Literatura barrial.

jueves, 20 de julio de 2017

Miyagi


     Quique caminaba por el hall del aeropuerto como un gallo en un gallinero, los ojos bien despiertos y el cogote recto. Con pasos firmes realizaba recorridos pequeños, midiendo distancias que se repetían durante todo el día.
     Tenía un Volskwagen 1500, en esa época los taxis del aeropuerto eran rojos y negros y no azules y blancos como ahora. Los choferes pirucheaban los viajes:
-¿Taxi Sir.? Taxi, very cheap...- Ametrallaban a los desorientados pasajeros.
     Quique se paseaba con las manos en la espalda, mirando de soslayo a las vendedoras del Free Shop que desfilaban en grupo por el espigón internacional. Un señor que cargaba una valija inmensa le detuvo el paso y pronunció en un difícil castellano:
-A la ciudad, Sheraton hotel-
     El taxista lo observó detenidamente, era un hombre de baja estatura, de proporciones pequeñas, era chino o taiwanés, de algún país de Oriente. Vestía un traje color crema que le quedaba holgado y le daba apariencia de dandy venido a menos.
-Muy bien, acompáñeme por favor-, contestó solícito. Cargó el equipaje y caminaron hasta el playón del estacionamiento. Mientras alzaba los bultos hasta el baúl. Manoteó lo que pudo y lo escondió detrás de la rueda de auxilio.
     Una brumosa e iluminada autopista los llevó ligeros hasta la avenida Paseo Colón. El pasajero no pronunció palabra en todo el trayecto, pero puso esa cara que ponen algunos cuando ven la ciudad por primera vez. Murmuraba una emoción solitaria, mientras apoyaba la frente en el vidrio.
"Que me corte el crédito vaya y pase, es su negocio. Ahora no voy a permitir que me trate como a un enfermo. Yo no tengo problemas..." Reflexionó Quique con los ojos fijos en el reloj, era recién la primera vuelta que daba. Abrió la ventanilla y el aire se refrescó de pronto.
     Estacionaron en la entrada del hotel. Después de guardar los dólares en la guantera, ayudó a bajar las valijas, aunque no era necesario.
     Contabilizó mentalmente el botín, "eran dos corbatas, un perfume y un cofrecito que parecía de joyas". La curiosidad pudo más y en la esquina frenó en la YPF, abrió el baúl. Las corbatas eran horribles, pero parecían de calidad y el cofrecito estaba lleno de droga.
-¡Qué viejo pillo este! Y yo que pensé que estaba emocionado, duro estaba ja, ja- Tuvo ganas de festejar, se puso un poco de perfume y encaró para el Oeste.
     Terminó en lo de la peruana, era jueves y los días de semana se ponía bueno, los sábados y los domingos se llenaba de pendejos y no había ni donde sentarse... Desde la barra divisó al “Pekinés” que estaba empalagado con una pelirroja de ojos marrones, le hacía señas para que se acercase. Compró una cerveza y la llevó a la mesa, las chicas pasaban y lo saludaban con un beso, a la mayoría las conocía de vista, a veces iba sólo a tomar algo.
     Cuando contó la historia, el Pekinés se cagó de risa y brindó por detrás del vaso. Fueron juntos al baño y cuando volvieron frotándose los dientes, la mesa tenía una cerveza helada y a la chica de rulitos sentada fumándose un Marlboro.
-¡Mamita, qué rica!-, le susurró el Pekinés al oído mientras agarraba a la amiga de la mano y se perdía hacía el pasillo del fondo.
     Sonó el reloj. El señor Sang estaba despierto hacía rato. Los ojos abiertos en la oscuridad, vigilando la nada. La habitación era espaciosa y con un gran ventanal que daba sobre el río. Ya Amanecía. Las valijas estaban sobre los sillones. Había llegado destruido. Era la primera vez en tres días que podía dormir, al menos un par de horas, desde que su mujer había muerto. Y esa sensación nueva de abrir los ojos sin ella al lado, lo inmovilizaba. Finalmente pudo levantarse.
     De a poco fue armando el altar. Con sus cosas favoritas: las velas, las cremas, los pocillos de comida, la ropa interior perfumada, los dragones de plástico, los adornos de navidad; las fotos de los casamientos, las vacaciones, los nietos. Una despedida íntima de todos sus placeres. En la ciudad a la que siempre había querido volver desde niña. Cumplirle ese deseo póstumo era lo mínimo que podía hacer el señor Sang por la compañera de toda su vida.
     Emocionado fue hasta la valija y se asombró al darse cuenta que estaba todo preparado, menos ella. Alguien había robado los restos, en polvo, de su mujer.

     Quique se desplomó en la cama y alargó el brazo para apagar la radio que estaba en la mesita de luz, le zumbaban los oídos. Se tocaba la hebilla del cinturón y miraba el techo mientras se dejaba hacer, con los ojos fijos en la telaraña. "Que oscura y finita era ese veneno que tomé, era como ceniza volcánica". Una sensación acalambrada subió desde su cadera. Era un volcán en erupción, como en las películas, un alud de piedras rojizas incandescentes y una lava fluorescente que se desbordaba sin control. Relajó las piernas y se tapó con la sábana. La chica se levantó y se metió en el baño dejando la puerta abierta, podía ver el humo del cigarrillo apoyado en la pileta y empezó a marearse.
-Creo que me siento mal-, alcanzó a decir antes que una venda le tapara los ojos.
Cuando los abrió sintió frío, la chica le pasaba una remera mojada por la cara, el Pekinés, del otro lado de la cama, lo miraba preocupado.
-Mirá que flojito resultaste ser...-, dijo la piba en tono de reproche.
-¡Me vomitaste toda la cama! Lo más raro es el color... nunca vi vomitar amarillo, ¿Qué comieron ustedes dos?-
Quique trató de incorporarse y alcanzó a decirle a su amigo:
-Este Miyagi está loco, será muy buena, pero con el estómago vacío te pega para el orto.



