martes, 22 de agosto de 2017

Subiendo



     Llegó asustado, pensó que lo seguían y desde que pensó eso ya no pudo pensar en otra cosa. Cada vez que la veía tenía que estirarse la lengua con la mano para poder decirle algo. Ese día para colmo creyó oírla, fue por un segundo nomás.
     Ella miraba fijamente la computadora, tenía un rictus de fastidio y hablaba con la voz más nasal del mundo. Le explicaba algo a una vieja que no entendía, -4,66 por todo cargo fijo, señora-, leyendo sin leer, repitiendo de nuevo cada frase, como si machacar sobre esa cabecita sirviera de algo. Buscó con la vista un rasgo de solidaridad anónimo, cruzó su mirada con él y movió los labios.
     Se puso tan nervioso que cerró los ojos como si se estuvieran quemando, los sacó de ahí con un apuro desubicado, y esa desaparición la sorprendió como si la hubieran descubierto robándose un chocolate.
     Lo tenía visto y le parecía muy chico. Era un cadete, podía ver la sombra del casco en el codo, la campera para la lluvia, la punta de las zapatillas. Y una miradita de soslayo que jugaba a las escondidas.
     No, no era muy chico, era ella que creía tener mil años. Después de todo, que bueno estaría tener una moto y andar en zapatillas todo el día… Podía verlo aunque él cerrara los ojos y se escondiera como una criatura. Se sabía linda para mirar lo que quisiera, pensó, y aunque costara un esfuerzo mayor, mostrar un poquito más.
     Ahora estaba perdido entre una multitud de jubilados que entraban y salían por la puerta del banco. ¿No estaba siendo la empleada del Banco más cortés que de costumbre? ¿Desde cuándo sonreía de esa manera? Pablo bajaba la cabeza acomodando un rulo castaño sobre la oreja, agarrándose los puños de la campera que chorreaban sobre la alfombra.
Ella se imaginó la cara contra el viento, agarrada a su cintura, paseando en moto y ligero. Entonces se rió con ganas.
     El que solo se ríe… Tenía un viejo adelante y no se había dado cuenta. Era un hombre parecido a su papá, hasta hacía los mismos gestos entre ampulosos y ridículos de caballero andante. A ella, que a esta altura no le quedaba una pizca de edipo, los señores galanes la malhumoraban sobremanera. Para colmo de males el señor tenía terribles problemas financieros, complejos reclamos que había que enviar, hablar con sectores, confirmar recibos. Una pesadilla dantesca que significaba lisa y llanamente su trabajo. Era buena acordándose cosas y hasta allí llegaba su talento. Le gustaba pensar que sólo estaba ahí por llegar siempre temprano.
     El tipo se fue rápido, no había nada que hacer, ese hombre era una bomba de tiempo y no iba a cambiar demasiado, jamás iba a tener crédito en ese banco y creía íntimamente que en ningún otro. Volvió a levantar la vista, y esta vez con cansancio. ¿Cuánto faltaba para comer, para ir al baño? ¿Dos horas? Para irse, para que llegue el fin de semana, para que lleguen las vacaciones, para que llegue algo.
     Volvió a mirarlo de frente, Pablo se estaba secando la cara con un pañuelo. Los dos se encontraron con los ojos. Entonces las agujas de los relojes se detuvieron. -No hay sistema. Lamentablemente no los podemos seguir atendiendo-. Gritó el cajero. Los jubilados y los clientes se enardecieron y se amontonaron detrás de las ventanillas de cobro.
     Pablo salió a la calle confundido, caminó rápido para irse de la situación, le había dado mucha vergüenza y encima sintió un calor que le subió al cuello. Si hasta se había puesto colorado, que idiota que soy, que imbécil, esto no sucedió, no sucedió... Prendió un cigarrillo para hacer algo, se pegó el humo mojado a la garganta.
     Creyó que fue entonces que sintió la mirada en la espalda, como si ella hubiera salido tras él. Una idea tan ridícula que le causó gracia. La chica lo miraba, le hablaba (porque de eso no cabía duda, le había hablado), él salía corriendo muerto de vergüenza, y a pesar de eso ella lo seguía para besarlo… Estaba buenísima la idea, tan buena como imposible. Y obvio, no era ella.
