besado por primera vez a una chica, aunque no recordara su nombre, podía evocar esa sensación tibia recorriéndole el cuerpo. Le costó despegar, pero ya era tiempo de conocer otros barrios. Decidió que si se iba a mudar, tenía que ser a un barrio tan lindo como ese y en el que por supuesto hubiera lugar para Maxi, su compañero de ruta.
     Por suerte, consiguió enseguida un departamento, en el sur de la capital, por intermedio de un compañero del trabajo. Una inmejorable oportunidad que Guille no desaprovechó.
Tanto a Maxi como a Guille no les costó mucho acostumbrarse al cambio. Las calles tranquilas, el viejo puente y las vías del tren de la parte vieja de Barracas se transformaron en el paisaje cotidiano de los paseos de ambos. Maxi se acostumbró a andar sin correa y Guille a saludar a los vecinos por su nombre.
     Pero la armonía duró poco. Un lunes a la tarde, ya bien entrado el invierno, mientras perro y dueño merendaban pan con manteca mirando un partido de fútbol, los interrumpieron abruptamente.
-Ring... ring...- sonó el timbre del PH.
-Riiiing...riiiing...- volvió a sonar, pero esta vez, las timbradas eran más largas.
Guille se levantó despacio y caminó con paso cansino por el pasillo oscuro que daba al patio. Maxi lo miraba al pie de la escalera. Vio por la mirilla de la puerta a un señor de cara angulosa y cabello entrecano.
-¿Vos sos el dueño del perro?- le preguntó el señor de modo inquisitorio.
-Buenas noches- lo saludó Guille incómodo.
-Si, buenas noches- le respondió el señor de manera escueta y un breve silencio se interpuso entre los dos.
-Se puede decir que tengo un perro...-
-Voy a ser bien clarito, el perro que vos tenés me mordió- lo interrumpió levantando el tono de voz y continuó:
-Yo no le hice nada. Se me vino encima y mirá como me dejó la pierna- dijo, y subiéndose la botamanga del jean, le mostró la prueba del delito: un pequeño hematoma con dos puntitos color bordó, en la zona de la pantorrilla.
Guille trató de resolver el problema pacientemente.
-No entiendo cómo pudo haber pasado- dijo sincero- Es la primera vez que muerde a una persona-
-Yo te digo una cosa: un perro con ese carácter no puede andar suelto-, lo alertó el viejo con expresión grave.
"Hay que tranquilizar a este tipo, parece muy nervioso, a ver si le sube la presión o le agarra un bobazo", pensó Guille para sus adentros y le dio un poco de gracia la idea.
-Quédese tranquilo señor. El perro está vacunado- dijo en tono conciliador. Ahora mismo le traigo el certificado de la antirrábica y un vaso...- Mientras Guille hablaba, Maxi se acercó sigiloso y se pusó a gruñirle de manera desafiante al viejo:
-Grrr...grrr...grrr...-
-¡Callate la boca!- le gritó Guille y le pegó una patada. Agarró al perro del pescuezo y lo arrastró hasta encerrarlo en el fondo.
     Entró agitado a su casa. Tomó un vaso de agua de la canilla y luego revolvió los papeles del cajón de la mesita del comedor, hasta que dio con el certificado. Regresó con el papelucho en la mano. Maxi estaba agazapado y tenía el hocico entre las patas...
-Mire señor, acá esta el certificado de la vacuna antirrábica- dijo Guille y se lo leyó:
-Este es el nombre del perro: Maximiliano Kosteki, estatura mediana, pelo negro...- El viejo escrutaba el certificado como si fuera un escribano público.
-Mirá pibe, que yo no quiero que te lo termine llevando la perrera. Yo sé de esto porque soy policía retirado sabés. Si yo tengo cualquier problema vos al perro lo perdés...-
Esto se está poniendo espeso... pensó Guille.
-El perro no tiene nada, está perfecto- dijo Guille, controlando la bronca-Yo me hago cargo de los gastos, de las vacunas que se tenga que dar...-
-Hace tres meses que lo vacunaste contra la rabia. ¿A mi quién me asegura que no me va a pasar nada?- contestó el viejo escéptico y continuó- Yo conozco un veterinario que le puede hacer el control. Escuchame, sin moverlo de tu casa, ¿Entendés?... Y te aseguro que no te va a salir para nada caro... Es amigo mío...- Le propuso el viejo de manera solemne y cuando terminó la frase le sonrió de costado como esos tipos que te dan tarjetitas en la calle Lavalle. Guille lo miraba impávido, este tipo es un crápula, pensó.
-Escuche don, yo no voy a discutir más nada con usted. Me tiene sin cuidado- Guille sentía como el calor subía por sus orejas. -Si quiere puede llamar a la policía o a la perrera- le dijo con una mirada fulgurante.