sábado, 15 de julio de 2017

Maxi


     
     El domingo había amanecido espléndido. Aunque era otoño y la temperatura no era alta, el sol abrigaba con sus rayos tibios como bufandas de lana.
Cerca del mediodía, Guille había comprado sorrentinos en la fábrica de pastas y regresaba a casa a pie, con su perro. En el puesto de diarios de la avenida se distrajo mirando las tapas de algunas revistas.
-¡La puta que te parió, perro de mierda!- Guille escuchó un grito desaforado y al darse la vuelta pudo ver a un parrillero que blandía una cuchilla al cielo. Maxi huía, como buen perro ladino, con un pedazo de vacío en la boca de casi dos kilos. Atrás quedaba una nube de humo. -Maxi, tómatelas de acá, no te conozco.- Guille lo retó por lo bajo y comenzó a caminar apurado, con las manos en los bolsillos. Con el rabillo del ojo vio al parrillero que se le acercaba.
-¡Muchacho, muchacho!-
-¡Rajemos boludo!- le gritó a Maxi y se fueron corriendo a toda velocidad hasta la casa.
     Maxi es un perro mediano, de color negro casi en su totalidad, excepto por unos reflejos color caramelo que tiene alrededor de los ojos, con forma de antifaz. Tiene el pelo corto y las patas fibrosas, que apenas tocan el suelo cuando se larga a correr. Casi siempre está de buen ánimo. Se puede decir que es medio atolondrado con las personas y muy desafiante con los perros. No le gusta el alimento balanceado y tiene la costumbre, como la de cualquier perro callejero, de hurgar en la basura y en la comida ajena.
     Fue a fines de marzo cuando Guille se tuvo que mudar de la casita de Monte Grande porque la dueña no le renovó el contrato de alquiler. La propietaria nunca había visto a Guille con buenos ojos... Era una mujer a la que no le gustaban los animales en general, menos los perros callejeros.
     La casita donde vivía Guille era la última medianamente sencilla que quedaba en ese barrio, que había cambiado mucho los últimos años. La zona había cambiado arquitectónicamente, la mayoría de los hogares se habían convertido en dúplex idénticos. Pero aunque quedara poco del pueblito de terrenos espaciosos y piletas al fondo, a Guille todavía le gustaba dormirse en esas nochecitas calladas cruzadas por el rugir de los aviones de Ezeiza. Se había criado en esas largas cuadras arboladas, por esas esquinas había aprendido a andar en bicicleta sin manos y  había besado por primera vez a una chica, aunque no recordara su nombre, podía evocar esa sensación tibia recorriéndole el cuerpo. Le costó despegar, pero ya era tiempo de conocer otros barrios. Decidió que si se iba a mudar, tenía que ser a un barrio tan lindo como ese y en el que por supuesto hubiera lugar para Maxi, su compañero de ruta.
     Por suerte, consiguió enseguida un departamento, en el sur de la capital, por intermedio de un compañero del trabajo. Una inmejorable oportunidad que Guille no desaprovechó.
Tanto a Maxi como a Guille no les costó mucho acostumbrarse al cambio. Las calles tranquilas, el viejo puente y las vías del tren de la parte vieja de Barracas se transformaron en el paisaje cotidiano de los paseos de ambos. Maxi se acostumbró a andar sin correa y Guille a saludar a los vecinos por su nombre.
     Pero la armonía duró poco. Un lunes a la tarde, ya bien entrado el invierno, mientras perro y dueño merendaban pan con manteca mirando un partido de fútbol, los interrumpieron abruptamente.
-Ring... ring...- sonó el timbre del PH.
-Riiiing...riiiing...- volvió a sonar, pero esta vez, las timbradas eran más largas.
Guille se levantó despacio y caminó con paso cansino por el pasillo oscuro que daba al patio. Maxi lo miraba al pie de la escalera. Vio por la mirilla de la puerta a un señor de cara angulosa y cabello entrecano.
-¿Vos sos el dueño del perro?- le preguntó el señor de modo inquisitorio.
-Buenas noches- lo saludó Guille incómodo.
-Si, buenas noches- le respondió el señor de manera escueta y un breve silencio se interpuso entre los dos.
-Se puede decir que tengo un perro...-
-Voy a ser bien clarito, el perro que vos tenés me mordió- lo interrumpió levantando el tono de voz y continuó:
-Yo no le hice nada. Se me vino encima y mirá como me dejó la pierna- dijo, y subiéndose la botamanga del jean, le mostró la prueba del delito: un pequeño hematoma con dos puntitos color bordó, en la zona de la pantorrilla.
Guille trató de resolver el problema pacientemente.
-No entiendo cómo pudo haber pasado- dijo sincero- Es la primera vez que muerde a una persona-
-Yo te digo una cosa: un perro con ese carácter no puede andar suelto-, lo alertó el viejo con expresión grave.
"Hay que tranquilizar a este tipo, parece muy nervioso, a ver si le sube la presión o le agarra un bobazo", pensó Guille para sus adentros y le dio un poco de gracia la idea.
-Quédese tranquilo señor. El perro está vacunado- dijo en tono conciliador. Ahora mismo le traigo el certificado de la antirrábica y un vaso...- Mientras Guille hablaba, Maxi se acercó sigiloso y se pusó a gruñirle de manera desafiante al viejo:
-Grrr...grrr...grrr...-
-¡Callate la boca!- le gritó Guille y le pegó una patada. Agarró al perro del pescuezo y lo arrastró hasta encerrarlo en el fondo.
     Entró agitado a su casa. Tomó un vaso de agua de la canilla y luego revolvió los papeles del cajón de la mesita del comedor, hasta que dio con el certificado. Regresó con el papelucho en la mano. Maxi estaba agazapado y tenía el hocico entre las patas...
-Mire señor, acá esta el certificado de la vacuna antirrábica- dijo Guille y se lo leyó:
