Literatura barrial.

jueves, 20 de julio de 2017

Miyagi


     Quique caminaba por el hall del aeropuerto como un gallo en un gallinero, los ojos bien despiertos y el cogote recto. Con pasos firmes realizaba recorridos pequeños, midiendo distancias que se repetían durante todo el día.
     Tenía un Volskwagen 1500, en esa época los taxis del aeropuerto eran rojos y negros y no azules y blancos como ahora. Los choferes pirucheaban los viajes:
-¿Taxi Sir.? Taxi, very cheap...- Ametrallaban a los desorientados pasajeros.
     Quique se paseaba con las manos en la espalda, mirando de soslayo a las vendedoras del Free Shop que desfilaban en grupo por el espigón internacional. Un señor que cargaba una valija inmensa le detuvo el paso y pronunció en un difícil castellano:
-A la ciudad, Sheraton hotel-
     El taxista lo observó detenidamente, era un hombre de baja estatura, de proporciones pequeñas, era chino o taiwanés, de algún país de Oriente. Vestía un traje color crema que le quedaba holgado y le daba apariencia de dandy venido a menos.
-Muy bien, acompáñeme por favor-, contestó solícito. Cargó el equipaje y caminaron hasta el playón del estacionamiento. Mientras alzaba los bultos hasta el baúl. Manoteó lo que pudo y lo escondió detrás de la rueda de auxilio.
     Una brumosa e iluminada autopista los llevó ligeros hasta la avenida Paseo Colón. El pasajero no pronunció palabra en todo el trayecto, pero puso esa cara que ponen algunos cuando ven la ciudad por primera vez. Murmuraba una emoción solitaria, mientras apoyaba la frente en el vidrio.
"Que me corte el crédito vaya y pase, es su negocio. Ahora no voy a permitir que me trate como a un enfermo. Yo no tengo problemas..." Reflexionó Quique con los ojos fijos en el reloj, era recién la primera vuelta que daba. Abrió la ventanilla y el aire se refrescó de pronto.
     Estacionaron en la entrada del hotel. Después de guardar los dólares en la guantera, ayudó a bajar las valijas, aunque no era necesario.
     Contabilizó mentalmente el botín, "eran dos corbatas, un perfume y un cofrecito que parecía de joyas". La curiosidad pudo más y en la esquina frenó en la YPF, abrió el baúl. Las corbatas eran horribles, pero parecían de calidad y el cofrecito estaba lleno de droga.
-¡Qué viejo pillo este! Y yo que pensé que estaba emocionado, duro estaba ja, ja- Tuvo ganas de festejar, se puso un poco de perfume y encaró para el Oeste.
     Terminó en lo de la peruana, era jueves y los días de semana se ponía bueno, los sábados y los domingos se llenaba de pendejos y no había ni donde sentarse... Desde la barra divisó al “Pekinés” que estaba empalagado con una pelirroja de ojos marrones, le hacía señas para que se acercase. Compró una cerveza y la llevó a la mesa, las chicas pasaban y lo saludaban con un beso, a la mayoría las conocía de vista, a veces iba sólo a tomar algo.
     Cuando contó la historia, el Pekinés se cagó de risa y brindó por detrás del vaso. Fueron juntos al baño y cuando volvieron frotándose los dientes, la mesa tenía una cerveza helada y a la chica de rulitos sentada fumándose un Marlboro.
-¡Mamita, qué rica!-, le susurró el Pekinés al oído mientras agarraba a la amiga de la mano y se perdía hacía el pasillo del fondo.
     Sonó el reloj. El señor Sang estaba despierto hacía rato. Los ojos abiertos en la oscuridad, vigilando la nada. La habitación era espaciosa y con un gran ventanal que daba sobre el río. Ya Amanecía. Las valijas estaban sobre los sillones. Había llegado destruido. Era la primera vez en tres días que podía dormir, al menos un par de horas, desde que su mujer había muerto. Y esa sensación nueva de abrir los ojos sin ella al lado, lo inmovilizaba. Finalmente pudo levantarse.
     De a poco fue armando el altar. Con sus cosas favoritas: las velas, las cremas, los pocillos de comida, la ropa interior perfumada, los dragones de plástico, los adornos de navidad; las fotos de los casamientos, las vacaciones, los nietos. Una despedida íntima de todos sus placeres. En la ciudad a la que siempre había querido volver desde niña. Cumplirle ese deseo póstumo era lo mínimo que podía hacer el señor Sang por la compañera de toda su vida.
     Emocionado fue hasta la valija y se asombró al darse cuenta que estaba todo preparado, menos ella. Alguien había robado los restos, en polvo, de su mujer.

     Quique se desplomó en la cama y alargó el brazo para apagar la radio que estaba en la mesita de luz, le zumbaban los oídos. Se tocaba la hebilla del cinturón y miraba el techo mientras se dejaba hacer, con los ojos fijos en la telaraña. "Que oscura y finita era ese veneno que tomé, era como ceniza volcánica". Una sensación acalambrada subió desde su cadera. Era un volcán en erupción, como en las películas, un alud de piedras rojizas incandescentes y una lava fluorescente que se desbordaba sin control. Relajó las piernas y se tapó con la sábana. La chica se levantó y se metió en el baño dejando la puerta abierta, podía ver el humo del cigarrillo apoyado en la pileta y empezó a marearse.
-Creo que me siento mal-, alcanzó a decir antes que una venda le tapara los ojos.
Cuando los abrió sintió frío, la chica le pasaba una remera mojada por la cara, el Pekinés, del otro lado de la cama, lo miraba preocupado.
-Mirá que flojito resultaste ser...-, dijo la piba en tono de reproche.
-¡Me vomitaste toda la cama! Lo más raro es el color... nunca vi vomitar amarillo, ¿Qué comieron ustedes dos?-
Quique trató de incorporarse y alcanzó a decirle a su amigo:
-Este Miyagi está loco, será muy buena, pero con el estómago vacío te pega para el orto.



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