     Ante la reacción del joven, el viejo retrocedió unos pasos y se acomodó la bufanda.
-La rabia es algo complicado sabés, vos sos muy pibe. No sabés con quien estás hablando. Esto no va a quedar así-, concluyó en tono lúgubre, se dio media vuelta y se fue por donde vino.
     Sorprendió un poco que no volviera a aparecer en los días siguientes. Por las dudas, Guille tomó ciertos recaudos al respecto. No dejó salir más solo a Maxi a la calle, y solamente lo sacaba a la nochecita, cuando iba a comprar comida. Cada vez que caminaban juntos por la calle tenía la impresión de que el viejo se iba a aparecer a la vuelta de la esquina o detrás de un árbol. Maxi, como si estuviera al tanto de la situación, se volvió más timorato, caminaba como un perro guía, derechito al lado de su dueño. Eso sí, nunca dejó de corretear a los gatos...
     La primavera se adelantó en las copas de los árboles entibiando el vapor de las mañanas. Los días se volvieron más templados y Guille, luego de pensarlo varias veces, decidió pintar su departamento. Comenzó un sábado por la tarde, hacía calor y la pintura vieja no salía así que estuvo más de la cuenta tratando de dejar la pared en condiciones. Ese día se la pasó rasqueteando el techo del baño y poniendo enduido en las hendijas. Entre sus idas y venidas a la ferretería de la esquina, el animal se dedicó a husmear en los troncos de los árboles y marcar territorio sobre el cordón de la vereda. Guille estuvo tan ocupado que se olvidó por completo del perro. Cuando al final de la tarde llegaron los pibes a tomar unas cervezas, cayó a cuenta que su compañero había quedado afuera. Fue hasta la plaza, le preguntó a la vecina y le chifló en cada esquina, pero el perro no apareció esa noche.
-Quedate tranquilo, ese perro es re-pillo, debe andar atrás de una perra- lo animó Matías mientras destapaba con el encendedor una cerveza.
-Pasa que no podés sacarlo sin correa y sin bozal a la calle- moralizó Juan Manuel, que desde que se había mudado a Capital Federal, desconocía adrede, toda costumbre del Conurbano.
-Es que tengo miedo de ese viejo, tenía un odio en los ojos- sentenció Guille arrugando el paquete vacío del Phillip Morris y embocándolo en el tacho de basura. Esa noche Maxi no chumbó en la puerta, ni los días siguientes. Como si se lo hubiera tragado la tierra.
     Esa semana fue muy larga. Guille volvía del trabajo añorando los ladridos jocosos de Maxi detrás de la puerta. Hizo todo por encontrarlo: tocó timbre a los vecinos, pegó cartelitos con su foto en la estación Hipólito Yrigoyen y en los semáforos. Merodeaba por la plaza para ver si alguien lo había adoptado. Pero nada..., del perro ni noticias...
     Ese domingo no se levantó de la cama, habían pasado ocho tristes días desde la desaparición de su amigo. Estuvo todo el día tumbado. Había salido la noche anterior y tenía la cabeza hinchada como una esponja. De repente, en un estado de profunda somnolencia escuchó sonar su celular:
-Riiing... riiing... riiing-
-¿Quién habla?- preguntó Guille con voz pastosa.
-¿Guillermo Vidal? Habla Rosa Montero. Soy la propietaria de la casita de Monte Grande, ¿Te acordás?-
Guille no entendía nada, parecía la voz de su tía mezclada con la de su maestra de 6° grado.
-Querido ¿Me escuchas?- repitió la mujer en un tono más alto.
-Si, si. ¿Qué pasa?- contestó Guille tratando de despabilarse, eran las seis de la tarde, había dormido demasiado.
-¿Vos te llevaste el perro cuando te mudaste?-
-Claro señora, no entiendo-
-¿Sabés qué? ¡No te lo llevaste nada! Porque lo estoy viendo desde mi ventana- dijo la señora levantando nuevamente la voz.
-Es imposible- contestó Guille, le temblaba la voz y automáticamente se incorporó buscando la zapatilla debajo de la cama.
-Tu perrito acaba de romper todas las bolsas de basura de la casa donde vos vivías. Ahora mismo está echado en el porche de entrada, y lo peor de todo es que no deja entrar ni salir a nadie...
-¿Maxi? ¿En la casita de Monte Grande?- dijo Guille y una sonrisa desbordó de su boca.
- Venite ya, porque tengo miedo que muerda alguien, entendés. Si no lo van a terminar sacando a palazos-
-Ya voy para allá señora, no le hagan nada. No se haga problema, ese perro no muerde a nadie...-


