sábado, 2 de diciembre de 2017

Pepo



      Los experimentos que emprendía Lautaro eran mórbidos. Le gustaba cazar moscas y dejarlas prendidas a la seda. La tarea de la araña era precisa, se acercaba imperceptiblemente al insecto y en un movimiento relámpago, pegaba el zarpazo letal.
Desde chico, Lautaro disfrutaba de esas tardes de verano ventosas, cazando alguaciles con la red que le había hecho su tío. Una tarde de enero llevó un frasco con sus presas al galpón del fondo, un rastrillo y una caja de clavos se desparramaron sobre el suelo cuando, sin quererlo, pateó la mesa. Sacó una lupa de un cajón polvoriento y los examinó con meticulosidad científica, los alguaciles parecían helicópteros de guerra.
     La casa quedaba pegada a las vías. Era espaciosa, pero en los últimos años se había venido abajo. La humedad en las paredes, el bullicio de las ratas caminando por las tejas; el jardín lleno de cardos y los yuyos rebeldes saliendo entre las baldosas, le daban un aspecto silvestre.
     Lautaro nunca sintió la ausencia de sus padres. Nunca se le ocurrió recriminarles nada a ellos, ya que ni siquiera los había conocido. El se sentía muy bien acompañado de su tía Aurelia, su hurón llamado Pepo, y hasta hace un año, de su tío Alberto. Ahora tan sólo habían quedado ellos tres. A su tío un cáncer de próstata lo fue minando de a poco, durante los últimos diez años, hasta que se lo llevó mientras dormía la siesta. Este último suceso, en cierta manera, determinó que Lautaro comenzara a refugiarse en los libros de biología y ciencia: 

"Las partes del cuerpo tienen entre sí, aunque sean diversas, una relación característica que predomina en el curso de vida de un organismo pluricelular. Luego, estas partes abandonan la relación existente para componerse con otras células, por ejemplo:
Las células del cuerpo humano dejan de tener una relación característica para pasar a ser un alimento muy nutriente para los gusanos y las bacterias. De este modo se produce la descomposición del cadáver hasta volverse materia orgánica para la tierra"

-Del polvo venimos y hacia al polvo vamos-, reflexionó Lautaro y cerró el libro.
     Pepo era un hurón de tamaño mediano, con pintitas negras y dientes cónicos y puntiagudos, como agujas de tejer. Lo encontraron, una mañana, atrapada en una trampera para ratas que habían puesto debajo de la ligustrina y que lindaba con las vías del tren. El tío, como buen santiagueño, lo reconoció de inmediato y desde entonces decidieron adoptarlo como mascota. Lo fueron domesticando de a poco. El tío Alberto construyó una jaula grande donde podía corretear y en ocasiones lo dejaban que anduviera suelto por la casa. Hasta que una mañana, la tía Aurelia, que llevaba unas lámparas viejas al altillo, encontró a Pepo despedazando una rata que chillaba como una chicharra.
-¡Desde ahora en adelante este bicho no se deja más suelto!- Sentenció la tía a Lautaro, mientras éste miraba "El Correcaminos" y tomaba la leche con cara de desentendido.
     El tío Alberto y la tía Aurelia se amaban profundamente. Habían venido de Santiago del Estero por razones económicas y con mucho esfuerzo y trabajo construyeron su casa en un terreno ubicado cerca de la estación Gonnet, que pagaron en interminables cuotas.
Allí vivieron plenamente. El momento más feliz para ellos fue cuando vieron por primera vez a Lautaro en el patio del orfanato. -Mientras todos corrían detrás de la pelota, él hacía un pozo en la tierra y ordenaba a las hormigas, en filas, como en un ejército-.
     La enfermedad nunca amedrentó al tío Alberto, que siguió fumando sus buenos cigarros y tomando su vermut debajo de la parra, cuando caía en el horizonte el sol.
Cuando se murió el tío, ella fue la que sintió más que nadie su ausencia, sin embargo, no se abandonó y siguió con sus quehaceres cotidianos. No pasaba un día sin rezarle a la virgencita y todos los sábados iba con Lautaro al cementerio. Llevaban semillas, flores y tierra fértil. Pasaban la tarde allí, descansando y emprolijando el cantero de azaleas que rodeaba la tumba.
     El tiempo pasó y ya no fue tan regular la visita de la tía al cementerio, que a través de una amiga consiguió un puesto de ropa en la feria. En cambio, Lautaro continúo yendo todas las semanas, se hizo bastante amigo del cuidador y a veces ayudaba a los sepultureros a cambio de alguna propina. Su tía jamás se enteró de esta actividad, pero semana a semana verificaba puños y rodilleras cada vez más embarrados y mientras dejaba la ropa en remojo se preguntaba:
-¿En dónde se meterá este chico?-
     La familia se fue recomponiendo. Lautaro ya tenía doce años y era un excelente alumno, un buen compañero de su tía y decía que quería estudiar medicina.
     Pepo comenzó a andar suelto por la casa como cualquier animal doméstico, aunque tenía hábitos raros: miraba por la ventana que daba a la obra de enfrente, donde alguna vez trabajó el tío Alberto; dormía la siesta en la cama grande, cuando se quedaba solo y todos los días se recostaba en el felpudo, debajo de la parra, durante el atardecer.
     Un domingo soleado Lautaro se levantó a la mañana con muchas expectativas y se metió directamente a la ducha sin desayunar. A las 10hs. pasaba a buscarlo su amigo Pablo con su familia, iban a ir al zoológico de los animales sueltos de La Plata, -Ojalá pueda pasear en elefante-, imaginó Lautaro mientras se ponía las medias.
-¡Beep, beep!- El sonido de una bocina llegó desde afuera.
-Cuidate mucho y hacele caso a los padres de Pablo-.
-Si tía, nos vemos-. Lautaro corrió hacia el auto cargando una mochila que era más grande que él.

-Chau, pásenla bien-, gritó la tía efusiva desde la puerta.
El auto se alejó y dobló en la avenida.
     Cuando entró a la casa decidió prepararse un té de manzanilla, encendió la hornalla y vio a través de la ventanita de la cocina la luz del galpón del fondo prendida. Fue a apagarla.
-Qué raro que esté prendida, si ayer antes de acostarme apagué todo-, pensó.
Mientras avanzaba esquivando los cardos escuchó el estruendo de un vidrio al caer.
Asustada, agarró un fierro y se acercó sigilosa hasta la puerta, pegó una patada y lo alzó amenazante sobre su cabeza. Al entrar en la habitación encontró a Pepo inclinado sobre un frasco de aceitunas roto que estaba lleno de carne podrida y gusanos. El hurón devoraba con fruición cada pedacito de carne mohosa, el olor y las moscas tornaban el aire irrespirable. El bicho tragó con avidez el contenido del frasco hasta roer los últimos huesos de lo que parecía haber sido una mano. La tía estupefacta bajó el fierro. El animal levantó la vista y le sonrió satisfecho.