-Este es el nombre del perro: Maximiliano Kosteki, estatura mediana, pelo negro...- El viejo escrutaba el certificado como si fuera un escribano público.
-Mirá pibe, que yo no quiero que te lo termine llevando la perrera. Yo sé de esto porque soy policía retirado sabés. Si yo tengo cualquier problema vos al perro lo perdés...-
Esto se está poniendo espeso... pensó Guille.
-El perro no tiene nada, está perfecto- dijo Guille, controlando la bronca-Yo me hago cargo de los gastos, de las vacunas que se tenga que dar...-
-Hace tres meses que lo vacunaste contra la rabia. ¿A mi quién me asegura que no me va a pasar nada?- contestó el viejo escéptico y continuó- Yo conozco un veterinario que le puede hacer el control. Escuchame, sin moverlo de tu casa, ¿Entendés?... Y te aseguro que no te va a salir para nada caro... Es amigo mío...- Le propuso el viejo de manera solemne y cuando terminó la frase le sonrió de costado como esos tipos que te dan tarjetitas en la calle Lavalle. Guille lo miraba impávido, este tipo es un crápula, pensó.
-Escuche don, yo no voy a discutir más nada con usted. Me tiene sin cuidado- Guille sentía como el calor subía por sus orejas. -Si quiere puede llamar a la policía o a la perrera- le dijo con una mirada fulgurante.
     Ante la reacción del joven, el viejo retrocedió unos pasos y se acomodó la bufanda.
-La rabia es algo complicado sabés, vos sos muy pibe. No sabés con quien estás hablando. Esto no va a quedar así-, concluyó en tono lúgubre, se dio media vuelta y se fue por donde vino.
     Sorprendió un poco que no volviera a aparecer en los días siguientes. Por las dudas, Guille tomó ciertos recaudos al respecto. No dejó salir más solo a Maxi a la calle, y solamente lo sacaba a la nochecita, cuando iba a comprar comida. Cada vez que caminaban juntos por la calle tenía la impresión de que el viejo se iba a aparecer a la vuelta de la esquina o detrás de un árbol. Maxi, como si estuviera al tanto de la situación, se volvió más timorato, caminaba como un perro guía, derechito al lado de su dueño. Eso sí, nunca dejó de corretear a los gatos...
     La primavera se adelantó en las copas de los árboles entibiando el vapor de las mañanas. Los días se volvieron más templados y Guille, luego de pensarlo varias veces, decidió pintar su departamento. Comenzó un sábado por la tarde, hacía calor y la pintura vieja no salía así que estuvo más de la cuenta tratando de dejar la pared en condiciones. Ese día se la pasó rasqueteando el techo del baño y poniendo enduido en las hendijas. Entre sus idas y venidas a la ferretería de la esquina, el animal se dedicó a husmear en los troncos de los árboles y marcar territorio sobre el cordón de la vereda. Guille estuvo tan ocupado que se olvidó por completo del perro. Cuando al final de la tarde llegaron los pibes a tomar unas cervezas, cayó a cuenta que su compañero había quedado afuera. Fue hasta la plaza, le preguntó a la vecina y le chifló en cada esquina, pero el perro no apareció esa noche.
-Quedate tranquilo, ese perro es re-pillo, debe andar atrás de una perra- lo animó Matías mientras destapaba con el encendedor una cerveza.
-Pasa que no podés sacarlo sin correa y sin bozal a la calle- moralizó Juan Manuel, que desde que se había mudado a Capital Federal, desconocía adrede, toda costumbre del Conurbano.
-Es que tengo miedo de ese viejo, tenía un odio en los ojos- sentenció Guille arrugando el paquete vacío del Phillip Morris y embocándolo en el tacho de basura. Esa noche Maxi no chumbó en la puerta, ni los días siguientes. Como si se lo hubiera tragado la tierra.
     Esa semana fue muy larga. Guille volvía del trabajo añorando los ladridos jocosos de Maxi detrás de la puerta. Hizo todo por encontrarlo: tocó timbre a los vecinos, pegó cartelitos con su foto en la estación Hipólito Yrigoyen y en los semáforos. Merodeaba por la plaza para ver si alguien lo había adoptado. Pero nada..., del perro ni noticias...
     Ese domingo no se levantó de la cama, habían pasado ocho tristes días desde la desaparición de su amigo. Estuvo todo el día tumbado. Había salido la noche anterior y tenía la cabeza hinchada como una esponja. De repente, en un estado de profunda somnolencia escuchó sonar su celular:
-Riiing... riiing... riiing-
-¿Quién habla?- preguntó Guille con voz pastosa.
-¿Guillermo Vidal? Habla Rosa Montero. Soy la propietaria de la casita de Monte Grande, ¿Te acordás?-
Guille no entendía nada, parecía la voz de su tía mezclada con la de su maestra de 6° grado.
-Querido ¿Me escuchas?- repitió la mujer en un tono más alto.
-Si, si. ¿Qué pasa?- contestó Guille tratando de despabilarse, eran las seis de la tarde, había dormido demasiado.
-¿Vos te llevaste el perro cuando te mudaste?-
-Claro señora, no entiendo-
-¿Sabés qué? ¡No te lo llevaste nada! Porque lo estoy viendo desde mi ventana- dijo la señora levantando nuevamente la voz.
-Es imposible- contestó Guille, le temblaba la voz y automáticamente se incorporó buscando la zapatilla debajo de la cama.
-Tu perrito acaba de romper todas las bolsas de basura de la casa donde vos vivías. Ahora mismo está echado en el porche de entrada, y lo peor de todo es que no deja entrar ni salir a nadie...
-¿Maxi? ¿En la casita de Monte Grande?- dijo Guille y una sonrisa desbordó de su boca.
- Venite ya, porque tengo miedo que muerda alguien, entendés. Si no lo van a terminar sacando a palazos-
-Ya voy para allá señora, no le hagan nada. No se haga problema, ese perro no muerde a nadie...-