martes, 4 de julio de 2017

Alguaciles

    Esa mañana Anita se pasó el corrector de ojeras con fruición por toda la cara. Había que levantar esa cara. Dos horas de sueño no son nada, nunca; y llorar contra la almohada es una actividad de mierda para la piel, no hay que ser cosmetóloga para darse cuenta. 
     El tren se acercó inseguro a la estación de Remedios de Escalada, demorado y repleto. Almas acaloradas, acomodadas milimétricamente como en una caja de herramientas. Tornillos y tuercas, grandes y chiquitas, que se disponen para ser usadas. Anita se adentró decidida y copó el rincón residual, que encontró entre una bicicleta con asiento de tela y unos bártulos que llevaba una señora mayor, demasiada cargada para ser alguien tan vieja.   

     Cuando miró el celular, le cayeron varias llamadas perdidas y un mensaje de texto: -Gorda, estoy con mucho laburo, no creo que llegue a pasar por tu casa, hablamos mañana- Era la tercera vez que Leonardo la suspendía el mismo día que iban a verse. Era evidente que la estaba evitando. Siempre ponía de excusa su trabajo, como si fuera sagrado. Trabajaba en la ferretería del padre, no era agente de bolsa o detective de CSI. Sandra repasaba una y otra vez las excusas de Leonardo, e iba juntando bronca. Sin embargo, volvía a la carga con  un Whatsapp desinteresado, ó con un video de gatitos. Se sentía patética en esos momentos, pero esta pseudo relación, era el único evento sexual de todo el último año y lo cuidaba como a su helecho moribundo del balcón, por costumbre y para ver algo verde.
     El calor ascendía a los 34 grados a las 8:45 y los días con aplomo asestaban en la nuca. Diciembre es un mes glorioso, en todo sentido. Anita pasaba los peores días de su vida, pensaba cada tanto. Pero Diciembre le daba ganas de cerrar las puertas, hacerse un chequeo ginecológico y cambiar el plan del celular, pero pasaban los días como un desfile de fenómenos en carnaval, y ella no atinaba a hacer nada. Iba a trabajar todos los santos días, de 10 a 16hs., sin que los cohetes la alcanzaran. Al llegar a la estación Avellaneda, o Maxi y Kosteki -para la militancia-, se renovó el aire y los pasajeros en el vagón. Anita quedó del lado de una ventana abierta, sostenida por una botellita de Pepsi. "Menos mal que no limpia los trenes, Randatren" pensó en voz alta y se rió. 
     Intempestivamente, una turba de alguaciles se coló como si fuera la hinchada de Talleres, hubo una corrida mínima entre los pasajeros, no había lugar para remilgosos esa mañana. Los bichos se paraban indiscriminadamente entre las personas, molestaban a una imperturbable adolescente que le daba la teta a un bebito de un día, al que parecía protegerlo el mosquitero de Dios, y también, asustaban a unos zombis de celular. Agarraban a todos como si fueran los dueños del mundo. Subían desde el Riachuelo. Se venía como una tormenta de langostas. Anita vio como titilaban las alitas violetas del gusano gordo, que se coló en su cartera, y pensó llevarlo a la oficina, como regalo para su jefa.
     La cosa se fue poniendo espesa, los alguaciles hacían estragos entre los más chicos y sobre todo en los viejos, como los típicos abusadores... Anita, con su temperamento nihilista, había festejado la irrupción en un principio, pero en cuanto vio desmoronarse a la vieja de los bártulos, sobre su carrito, comenzó a sentirse una tarada. Los bichos, en la mayoría de los casos, se apiñaban contra las luces mortecinas, pero había algunos desmesuradamente grandes, que aguijoneaban impunemente a los más débiles. Fueron copando la escena, y en cuanto cobraron confianza, saltaron sobre los muchachos grandotes desprevenidos. Era increíble observar como hombres llenos de músculos y experiencia, entraban en un brote de histeria, al ser tocados por esos helicópteros insaciables. Anita se aplacó contra el cuerpo desmayado de la vieja y se agachó instintivamente. Fue la acción más inteligente, ya que una segunda oleada de bichos entró por la ventana y desató la histeria global. 
     El tren estaba semi detenido sobre el precario puente que divide Avellaneda y Capital, como un neurótico indeciso, coqueteaba con el desastre. Hubo escenas dantescas, simulaciones de suicidio y ataques de pánico ensayados. Todo en el transcurso de una invasión insecticida e inesperada. Anita primero se tapó la cabeza como si fuera a explotar el tren todo, pero el griterío, dejó de lado a la queja hablada, y en dos minutos de reflexión, todas las miradas se dirigieron al guarda, que arrinconado por ocho soldados improvisados, lo increpaban como si fuera el dueño de la naturaleza. El pobre Cristo no parecía tener demasiada capacidad de reacción, pero en una cuenta rápida, razonó que si abría las compuertas del Titanic, terminaban todos en el río chocolatoso, cubiertos de brea. Por las dudas, tiró las llaves por la ventana. Anita vio de soslayo como volaban y no dudó ni un instante: "Si nos vamos a morir todos, que no nos coman los piojos" dijo, y de un manotazo golpeó la botellita de Pepsi, cerrando la ventana. Ante la mirada violenta e incrédula de los pasajeros, gritó: -¡No se dan cuenta que siguen entrando, viejo!-. Fue como un graznido de pájaro, que le salió de las entrañas. 
     El tren aceleró como una bala. El cimbronazo desconcertó a los aterrorizados pasajeros que se agarraron entre si, como si fuera el fin del mundo. Se sentían fuerte los llantos de los niños y los quejidos de los lastimados, pero el tren avanzaba decidido como una madre soltera de dieciséis años. 
     Anita se agarró de los barrotes y cerró los ojos. El tren se detuvo, violento y seco. El griterío era infernal y todos se empujaban como animales en el ganado, para escapar del infierno.
     Cuando al fin se abrieron las puertas en Yrigoyen, Anita todavía tenía la cabeza entre las piernas transpiradas. Empezó a sentir el fresquito de la soledad alrededor suyo. Se enderezó como una espiga de trigo. El vagón estaba casi vacío. Dudó si bajarse o no, qué podía hacer en Barracas a esa hora... Pero la suerte estaba echada. Buscó el celular en el fondo de la cartera, agarró los auriculares y puso algo que sonara fuerte. Antes de salir del vagón encontró una mirada, era el bebé, que inmune a todo, seguía tomando la teta.

