Literatura barrial.

martes, 14 de agosto de 2007

Salida

La calle estaba oscura y fría, los árboles temblaban ante la tempestad. Las casas iluminaban apenas al pueblo, como luciérnagas a un jardín. Las personas escondidas del clima, se adormecían frente al televisor. Sus semejantes eran personajes grotescos que no le respondían.
Pedro, en una de esas casas, se perdía en un pensamiento, quizás en un sueño. En los últimos días la angustia había tomado demasiada confianza, se había acercado hasta abrazarlo... Estaba mareado, su cabello tenía pegamento y su almohada no lo dejaba escapar. Empezó a caminar por la casa. Fue al jardín y vio plantas que se soplaban entre sí, fuertemente. Conversó con su perro Aitor. Éste le comento las peripecias de su trabajo, de los riesgos que se corren al cuidar una casa en los tiempos actuales.
Se traslado a la cocina y preparó unos mates humeantes, como le gustaban, bien amargos. Encendió un cigarrillo negro, sin filtro, lo apagó inmediatamente y salió de la casa. Caminó por interminables cuadras, en subida. Llegó hasta la plaza y jugó al fútbol con unos chicos que escupían sangre. El juego terminó para él, porqué el balón así lo decidió, golpeando con intención en sus zonas bajas. Cayó dolorido en el arenero y se fue hundiendo como en una ciénaga. La arena le llegaba al cuello...
Por fin pudo salir de su estado de somnolencia. Se quitó el pegamento del pelo y con esto la almohada. Se calzó el traje viejo y corrió inmediatamente hasta la plaza. Cuando llegó, comenzó a buscar el arenero. Lo divisó rápidamente, estaba a escasos metros de él. Empezó a escarbar y por fin se encontró. Se incorporó sacudiendose la arena del saco. Saludó a los pibes y siguió adelante.



Mauro.