martes, 4 de julio de 2017

Alguaciles

    Esa mañana Anita se pasó el corrector de ojeras con fruición por toda la cara. Había que levantar esa cara. Dos horas de sueño no son nada, nunca; y llorar contra la almohada es una actividad de mierda para la piel, no hay que ser cosmetóloga para darse cuenta. 
     El tren se acercó inseguro a la estación de Remedios de Escalada, demorado y repleto. Almas acaloradas, acomodadas milimétricamente como en una caja de herramientas. Tornillos y tuercas, grandes y chiquitas, que se disponen para ser usadas. Anita se adentró decidida y copó el rincón residual, que encontró entre una bicicleta con asiento de tela y unos bártulos que llevaba una señora mayor, demasiada cargada para ser alguien tan vieja.   

     Cuando miró el celular, le cayeron varias llamadas perdidas y un mensaje de texto: -Gorda, estoy con mucho laburo, no creo que llegue a pasar por tu casa, hablamos mañana- Era la tercera vez que Leonardo la suspendía el mismo día que iban a verse. Era evidente que la estaba evitando. Siempre ponía de excusa su trabajo, como si fuera sagrado. Trabajaba en la ferretería del padre, no era agente de bolsa o detective de CSI. Sandra repasaba una y otra vez las excusas de Leonardo, e iba juntando bronca. Sin embargo, volvía a la carga con  un Whatsapp desinteresado, ó con un video de gatitos. Se sentía patética en esos momentos, pero esta pseudo relación, era el único evento sexual de todo el último año y lo cuidaba como a su helecho moribundo del balcón, por costumbre y para ver algo verde.
     El calor ascendía a los 34 grados a las 8:45 y los días con aplomo asestaban en la nuca. Diciembre es un mes glorioso, en todo sentido. Anita pasaba los peores días de su vida, pensaba cada tanto. Pero Diciembre le daba ganas de cerrar las puertas, hacerse un chequeo ginecológico y cambiar el plan del celular, pero pasaban los días como un desfile de fenómenos en carnaval, y ella no atinaba a hacer nada. Iba a trabajar todos los santos días, de 10 a 16hs., sin que los cohetes la alcanzaran. Al llegar a la estación Avellaneda, o Maxi y Kosteki -para la militancia-, se renovó el aire y los pasajeros en el vagón. Anita quedó del lado de una ventana abierta, sostenida por una botellita de Pepsi. "Menos mal que no limpia los trenes, Randatren" pensó en voz alta y se rió. 
     Intempestivamente, una turba de alguaciles se coló como si fuera la hinchada de Talleres, hubo una corrida mínima entre los pasajeros, no había lugar para remilgosos esa mañana. Los bichos se paraban indiscriminadamente entre las personas, molestaban a una imperturbable adolescente que le daba la teta a un bebito de un día, al que parecía protegerlo el mosquitero de Dios, y también, asustaban a unos zombis de celular. Agarraban a todos como si fueran los dueños del mundo. Subían desde el Riachuelo. Se venía como una tormenta de langostas. Anita vio como titilaban las alitas violetas del gusano gordo, que se coló en su cartera, y pensó llevarlo a la oficina, como regalo para su jefa.
     La cosa se fue poniendo espesa, los alguaciles hacían estragos entre los más chicos y sobre todo en los viejos, como los típicos abusadores... Anita, con su temperamento nihilista, había festejado la irrupción en un principio, pero en cuanto vio desmoronarse a la vieja de los bártulos, sobre su carrito, comenzó a sentirse una tarada. Los bichos, en la mayoría de los casos, se apiñaban contra las luces mortecinas, pero había algunos desmesuradamente grandes, que aguijoneaban impunemente a los más débiles. Fueron copando la escena, y en cuanto cobraron confianza, saltaron sobre los muchachos grandotes desprevenidos. Era increíble observar como hombres llenos de músculos y experiencia, entraban en un brote de histeria, al ser tocados por esos helicópteros insaciables. Anita se aplacó contra el cuerpo desmayado de la vieja y se agachó instintivamente. Fue la acción más inteligente, ya que una segunda oleada de bichos entró por la ventana y desató la histeria global. 
     El tren estaba semi detenido sobre el precario puente que divide Avellaneda y Capital, como un neurótico indeciso, coqueteaba con el desastre. Hubo escenas dantescas, simulaciones de suicidio y ataques de pánico ensayados. Todo en el transcurso de una invasión insecticida e inesperada. Anita primero se tapó la cabeza como si fuera a explotar el tren todo, pero el griterío, dejó de lado a la queja hablada, y en dos minutos de reflexión, todas las miradas se dirigieron al guarda, que arrinconado por ocho soldados improvisados, lo increpaban como si fuera el dueño de la naturaleza. El pobre Cristo no parecía tener demasiada capacidad de reacción, pero en una cuenta rápida, razonó que si abría las compuertas del Titanic, terminaban todos en el río chocolatoso, cubiertos de brea. Por las dudas, tiró las llaves por la ventana. Anita vio de soslayo como volaban y no dudó ni un instante: "Si nos vamos a morir todos, que no nos coman los piojos" dijo, y de un manotazo golpeó la botellita de Pepsi, cerrando la ventana. Ante la mirada violenta e incrédula de los pasajeros, gritó: -¡No se dan cuenta que siguen entrando, viejo!-. Fue como un graznido de pájaro, que le salió de las entrañas. 
     El tren aceleró como una bala. El cimbronazo desconcertó a los aterrorizados pasajeros que se agarraron entre si, como si fuera el fin del mundo. Se sentían fuerte los llantos de los niños y los quejidos de los lastimados, pero el tren avanzaba decidido como una madre soltera de dieciséis años. 
     Anita se agarró de los barrotes y cerró los ojos. El tren se detuvo, violento y seco. El griterío era infernal y todos se empujaban como animales en el ganado, para escapar del infierno.
     Cuando al fin se abrieron las puertas en Yrigoyen, Anita todavía tenía la cabeza entre las piernas transpiradas. Empezó a sentir el fresquito de la soledad alrededor suyo. Se enderezó como una espiga de trigo. El vagón estaba casi vacío. Dudó si bajarse o no, qué podía hacer en Barracas a esa hora... Pero la suerte estaba echada. Buscó el celular en el fondo de la cartera, agarró los auriculares y puso algo que sonara fuerte. Antes de salir del vagón encontró una mirada, era el bebé, que inmune a todo, seguía tomando la teta.