jueves, 22 de junio de 2017

El Juego de la Copa

     Daba impresión la herida, no era profunda pero brillaba mucho el raspón, la sangre era espesa como la leche. Los ojitos de Mariana suspiraron fuertes y puso cara de asco cuando Luisa pasó la lengua áspera por la lastimadura.
-Peor es no tener donde esconderse cuando te dan ganas de llorar-, dijo Luisa.
     Luisa era la más amiga de las dos y a veces sabía decir algunas cosas. Ese día al llegar a lo de Mariana, su mejor amiga, estaba con ganas de transmitir.
     Se sentó al borde de la pileta y se sacó la remera, la malla enteriza se abultaba en la panza y Luisa se bajó un poco más la parte de la bombacha. Desanimada, se miró las rodillas marcadas por jugar a la pelota con su hermano. Empezaba a tener pelos en las piernas y alguna vez se había afeitado, pero cuando el pelo volvió a crecer, picaba por todos lados y salieron puntos negros. Tuvo ganas de no comer más en su vida, de no cambiarse y quedarse siempre al borde de esa pileta con Mariana tapándole el sol, sin que nadie las mire.
     Un día se soñó bailarina y al día siguiente cocinera. Un día soñó que los hijos se tenían por los brazos y quiso cortarse las venas para verlos circular antes de nacidos. Tenía venas azules y piel morocha. Le hubiera gustado ser rubia y no tener miedo a subir a los árboles. No bailaba bien, pero sabía canturrear algunas canciones, cantaba al oído de sus amigas cuando caminaban por la calle. Era la primera en reírse de un chiste y en pararse para levantar una mesa.
     Su mamá sabía escuchar historias, pero no prestaba atención. Se había acostumbrado a contarlas sin esperar respuesta de nadie y esa resultó la mejor manera de inventar. Sola, desde el techo de su casa miraba los patios vecinos y siempre quería vivir en una casa diferente a la suya. Quería mucho a sus hermanos y a veces se reía con ganas de sus chistes, pero sabía en algún lado que iban a ser los principales escollos cuando quisiera probar otra cosa.
     Se fue haciendo de noche. Asomadas al borde de la terraza vieron como arrancaba el auto de los papás de Mariana. Se quedaban solas en la casa, hacía días que esperaban ese momento. Cenarían temprano y a las doce de la noche comenzaría la sesión espiritista.
     La vela se apagaba de a ratos por la corriente de aire que entraba por la ventana de la cocina. La cocina había quedado chica para tanto espíritu dando vueltas. Las chicas se acomodaron alrededor de la mesa y pusieron un mantel. Un hule de plástico en el que se reflejaba la luz de la calle. Las copas indicarían el destino. Eran de la abuela de Mariana y más que mágicas parecían de juguete. Tardaron en ponerse de acuerdo qué preguntar. Mariana quería saber si había algún espíritu famoso en la habitación, pero a Luisa esa pregunta no la convenció. Acomodaron los deditos en la base de la copa y con voz pausada Luisa dijo:
-Sabemos que estás en esta habitación, por favor danos una señal– La copa vibró pero no se movió para ningún lado. 

