Una persona, la cual desconozco su paradero e identidad, me
recomendó telepáticamente el libro de María Moreno: Black Out. Quiero decir a
esta persona desconocida que todavía no lo leí, pero que muy pocas veces me
equivoco con los libros. Esto se debe a mi experiencia como lector avezado,
supongo. O quizás, porque antes de comprar un libro, leo la primera oración del
mismo cual si ésta tuviera la misión de revelarme un secreto. Lo cierto es
que Black Out me cautivó desde el principio, “El hombre subió al ómnibus. Llevaba una
enorme jaula cubierta por un trapo negro.” El comienzo es tan bueno como el
principio de La metamorfosis de Franz
Kafka, "Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño
intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.”
Tranquilamente el comienzo de la novela de Kafka, como el libro de relatos,
micro ensayos y crónicas de María Moreno, podrían presentarse como
microrrelatos. Esas pocas líneas valen por si mismas, no necesitan otras
oraciones que la complementen. Como el microrrelato del escritor guatemalteco,
Augusto Monterroso, “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Paul
Auster dijo alguna vez, que intenta dejar espacio en su prosa para que el
lector la habite, que el lector se apropie de las escenas y situaciones de un
libro y las aplique a sus propias experiencias.
¡Me encanta la microficción!
Junto a mi
coequiper Griselda, ideamos un montón de stickers, que contenían distintos
microrrelatos en forma de viñeta. Recuerdo que pegábamos estos stickers en las
publicidades del subte y las paradas del colectivo. Era muy divertido para
nosotros subvertir una publicidad donde, por ejemplo, Iván de Pineda aparecía
en calzoncillos diciendo “El cura de mi parroquia conquistó a mi papá”, ó una
Mirtha Legrand promocionando su programa de almuerzos, exclamando: “¡Ey Gillipollas!¡Cógeme,
cógeme!”, sublime… Espero que algún curioso/a lo haya advertido.
Mientras escribo,
escucho el programa de radio del periodista Reynaldo Sietecase, me llama
poderosamente la atención la distancia entre los conductores radiales con la
realidad de sus oyentes. No sólo Reynaldo Sietecase, también María O Donell,
Matías Martin, etc, etc. Pareciera que en sus comentarios, anécdotas,
enunciados, se dirigen a un oyente que no vive en el conurbano ó la ciudad de
Buenos Aires, sino en la ciudad de Estocolmo, Suecia o algún terruño con un
Estado robusto. Perdonen la digresión, es que me indigno con los medios masivos
de comunicación, no lo puedo evitar. Griselda bromea a menudo conmigo, diciendo
que el día que hagamos la revolución, antes de tomar la casa de gobierno, vamos
a ser una parada técnica en las radios y canales de televisión para prenderlos
fuego.
En los últimos
años, descubrí un escritor que me iluminó como pocos lo hicieron. Roberto
Bolaño es el nombre del autor de la novela Los
detectives salvajes. Si hay un lector desprevenido que no lo haya leído
todavía, que deje todo como está y vaya corriendo a la librería más cercana a
comprar o robar esta novela. Roberto Bolaño no proviene de ninguna dinastía literaria
o académica, es un escritor que se hizo sólo, que lo único que heredó de su
patria fue el exilio. Desde ese “no lugar” fue construyendo su prolífica
literatura.
Hace poco encontré en el canal Youtube, una entrevista a Roberto Bolaño que la recomiendo
fervientemente. En la misma el escritor chileno se muestra muy suelto con sus
palabras, sus gestos, hablando de literatura con un colega chileno. En el
comienzo de la entrevista, el entrevistador le pregunta por los personajes
principales de la novela Los Detectives
Salvajes: Arturo Belano y Ulises Lima; poetas visceralistas, criminales, son
algunos de los atributos de estos personajes. Lo interesante es que Roberto
Bolaño cuenta que el personaje de Ulises Lima está basado, o sea, es el fiel
reflejo de su mejor amigo de toda la vida: Mario Santiago, que además de
considerarlo un verdadero poeta, lo define como un lector empedernido. Lo gracioso de la anécdota es que Bolaño, en
un momento, comienza a darse cuenta que sus libros estaban en su mayoría mojados. Y se empieza a preguntar
¿Es que acaso ha llovido en México? Bolaño intenta encontrar una explicación del
porqué las páginas de sus libros estaban húmedas, pero no la encuentra, hasta que
en una ocasión, al regresar a su pequeño departamento del DF, sorprende a su amigo leyendo
debajo de la ducha con el brazo extendido. Lo que más me gustó de la anécdota
es que después de escucharla, inmediatamente recordé a Ezequiel Manganelli, un
ex compañero de trabajo, un lector voraz, siempre que lo encontraba, me
mostraba un libro distinto. Fue instantáneo, escuché la anécdota de Bolaño y en
un flashback, vi desde la ventana de un colectivo de la línea 501, a Ezequiel Manganelli, caminando por una
vereda de la ciudad de Monte Grande, con el brazo extendido, leyendo un libro.
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