jueves, 22 de junio de 2017

El Juego de la Copa

     Daba impresión la herida, no era profunda pero brillaba mucho el raspón, la sangre era espesa como la leche. Los ojitos de Mariana suspiraron fuertes y puso cara de asco cuando Luisa pasó la lengua áspera por la lastimadura.
-Peor es no tener donde esconderse cuando te dan ganas de llorar-, dijo Luisa.
     Luisa era la más amiga de las dos y a veces sabía decir algunas cosas. Ese día al llegar a lo de Mariana, su mejor amiga, estaba con ganas de transmitir.
     Se sentó al borde de la pileta y se sacó la remera, la malla enteriza se abultaba en la panza y Luisa se bajó un poco más la parte de la bombacha. Desanimada, se miró las rodillas marcadas por jugar a la pelota con su hermano. Empezaba a tener pelos en las piernas y alguna vez se había afeitado, pero cuando el pelo volvió a crecer, picaba por todos lados y salieron puntos negros. Tuvo ganas de no comer más en su vida, de no cambiarse y quedarse siempre al borde de esa pileta con Mariana tapándole el sol, sin que nadie las mire.
     Un día se soñó bailarina y al día siguiente cocinera. Un día soñó que los hijos se tenían por los brazos y quiso cortarse las venas para verlos circular antes de nacidos. Tenía venas azules y piel morocha. Le hubiera gustado ser rubia y no tener miedo a subir a los árboles. No bailaba bien, pero sabía canturrear algunas canciones, cantaba al oído de sus amigas cuando caminaban por la calle. Era la primera en reírse de un chiste y en pararse para levantar una mesa.
     Su mamá sabía escuchar historias, pero no prestaba atención. Se había acostumbrado a contarlas sin esperar respuesta de nadie y esa resultó la mejor manera de inventar. Sola, desde el techo de su casa miraba los patios vecinos y siempre quería vivir en una casa diferente a la suya. Quería mucho a sus hermanos y a veces se reía con ganas de sus chistes, pero sabía en algún lado que iban a ser los principales escollos cuando quisiera probar otra cosa.
     Se fue haciendo de noche. Asomadas al borde de la terraza vieron como arrancaba el auto de los papás de Mariana. Se quedaban solas en la casa, hacía días que esperaban ese momento. Cenarían temprano y a las doce de la noche comenzaría la sesión espiritista.
     La vela se apagaba de a ratos por la corriente de aire que entraba por la ventana de la cocina. La cocina había quedado chica para tanto espíritu dando vueltas. Las chicas se acomodaron alrededor de la mesa y pusieron un mantel. Un hule de plástico en el que se reflejaba la luz de la calle. Las copas indicarían el destino. Eran de la abuela de Mariana y más que mágicas parecían de juguete. Tardaron en ponerse de acuerdo qué preguntar. Mariana quería saber si había algún espíritu famoso en la habitación, pero a Luisa esa pregunta no la convenció. Acomodaron los deditos en la base de la copa y con voz pausada Luisa dijo:
-Sabemos que estás en esta habitación, por favor danos una señal– La copa vibró pero no se movió para ningún lado. 

-¿Por qué no le preguntamos si vamos a ser amigas toda la vida?- Mariana la miró pensativa y después contestó: 
- No, no preguntemos nada que sea importante.-
-¡Dale nena, no seas cagona!- exclamó su amiga mientras acomodaba los papelitos en el mantel. Con los ojos cerrados Luisa repitió la pregunta
     El sonido del viento hacía girar gritos por toda la habitación. Las dos se agarraron de las manos, y éstas empezaron a transpirar como un vidrio mojado. Los ojos apretados se abrieron de pronto y vieron como el fantasma aparecía en la ventana.
     Nadie se imagina como son los fantasmas realmente. Aparecen en la mente siempre como caras viejas, en blanco y negro. Como si fueran las fotos de unos parientes lejanos, pegadas en el fondo de un placard. Pero cuando vieron a la vieja no tenía un aura especial. Parada frente a las chicas. Vestida como para baldear un patio. Tenía ojotas y le faltaba el dedo gordo del pie izquierdo.
     El fantasma ganó terreno. Con la frente transpirada y una mirada inquisidora apoyó las manos resecas en la mesa. Desacomodó el abecedario. Los papelitos escritos en birome volaron hacía la ventana. Miró a las chicas y con voz grave les dijo:
-No las conozco y no las quiero en mí casa.- Después de esa sentencia, una corriente de aire entró en la cocina y apagó las velas. Mariana abrió la puerta ventana y salió a la calle, como poseída. Después contó que caminó como tres cuadras y que en un momento se detuvo sin saber donde estaba. 