-¿Por qué no le preguntamos si vamos a ser amigas toda la vida?- Mariana la miró pensativa y después contestó: 
- No, no preguntemos nada que sea importante.-
-¡Dale nena, no seas cagona!- exclamó su amiga mientras acomodaba los papelitos en el mantel. Con los ojos cerrados Luisa repitió la pregunta
     El sonido del viento hacía girar gritos por toda la habitación. Las dos se agarraron de las manos, y éstas empezaron a transpirar como un vidrio mojado. Los ojos apretados se abrieron de pronto y vieron como el fantasma aparecía en la ventana.
     Nadie se imagina como son los fantasmas realmente. Aparecen en la mente siempre como caras viejas, en blanco y negro. Como si fueran las fotos de unos parientes lejanos, pegadas en el fondo de un placard. Pero cuando vieron a la vieja no tenía un aura especial. Parada frente a las chicas. Vestida como para baldear un patio. Tenía ojotas y le faltaba el dedo gordo del pie izquierdo.
     El fantasma ganó terreno. Con la frente transpirada y una mirada inquisidora apoyó las manos resecas en la mesa. Desacomodó el abecedario. Los papelitos escritos en birome volaron hacía la ventana. Miró a las chicas y con voz grave les dijo:
-No las conozco y no las quiero en mí casa.- Después de esa sentencia, una corriente de aire entró en la cocina y apagó las velas. Mariana abrió la puerta ventana y salió a la calle, como poseída. Después contó que caminó como tres cuadras y que en un momento se detuvo sin saber donde estaba. 

     Luisa estaba petrificada. El fantasma se volvió a reír, pero esta vez con una sonrisa franca que le cruzó la boca.
-Hay gente que no puede andar sola, así que andá a buscarla- comentó el fantasma con un tono maternal mientras agarraba una porción del pan dulce que estaba sobre la mesa. Luisa agarró la campera y con lágrimas en los ojos se decidió a salir de esa casa
- Antes que me olvide y que te vayas, te quería decir algo Luisa: vos andá por lo tuyo. No viene solo- Luisa se despegó de donde estaba parada y caminó en el aire. El fantasma reía a carcajadas roncas al ver la cara pálida de la nena. Antes de cerrar la puerta ventana. Luisa se dio vuelta y vio como el fantasma se hacía cada vez más transparente. Caminó unas cuadras y encontró a su amiga hablando sola en una plaza oscura y desértica.
     Esa noche durmieron juntas con los colchones en el piso, tocándose los pies con la punta de sus dedos. No se sabe bien que soñaron. Pero si se supo que fueron amigas, como todos, por el tiempo que quisieron.

