Literatura barrial.

domingo, 27 de mayo de 2012

Ave de Tormenta.


Por fin puedo arrojar  al tacho de basura mi día laboral. Todo el día actué como un maldito miserable. Comiendo un sándwich de vacío mientras iba a cobrarle a un moroso. O tratando de quedar bien con el idiota de mi jefe. Pero ahora me siento bien distinto, ya no actúo como un asesor de crédito que quiere alcanzar el premio, ni como  un estudiante que mira el celular aburrido mientras la profesora  da clases. Ahora voy suelto por las calles de Lomas y el viento fresco del invierno, me desparrama tu adorable recuerdo, que me llena de ganas. Me gustaría cruzarme contigo, chica poeta. Pero es tan remota la posibilidad de encontrarte, que sería absurdo desearlo. Estaría bueno visitar a un gran amigo, pero creo que ya no tengo…
Si tan sólo me acompañara mi perro, podría hacer mil cosas,  ir a la villa de Talleres a pegar faso por ejemplo, pero Maxi murió hace dos meses. Que Dios lo tenga en la gloria…
 Mi compañera y mi hijo político están en el cumpleaños de mi sobrino político. Yo no fui pero el pibe me cae perfecto, le deseo un gran año para él y para su cuadro de fútbol.
La semana que pasó estuvo tan gris como mi suerte, pero como leí en una pizarra en el jardín de mi nena  esta mañana, “El sol del veinticinco viene asomando”, comencé a abrigar ciertas  expectativas al respecto. Mientras  las aves de tormentas sigan corriendo por encima de esta parada desértica, y  el vendedor de alfajores triples se  haya vuelto a su casa, siempre habrá  esperanzas de que salga el sol mañana. Por lo pronto asoma el 318 violeta que me deja a dos cuadras de casa. El colectivo va semivacío, el chofer, un hombre dormido con la boca abierta en el último asiento, y una paisana que teje y teje, son mis únicos acompañantes, me siento en intimidad con ellos, como si no hiciera falta mediar palabras para sentirnos en confianza. El vaivén parsimonioso del bondi me acuna contra la ventana. Las luces de afuera se reflejan en el vidrio empañado como una fibra mojada.  Me siento tan cómodo que me da paja  bajarme en la próxima parada. Hay una atmósfera de despreocupación en el bondi que sin quererlo me absorbió. Cargo mi mochila y  saludo al bondilero que me mira por el espejo retrovisor. Las calles de Escalada están empapadas. En la esquina el hambre clama, una señora busca en las bolsas de basura algo apetitoso, ó de valor. Cuando cruzo la avenida,  la vieja de pelo entrecano y grasiento, me mira fijo, como una leona hambrienta que acecha a su presa. Me da pavor. No me atrevo a dejarle una moneda, aunque después regrese sobre mis pasos y me acerque tímido hacia ella.
-Sin ánimo de ofenderla señora, le dejo una consideración- Le ofrecí cinco pesos más miserables que yo. No tenía el valor de mirarla de frente.  La situación era tan ridícula que la señora comenzó a soltar una risa que sonaba como el graznido de un cuervo. Me puse cada vez más incómodo a medida que aumentaba el sonido de sus carcajadas destempladas. No soporté más mi recelo y la miré de frente. ¡Qué mirada tan profunda e inolvidable detrás de esa cara curtida por el filo del invierno! Cuánta sabiduría acumulada detrás de tanta tiniebla maloliente! La señora, intuyendo mi sorpresa, de un zarpazo tomó el billete arrugado y continuó con lo que estaba haciendo. Me despedí imperceptible y pude comprender lo que había ocurrido, acababa  de ver una cabeza de tormenta, una alma poeta despojada de su familia, sin amigos, degradada por la ingratitud. Una sobreviviente de  esa multitudinaria generación de esclavos del dinero.
Mauro.