Literatura barrial.

viernes, 9 de febrero de 2007

" El Hombre que la pone siempre"




El Hombre que la pone siempre es una persona que se agita fácilmente. Su corazón late como el de un tero asustado. No camina. Se mueve en pequeños y eléctricos saltos, como si tuviera resortes en las plantas de los pies. Por esta condición tan siniestra y divertida, los vecinos lo conocen como el monje depravado o como el conejito de duracell.
La última vez que lo vieron, rebotaba por una calle tranquila del barrio. Vestía una sotana marrón. No usaba debajo: ni ropa interior, ni camiseta. Dicen que cuando nadie lo pispeaba se apoyó sobre las rejas de una casa nueva. Mordió el hierro, se levantó la seudo-pollera y dió libertad a su sexo. Esperando que algún perro juguetón viniera por él.
Les digo que el único problema del “Hombre que la pone siempre” es que no respeta la voluntad del otro y hace oídos sordos a los gritos y gemidos de la sociedad. Lo que pasa es que siempre tiene ganas de garchar. Algunas veces, cuando esta muy desesperado, se dibuja un infante sonriente en la mano y dale que dale.... o sino, recurre a la no muy conocida pero sí muy efectiva “paja de la mosca”. Se untá el miembro con dulce de leche espeso. Luego, atrapa un moscardón verde y zumbón, ahí nomás los encierra en un vaso lo suficientemente largo y en pocos segundos lo invade una comezón aguda y vibradora por todo el cuerpo.
Yo lo conozco al “hombre que la pone siempre”. Me lo presentó en un seminario una monja ninfómana que hace caridad:
-¡ Qué hace cachorro! Este es el que te la pone siempre- gritó la monja mientras mascaba un chicle de uva. Yo, asustado al escuchar su apodo y conocer su fama atiné a saludarlo con la izquierda y con la derecha me tapé la parte de atrás. (Aunque tenía un jeans grueso sabía de su desgarradora potencia sexual)
- Hola ¿ Cómo le va?- dije estirando el brazo.
- Bien, muy bien- dijo sin responder a mi saludo. Después se puso hablar del tiempo con la monja ninfomana:
-Viste Edith, va a lloverga- ( Edith era el nombre de la monja que tenía la particularidad de tener un tatuaje muy tumbero en el cuello. Era un San Benito en paños menores, muy libidinoso y sensual)
- Sí van a caer soretes de punta. El cielo esta chispeando como pija de burro sin frenillo- contestó la monja y luego se fue a la parroquia.
El hombre que la pone siempre me miro detenidamente y luego comentó:
- ¡uiih esta relampajeando!- una sonrisa le cruzó la boca.
Por fin, como un monje discreto inclinó el brazo para despedirse. Inquieto, lo salude simpáticamente. Estaba a un paso, mejor dicho a una mano de la libertad.
- Adios amigo- Dije nervioso!!
- Amigo, amigooordito!!! Vení para acá-
Lo único que puedo decir es que me agarraron sus manos como dos tenazas y ya no pude escapar más del “Hombre que la pone siempre”.
Mauro

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