lunes, 12 de junio de 2017

La Escondida

     La tarde se despedía, mientras el horizonte aguardaba el sol. Los gorriones sobrevolaban la huerta, buscando ramas secas para resguardarse del rocío de la noche.
     La quinta de mi abuelo es inmensa, pero ya no tiene los olores ni los colores de antes. La cancha de fútbol se fue abandonando con el tiempo. La línea que demarcaba el área grande se fue perdiendo entre los yuyos y la mierda de los perros. La pileta, que da contra las vías del ferrocarril Roca, ya no se usa desde el accidente. El musgo y el clima la fueron deteriorando. Hay sapos que flotan en la superficie, algunos mutilados por las pirañas que pescamos en el Tigre.
     Nicolin es un buen tipo, un vidriero de oficio, aficionado a la bebida y al canto de los jilgueros, que gracias a la prosperidad que trajo el Gobierno del General Juan Domingo Perón, pudo comprar este inmenso terreno. Él se hizo cargo de nosotros desde el accidente que se llevó la vida de nuestros viejos. Después de enterrar a papá y mamá al margen de las vías, con la pala al hombro, dijo: “Sus padres ya no van a estar más con ustedes, ellos se fueron a otro lugar.” Estas fueron las únicas palabras que pronunció, imponiendo un silencio perpetuo entre él y nosotros sobre el tema.
     Javier nunca pudo superarlo, aunque se creía fuerte, yo siempre supe que la tristeza lo desbordaba. Él era el mayor de los dos, el que tiene que dar el ejemplo, solía decir siempre mi viejo, pero yo sabía que no aceptaba la muerte de ellos. Creo que me di cuenta cuando comenzó hablarme de la ciudad oscura. Una tarde, volviendo de la escuela, me agarró del hombro y me dijo al oído.
-La ciudad oscura es una ciudad subterránea, que las personas cuando mueren viven en ella.
-¿En qué país queda? -pregunté.
-En todos los países hay ciudades oscuras, pero siempre están debajo de las vías del tren -contestó convencido.
-¿Y mamá y papá, viven ahí?
-¡Claro! Si el abuelo los enterró a propósito al costado de las vías para que no viajen por túneles subterráneos desde el cementerio.
-Mirá vos -dije indiferente para cortar el diálogo.
     Javier golpeaba con una vara de caña seca a los perros, por puro sadismo. Se reía y me miraba buscando complicidad. El abuelo Nicolin, que estaba terminando de tomar un vermút, ya nos había gritado varias veces desde la casa para que regresemos. Sin embargo, mi hermano y yo decidimos jugar el último juego. Una escondida más no iba a hacer engranar mucho al abuelo.
     A mí me tocó la peor parte del juego, contar y salir a buscar. Arrimé mi frente al nogal viejo y empecé: uno, dos, tres, cuatro, cinco, diez, quince, treinta, cuarenta y dos, cincuenta.
-¡Ya está! ¡Listo para mí, listo para todos los compañeros!  -grité y comencé a buscarlo. Corrí para distintos lados, luego paré y miré hacia la pileta girando el cuerpo. Ahí lo pude ver a Javier, saltando el agua podrida y llegando a la ligustrina que da contra las vías del tren, pegando al fin un salto de atleta y cayendo entre los pastizales.
-Ya te vi -dije, pero cuando crucé la ligustrina ya lo había perdido de vista. Subí el terraplén, llegué al borde del riel y miré para abajo; miré los pastizales, las calles, las casas aledañas y la estación de Luis Guillón quieta, pero no pude ver a Javier. La oscuridad ya se había adueñado del lugar.
-Javier, ¿dónde estás? -grité varias veces. Pero lo único que pude escuchar fue el cantar agudo y solitario de los grillos.
     Cuando regresé a la casa, Nicolín estaba medio ebrio hamacándose en el sillón del comedor.
-¿Y Javier? -preguntó, acomodando su trasero para dejar escapar una flatulencia.-No sé, se escondió y no lo pude encontrar -dije con temor.
-¿Adónde se escondió?-
-Se fue cruzando la ligustrina que da al ferrocarril-
-Bueno, no perdamos tiempo -dijo mi abuelo, manoteando una linterna de un cajón.
     Pasaron días, meses, años y no tenemos noticias de Javier. La policía hizo poco por encontrarlo, bah, como siempre. Pero nosotros no nos dimos por vencidos. Con mi abuelo lo seguimos buscando en las vías y en las zonas cercanas a la quinta. Pegamos carteles con su rostro en todas las estaciones del tren, pero hasta ahora nada, ninguna novedad.
     Todavía no me acostumbro a estar sin él. Javier era mi única familia. Era todo para mí. Cada vez que miro los pastizales de las vías me llama su recuerdo...