Literatura barrial.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Los Carteristas

Leyendo un libro que le llegó a Grisel por intermedio de su padre, que se llama “Los libros que cambiaron el mundo” del autor Robert Downs, en el capítulo que hace referencia a “Mi lucha”; me enteré, para mi asombro, que Adolf Hitler nació en Austria, en un pueblo llamado Branau, que limita junto a un río fronterizo con Alemania. Yo no sabía que el Fúhrer era austríaco. Tanto que se la daba de alemán puro, al final era austríaco. Según cuenta el autor, Hitler tuvo una vida juvenil llena de fracasos y frustraciones.  Según Robert Downes, Adolfito era un inadaptado social. Luego de terminar el período escolar, Hitler quiso pertenecer a la clase media vienesa, pero evidentemente fracasó en todos sus intentos. Quiso ser artista, pero no tuvo ningún tipo de reconocimiento. Luego intentó  ser arquitecto, pero la suerte lo esquivó  nuevamente.  Esto comprueba que Adolf Hitler quiso pertenecer a la clase media vienesa y que su falta de cultura y talento se lo impidieron. Cuando leí estas líneas sobre la vida de Hitler, me cayó la ficha que uno de los motivos del odio social y racista es producto de una causa psicológica. Como diría Pierre Bordieu, el fuhrer quiso acceder a cierto capital simbólico, para lograr cierta legitimidad o autoridad social, pero al no poder conseguirlo, se convirtió en el sujeto social más resentido de toda la historia de la humanidad. Tengo un compañero de trabajo que es homofóbico, cada vez que viene un cliente travesti a la agencia, que se llama Eugenia, a pagar la cuota de su crédito. Mi compañero homofóbico la llama Eugenio peyorativamente. Yo creo que uno de los motivos psicológicos de su fobia a otras personas de distinta orientación sexual se debe a su miedo de no pertenecer al grupo de parejas heterosexuales. Ya que él no tiene pareja, y según su percepción enferma esto puede generar ciertas sospechas.  La mayoría de las personas buscan descalificar a las personas distintas para afirmar su identidad, frente al resto. Generalmente suelen ser personas inseguras y con un montón de problemas no resueltos como todos nosotros. Yo iba a una escuela confesional y recuerdo que impedían el ingreso al colegio de aquellos chicos que no habían sido bautizados. Esto me pareció horroroso cuando tome conciencia. Debe ser por este motivo que con Grisel nunca bautizamos a nuestra hijita. Los ejemplos se multiplican, estoy cansado de todas esas personas que quieren cagar más alto que el culo. En mi vida cotidiana me veo rodeado de personas que descalifican a las personas en situación de pobreza. Hay un concepto de Pierre Bordieu que me explicó muy pacientemente Griselda que habla de este tema.  El capital simbólico vendría a ser todo aquello por lo cual, luchan, participan y compiten los agentes sociales en diferentes campos. El capital simbólico funcionaria como el botín de guerra para estos participantes. Nadie lo alcanza plenamente pero muchos lo ostentan, y aunque algunos lo desprecien durante toda su vida, no se privan de echártelo en cara cuando las papas queman. En este camino por acceder al capital simbólico,  las clases sociales suelen identificarse con las clases  altas más próximas, “los del chalet de la esquina”. Es muy común el ejemplo del tío que empieza a jugar al golf, o la pareja amiga que prepara sushi, deportes, vacaciones y comidas funcionan como signos de distinción de clase.Pero como todo signo tiene dos caras, aunque logre comprarse la joya más cara, el pequeño burgués no  deja de sentirse como un carterista. Como un profanador de aquello que no le pertenece. 

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