     Luisa estaba petrificada. El fantasma se volvió a reír, pero esta vez con una sonrisa franca que le cruzó la boca.
-Hay gente que no puede andar sola, así que andá a buscarla- comentó el fantasma con un tono maternal mientras agarraba una porción del pan dulce que estaba sobre la mesa. Luisa agarró la campera y con lágrimas en los ojos se decidió a salir de esa casa
- Antes que me olvide y que te vayas, te quería decir algo Luisa: vos andá por lo tuyo. No viene solo- Luisa se despegó de donde estaba parada y caminó en el aire. El fantasma reía a carcajadas roncas al ver la cara pálida de la nena. Antes de cerrar la puerta ventana. Luisa se dio vuelta y vio como el fantasma se hacía cada vez más transparente. Caminó unas cuadras y encontró a su amiga hablando sola en una plaza oscura y desértica.
     Esa noche durmieron juntas con los colchones en el piso, tocándose los pies con la punta de sus dedos. No se sabe bien que soñaron. Pero si se supo que fueron amigas, como todos, por el tiempo que quisieron.

lunes, 12 de junio de 2017

La Escondida

     La tarde se despedía, mientras el horizonte aguardaba el sol. Los gorriones sobrevolaban la huerta, buscando ramas secas para resguardarse del rocío de la noche.
     La quinta de mi abuelo es inmensa, pero ya no tiene los olores ni los colores de antes. La cancha de fútbol se fue abandonando con el tiempo. La línea que demarcaba el área grande se fue perdiendo entre los yuyos y la mierda de los perros. La pileta, que da contra las vías del ferrocarril Roca, ya no se usa desde el accidente. El musgo y el clima la fueron deteriorando. Hay sapos que flotan en la superficie, algunos mutilados por las pirañas que pescamos en el Tigre.
     Nicolin es un buen tipo, un vidriero de oficio, aficionado a la bebida y al canto de los jilgueros, que gracias a la prosperidad que trajo el Gobierno del General Juan Domingo Perón, pudo comprar este inmenso terreno. Él se hizo cargo de nosotros desde el accidente que se llevó la vida de nuestros viejos. Después de enterrar a papá y mamá al margen de las vías, con la pala al hombro, dijo: “Sus padres ya no van a estar más con ustedes, ellos se fueron a otro lugar.” Estas fueron las únicas palabras que pronunció, imponiendo un silencio perpetuo entre él y nosotros sobre el tema.
     Javier nunca pudo superarlo, aunque se creía fuerte, yo siempre supe que la tristeza lo desbordaba. Él era el mayor de los dos, el que tiene que dar el ejemplo, solía decir siempre mi viejo, pero yo sabía que no aceptaba la muerte de ellos. Creo que me di cuenta cuando comenzó hablarme de la ciudad oscura. Una tarde, volviendo de la escuela, me agarró del hombro y me dijo al oído.
-La ciudad oscura es una ciudad subterránea, que las personas cuando mueren viven en ella.
-¿En qué país queda? -pregunté.
-En todos los países hay ciudades oscuras, pero siempre están debajo de las vías del tren -contestó convencido.
-¿Y mamá y papá, viven ahí?
-¡Claro! Si el abuelo los enterró a propósito al costado de las vías para que no viajen por túneles subterráneos desde el cementerio.
-Mirá vos -dije indiferente para cortar el diálogo.
     Javier golpeaba con una vara de caña seca a los perros, por puro sadismo. Se reía y me miraba buscando complicidad. El abuelo Nicolin, que estaba terminando de tomar un vermút, ya nos había gritado varias veces desde la casa para que regresemos. Sin embargo, mi hermano y yo decidimos jugar el último juego. Una escondida más no iba a hacer engranar mucho al abuelo.
     A mí me tocó la peor parte del juego, contar y salir a buscar. Arrimé mi frente al nogal viejo y empecé: uno, dos, tres, cuatro, cinco, diez, quince, treinta, cuarenta y dos, cincuenta.
-¡Ya está! ¡Listo para mí, listo para todos los compañeros!  -grité y comencé a buscarlo. Corrí para distintos lados, luego paré y miré hacia la pileta girando el cuerpo. Ahí lo pude ver a Javier, saltando el agua podrida y llegando a la ligustrina que da contra las vías del tren, pegando al fin un salto de atleta y cayendo entre los pastizales.
-Ya te vi -dije, pero cuando crucé la ligustrina ya lo había perdido de vista. Subí el terraplén, llegué al borde del riel y miré para abajo; miré los pastizales, las calles, las casas aledañas y la estación de Luis Guillón quieta, pero no pude ver a Javier. La oscuridad ya se había adueñado del lugar.
-Javier, ¿dónde estás? -grité varias veces. Pero lo único que pude escuchar fue el cantar agudo y solitario de los grillos.
     Cuando regresé a la casa, Nicolín estaba medio ebrio hamacándose en el sillón del comedor.
-¿Y Javier? -preguntó, acomodando su trasero para dejar escapar una flatulencia.-No sé, se escondió y no lo pude encontrar -dije con temor.
-¿Adónde se escondió?-
-Se fue cruzando la ligustrina que da al ferrocarril-
-Bueno, no perdamos tiempo -dijo mi abuelo, manoteando una linterna de un cajón.
     Pasaron días, meses, años y no tenemos noticias de Javier. La policía hizo poco por encontrarlo, bah, como siempre. Pero nosotros no nos dimos por vencidos. Con mi abuelo lo seguimos buscando en las vías y en las zonas cercanas a la quinta. Pegamos carteles con su rostro en todas las estaciones del tren, pero hasta ahora nada, ninguna novedad.
     Todavía no me acostumbro a estar sin él. Javier era mi única familia. Era todo para mí. Cada vez que miro los pastizales de las vías me llama su recuerdo...

