Literatura barrial.

jueves, 5 de abril de 2012

¡No existís!

Pienso luego existo. Es la gran frase del filósofo René Descartes, que resuena en mis oídos cada vez que la leo, o la escucho. Yo puedo dudar de mi existencia, pero no queda ninguna duda que soy una cosa que piensa. Cada mañana, dudo si es que estoy dormido o despierto, pero no dejo de percatarme que estoy dudando. Y así arrancamos, cada uno de nosotros, el día.
Seguramente Durkheim -este autor que leímos todos aquellos que tuvimos que sortear la materia Sociología alguna vez-, agregaría que Descartes pensó, lo que denominó después el cogito cartesiano, porque nació en un lugar determinado, tuvo una educación determinada. En fin, tuvo un entorno social e histórico que lo moldeó, quizás como el filósofo racionalista más influyente de la sociedad moderna. A mí hay algo que no me cierra en lo que dice Durkheim, aunque aclare que hay cierta rebeldía de la generaciones nuevas en aprender lo que las generaciones viejas le enseñan, deja muy poco espacio a la característica innata del sujeto a transformarse y a transformar el mundo. A mi parecer, el pensamiento de Durkheim cae en un determinismo histórico que peca de reduccionista.
En las antípodas de la escuela clásica, figura entre otros, el existencialismo de Jean Paul Sartre, que postula: “La existencia precede a la esencia” Entiendo en este concepto, que nuestro devenir existencial nos define como personas a través de nuestros actos, deliberados o no. A lo largo de nuestras vidas nos encontramos con pequeños y grandes dilemas que nos atormentan. Y creemos equívocamente que vamos hallar la respuesta correcta. En ese trayecto podemos llegar a consultar al psicólogo, encarar viajes sumamente incómodos, o hasta dejar de hablar con nuestra propia madre. Pero al cabo de un tiempo recapitulamos y descubrimos, cual epifanía, que la salida es dar un paso hacia delante para pasar de casillero. Y al fin darnos cuenta que ningún precipicio es eterno.
Sartre nos compromete hacernos cargo de nuestras vidas, que según él, no dejan de ser absurdas. Lo que resulta muy romántico, en el buen sentido de la palabra. Pero sinceramente no creo que tengamos un margen de libertad tan amplio. Por ejemplo: Yo puedo elegir no trabajar en relación de dependencia, alquilar y no vivir en la azotea de la casa de mi vieja, ó no comportarme como un pelmazo con mi vecina de enfrente. Pero de ninguna manera, puedo elegir ser candidato a Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires para las próximas elecciones, simplemente porque no tengo los recursos de un millonario. Focault, como una especie de discípulo errante, nunca vanaglorió al viejo Sartre, aunque sentía por él una profunda simpatía. Nos enseña que nuestro modo de ir al baño o llorar en los velorios, está atravesado por relaciones de poder, esas inefables babas del diablo. El poder no se posee, se ejerce. Y con esas palabritas Focault nos cambió la vida. En cada relación con otras personas que establecemos advertimos el fin de la inocencia: Cuando hablamos con nuestro jefe, ó nos deshacemos en explicaciones con nuestro vecino que nos amenaza con denunciarnos por ruidos molestos.
Lo que últimamente me resulta profundamente letal de la filosofía es su inaccesibilidad. Para entrarle a sus textos y no perder la paciencia, hay que machacar y machacar, probar con cien llaves diferentes, hasta que por fin abrimos una puerta. Eso sí, detrás de cada paso de bebé que damos, nos volvemos bien distintos.

Mauro.

2 comentarios:

Julia dijo...

Qué suerte tener las cosas tan claras.
Más, trascenderlas.

Me gusta mucho como está escrito ésto.
Muchas gracias por compartirlo!

Escondete! dijo...

muchas gracias por tu aliento!
Nos enaltece tu presencia...