     Siguió caminando tapando el cigarrillo con el puño de la campera para que no se mojara. Paró en una esquina y esperó que el semáforo cambiara. Un viejito con cara de perdido y una bolsa de pan en la mano lo saludó como si lo conociera, se reía y tapaba una dentadura amarilla y extraña. En ese momento se sintió observado y se dio vuelta rápido, tuvo la certeza que alguien estaba detrás de él, sintió un roce en el hombro, el calor de la mano que se acercaba, pero no lo tocaba.
     Un chubasco sorpresivo se largó y terminó por llenar todos los charcos que quedaban, miró para el lado donde estaba el viejo, quería hacer un comentario estúpido. El viejo había desaparecido, miró para todos lados. ¿Dónde se había metido?, si hubiera cruzado el semáforo estaría delante de él. ¿A qué velocidad tendría que haber pasado para irse tan rápido?
     La lluvia paró y empezó a hacer frío, era increíble en enero. Apagó el cigarrillo y empezó a caminar, metió las manos húmedas en los bolsillos de la campera, no sirvió de mucho, los bolsillos eran más húmedos que el agua misma. La calle se había vuelto invernal y vacía de un momento a otro. Sintió de vuelta que lo seguían, qué mal momento para volverse un cobarde.
     Era tonto hacerlo pero en cuanto vio el edificio sabía que iba a terminar por entrar, una jugada infantil no vendría nada mal después de tanta paranoia urbana. Entrar y subir hasta el último piso, ver la terraza y después bajar como cualquier hijo de vecino.
Le sostuvo la puerta a la chica que llevaba un perro, sonrió confiado, la chica lo miró intentando descifrar de donde lo conocía. Subieron al ascensor, segundo piso para ella, el apretó el último, el doce. Cuando la chica bajó en el segundo lo miró adivinando algo, él bajó la vista. Siguió hasta el doce, pero en el doce la puerta no se abrió.
     Paró el ascensor de repente tocando apenas el techo (eso era imposible, los ascensores no hacen eso) y se detuvo. El trató de apretar botones, no era claustrofóbico pero la idea de estar atrapado en un ascensor totalmente ajeno le dio miedo. Pasó un ratito, le daba vergüenza tocar la alarma, cuando le preguntaran quien era, ¿qué iba a decir? Pasaría como un loco, ó como un ladrón.
     Sintió cómo se movía el piso, se movía en serio. Apoyó los pies más fuertes. Tuvo miedo de caerse, de morirse. Pero lo que sucedió fue que perdió el equilibrio, el ascensor comenzó a moverse y se deslizó hacia el costado. En un segundo la puerta se abrió sin hacer ruido, él no atinó a moverse. Flotando el aparato recorría el piso doce, no por el pasillo sino atravesando cada una de las paredes, asomándose impúdicamente.
En el doce B había una señora dormida con la tele encendida, un adolescente en la cocina comía directamente de la heladera y si no quería más, se lo daba a un gato que se acariciaba entre sus piernas.
     El doce A era un departamento más grande, limpio e iluminado en el que no parecía haber nadie. Hasta que vio a un señor de traje, acostado en la cama, durmiendo. Se acercó un poco más el ascensor. ¿Esto lo hacía espontáneamente el aparato, ó era él quien lo manejaba?, se preguntó. El hombre soñaba algo lindo, porque sonreía y murmuraba, daba ganas de acostarse al lado para que contagie esos sueños. Había una ventana cerca y vio que desde ahí, la lluvia parecía aún más hermosa.
     En el doce D no había nadie y era una casa tan despojada que Pablo dudó que alguien hubiera estado alguna vez ahí. Oyó la canilla del baño abierta y vio una taza de té en la mesa. En ese lugar hacía frío.
     Pablo pensó en el doce C, había que ir ahí. Por primera vez tuvo que abrir la puerta y ahí estaba la chica. Sentada en el piso, en el medio del living, pintándose las uñas de los pies de un color coral fluorescente. Era diferente sin uniforme y despeinada. La casa resultó demasiado femenina y con olor a chicle. La chica estiró las piernas y él vio las uñas coloradas y el algodón entre los dedos. Ella terminó su trabajo y apoyó el pincelito en el frasco. Sonrió satisfecha.
     Ahí estaba Pablo mirándola absorto. La chica levantó la vista de nuevo y lo escrutó de lleno, como un lector de código de barras. Pablo no desvió la mirada. El ascensor dudó un instante, se bajó antes de que reaccionara y ya no le importó por dónde salir.