sábado, 27 de mayo de 2017

Mi víbora Pitón

     Pajarito era un hombre mayor. De estado civil soltero, quizás porque le gustaban más los animales que las mujeres. Era una persona amable y un perfecto imitador del canto de los jilgueros. Una vez reunió a doscientas personas en el club del barrio. Esa noche Pajarito estuvo impecable. Se paró en el medio del escenario y con el pecho bien inflado trinó durante media hora, como si fuese un mismísimo jilguero. La audiencia ovacionó con un aplauso cerrado el brilloso trinar.
     Además de esta enorme cualidad artística, Pajarito tenía una tienda de mascotas en el barrio de Loma Verde. Recuerdo haber visto todo tipo de animales ilegales para su comercialización allí, lagartos, serpientes, monos salvajes y hasta un oso hormiguero. Conocía a dos cazadores furtivos que conseguían los animales más exóticos que jamás se hayan visto alguna vez.
      Yo conocí a Pajarito a través de mi trabajo. En ese tiempo yo era un emprendedor bastante exitoso. Era fabricante de ruedas para hámster, correas para perros, llamadores de aves, etc.  Hacía todo tipo de dispositivos y artefactos para casas de mascotas. Recuerdo que a Pajarito lo conocí ofreciéndole  jaulas y peceras. Esta relación comercial fue creciendo y devino, con el tiempo, en un fuerte lazo de amistad.
      Como era previsible, un inspector de la municipalidad de Almirante Brown descubrió el negocio ilegal de Pajarito y quiso una coima más alta,  al no obtenerla, lo denunciaron ante la justicia y clausuraron el local. Pajarito fue procesado por cautiverio de animales silvestres y condenado a cinco años de prisión.
     Un domingo de marzo fui a visitarlo a la cárcel.
-Hermano, dejé a mi víbora pitón en la bañera de casa. A esta altura debe estar muerta de hambre y vos sos el único que me puede ayudar -Pajarito hablaba angustiado del otro lado del locutorio.
-A ver si entiendo, ¿vos querés que me desnude, me meta en la bañera y luego me deje comer por ella?-
-No te hagas el gracioso hermano. Es lo único que te voy a pedir, que cuides a mi víbora Margarita -cuando pronunció la palabra Margarita, Pajarito se largó a llorar como un nene. Dos guardias se lo llevaron a la rastra, al pabellón.
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     La convivencia con la víbora no fue tan difícil como había pensado. Conseguí un terrario donde cabía perfectamente y lo puse en el garaje. Le daba de comer dos roedores pequeños una vez por semana, que compraba en la feria de Domínico. Verla alimentarse era un ritual escalofriante y muy atractivo a la vez. La serpiente, que tenía el tamaño de una manguera de bombero, contorneaba el cuerpo hasta atrapar a la presa que intentaba escapar. La asfixiaba con su lomo escamoso y luego la tragaba lentamente. La cola del ratón se movía nerviosa en los labios, como a Diana en V Invasión Extraterrestre.
     Con el tiempo me fui encariñando. En invierno dormía debajo de mi frazada, enroscada en mis piernas. En verano la dejaba suelta en el jardín y se entretenía persiguiendo a los sapos.
     Hubo un año en que tuve mucho trabajo. Tenía que hacer entregas de jaulas y peceras por toda la zona sur de la provincia de Buenos Aires. Esto me llevó a estar lejos de casa y a olvidarme de alimentar a la pitón. Recordé, en ese entonces, que hacía un mes que Margarita no comía. Era un momento en mi vida que me comportaba como un trabajador alienado. Era esa clase de persona que hoy en día se menciona como alcoholic work. Con una gran culpa por faltar a mi obligación de alimentar a la víbora, recorrí varias ferias del conurbano, pero no encontré ningún ratón árabe o rata de laboratorio (Eran las presas vivas pequeñas que comúnmente comía Margarita). Fue entonces que recurrí a mi última opción,  fui al negocio de un cliente amigo y me llevé, en una bolsa de papel madera, dos hamsters peludos y grandes. Cuando llegué a casa los arrojé al terrario y salí corriendo hacer una entrega que tenía muy atrasada.
     Llegué cansado a casa. Fui a buscar a Marga. Tenía ganas mirar el partido del sábado con ella en el sillón. En el garaje vi una escena horrible. Mi amada víbora se estaba desangrando en un rincón del terrario y en la otra punta estaba el roedor, exhausto y manchado con sangre. El hámster defendió a su compañero que era tragado por el reptil. Esa fue mi reflexión sobre el asunto. Margarita quedó tuerta y nunca más se alimentó de animales vivos. El período de recuperación fue duro para ella. No podía subsistir sin mi atención. Empecé a despotricar sobre el trabajo y comencé a repetir la frase que siempre decía mi abuelo: “Si el trabajo es salud que trabajen los enfermos”. Mi microemprendimiento productivo comenzó a caer raudamente, pero mi lazo con Margarita se fortaleció. Esos meses lo recuerdo con mucho amor. Trozaba uno por uno a cada ratón, los cortaba en partes muy pequeñas. Recién después hacía el avioncito con la cuchara y lo metía en la boca de la víbora. Los pedazos que sobraban los guardaba en el congelador.
 “El peor error que puede cometer el dueño de una serpiente, es dejarla sola y sin vigilancia frente a una presa viva.” Leí  en una revista de serpientes que me trajo mi primo de Estados Unidos. Poco a poco, la víbora se fue recuperando y la herida en el ojo fue cicatrizando. Margarita volvió a ser la que era, pero tuerta.
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     La tarde menos esperada sonó el timbre de mi casa. Por la cerradura de la puerta vi a Pajarito inquieto y en ese momento intuí lo peor. Entró sin pedir permiso. Era un hombre muy avejentado. Los años se multiplican cuando uno está guardado. La cara parecía rasgada como su antigua celda. Me saludó con cierto odio por olvidarme de él. Hacía tres años que no lo visitaba. La cárcel es un lugar tan angustiante que no quise ir más.
-¿Dónde está Margarita? -preguntó mientras espiaba cada rincón de mi casa.
-En el garaje -contesté en un tono tan bajo que apenas me escuchó.
     La idea de perder a Margarita no entraba en mi cabeza. Actué de manera precisa. Esperé el momento adecuado. Me acerqué despacio. Lo miré desde lo alto; él estaba agachado, abrazado al lomo escamoso de la pitón. Cuando volteó la cabeza se la estallé en mil pedazos. El matafuego rodó por el piso. La sangre se derramó en el terrario y salpicó el lomo frío de la víbora. Marga la bebió con gran fruición...
     Al fin y al cabo, con gran esfuerzo, pude meter una bolsa de consorcio llena de comida en el congelador, mientras hacía ese trabajo repetía una y otra vez: “El peor error que puede cometer un dueño de una serpiente, es dejarla sola y sin vigilancia frente a una presa viva.”


viernes, 12 de mayo de 2017

Arco Iris

-José, José, despertate, ya son las seis y cuarto, vas a llegar tarde; dale, dejá de hacerte el boludo, pero, ¿te estás haciendo el dormido?
     La mujer de José finalmente lo destapó. Era agosto así que él se levantó insultándola, se puso el mameluco, tomó un mate frío sin dirigirle la palabra y se fue.
     Cuando llegó, estaba Gabino, que no había hecho nada y chistaba por un agujero de la obra a las chicas que pasaban para ir a trabajar. José se sentó en un banquito. Estaba cansado. Desde ahí podía ver el río. El edificio era muy alto así que podía ver del otro lado una playa y allá algo más. Podía encontrarse en otro mundo si quería, con los músculos todavía dispuestos, el pelo abrigándole la cabeza, la piel tirante y el resto lo invento, pensó.
     Alma se llevó la mano a la boca y se rió, su risa sonaba siempre infantil y en general se la tragaba. Su mirada era vieja con mucho pasado encima, casi triste. Eso le dijo José, que si ponía esa cara tan seria no iba a encontrar un novio que la acompañe. Claro que a los once años la sola mención de un novio provoca un rubor inmediato e insolente. Más aún en el caso de Alma, que parecía de nueve. Flaquita, morochita y con unos ojos saltones que sorprendían a cualquiera y la dejaban sin aire a ella casi siempre. Había venido hacía dos años de Corrientes, sin muchos secretos, donde las chicas se empiezan a tragar los años a los quince.
     Llegó a Buenos Aires con su mamá. La mamá limpiaba una casa grande y casi desocupada. La nena ayudaba por las tardes después de la escuela. Baldeaba los pasillitos blanqueados que circulaban por el césped, frotaba los picaportes con cremas y trapitos y, a veces, cuando hacía lindo día, mojaba la vereda y miraba un poco la calle. Así conoció a José que trabajaba en la obra de al lado. De vez en cuando él pasaba por la calle, para no pisar, y siempre la saludaba.
     Un día, esos de sol y de calor, ella baldeaba descalza haciendo dibujitos en el piso con la manguera, escribía un Alma grande con letras de imprenta transparentes que brillaban. José, al pasar con el paquete de fiambre, se la quedó mirando. La nena se asustó al verlo tan quieto. El se acercó y le preguntó si conocía los arco iris que se ven en Buenos Aires. La nena no supo que decir, le sonaba a broma. El agarró la manguera, la puso para arriba y presionó suavemente su manito, apoyando el pulgar justo delante del sol. Alma vio resplandeciendo todos los colores de repente, sentía un olor fuerte desde ese hombre, el estómago le crujía y la imagen la encandilaba. Se apartó y se sonrió nerviosa. Él notó el miedo, pero no se movió. La miró un rato más, le tocó la cabeza y se fue, ensuciando con la arena y el cemento de los zapatos toda la vereda.
     La nena terminó de lavar rapidito y entró. A su mamá le restaban aún algunas tareas. Entonces Alma subió a las habitaciones del último piso, porque desde ahí podía ver la obra, y a José, construyendo una larga pared que lo iba ocultando. Había varios hombres trabajando ahí, uno se dedicaba a gritar guarangadas a todas las mujeres, y cuando alguna se daba vuelta se cagaba de risa; otro, que era más viejo, mandaba a todos y comía solo en un costado. Pero Alma sólo pudo ver a José, grandote, medio gordo, le hacía acordar a un tío que conoció de chica, con unos músculos que le parecían enormes y que latían cada vez que se movía. Lo miraba y le golpeaba el corazón con más fuerza.
     La madre de Alma terminó y se fueron juntas para el barrio de Once donde vivían en un departamento de dos ambientes, empapelado con el plástico que imita a la madera y los vidrios translúcidos donde la chiquita pegaba figuritas de Barbie. Esa noche soñó mucho, soñó con José, con sus brazos que la apretaban fuerte, con el agua transparente que le caía en la cabeza y cuando se despertó le dio vergüenza el sueño.
     Al día siguiente esperó largo rato a que José apareciera. Sin decirle nada, él la llevó hasta la playa y cerca del río le contó de la costa que existía del otro lado, donde lo que querés en secreto es fácil. Alma escuchaba sin entender demasiado y agarrándose la pollera para que no se volara. Tocó el pelo casi azul de ella y le dijo que él lo tenía igual, pero con rulos. Alma se llevó la mano a la boca y se rió, admirando la brillante pelada. José no habló más, sólo la observaba. La nena estaba muy nerviosa, a punto de salir corriendo. Él la tomó del cuello. Podía presionar un poco más y se quebraría. Acercó su boca, fueron cediendo de a poco los dientes apretados de la pequeña. Se comió la inocencia y el miedo con la saliva. Alma temblaba, pero él también temblaba. Se soltaron. Ella se fue alejando. La nena se dio vuelta en dirección a la casa. No supo en qué momento empezó a correr y a gritar para adentro. Transpiraba y lágrimas gordas ardían en su cara.