Literatura barrial.

sábado, 15 de julio de 2017

Maxi


     
     El domingo había amanecido espléndido. Aunque era otoño y la temperatura no era alta, el sol abrigaba con sus rayos tibios como bufandas de lana.
Cerca del mediodía, Guille había comprado sorrentinos en la fábrica de pastas y regresaba a casa a pie, con su perro. En el puesto de diarios de la avenida se distrajo mirando las tapas de algunas revistas.
-¡La puta que te parió, perro de mierda!- Guille escuchó un grito desaforado y al darse la vuelta pudo ver a un parrillero que blandía una cuchilla al cielo. Maxi huía, como buen perro ladino, con un pedazo de vacío en la boca de casi dos kilos. Atrás quedaba una nube de humo. -Maxi, tómatelas de acá, no te conozco.- Guille lo retó por lo bajo y comenzó a caminar apurado, con las manos en los bolsillos. Con el rabillo del ojo vio al parrillero que se le acercaba.
-¡Muchacho, muchacho!-
-¡Rajemos boludo!- le gritó a Maxi y se fueron corriendo a toda velocidad hasta la casa.
     Maxi es un perro mediano, de color negro casi en su totalidad, excepto por unos reflejos color caramelo que tiene alrededor de los ojos, con forma de antifaz. Tiene el pelo corto y las patas fibrosas, que apenas tocan el suelo cuando se larga a correr. Casi siempre está de buen ánimo. Se puede decir que es medio atolondrado con las personas y muy desafiante con los perros. No le gusta el alimento balanceado y tiene la costumbre, como la de cualquier perro callejero, de hurgar en la basura y en la comida ajena.
     Fue a fines de marzo cuando Guille se tuvo que mudar de la casita de Monte Grande porque la dueña no le renovó el contrato de alquiler. La propietaria nunca había visto a Guille con buenos ojos... Era una mujer a la que no le gustaban los animales en general, menos los perros callejeros.
     La casita donde vivía Guille era la última medianamente sencilla que quedaba en ese barrio, que había cambiado mucho los últimos años. La zona había cambiado arquitectónicamente, la mayoría de los hogares se habían convertido en dúplex idénticos. Pero aunque quedara poco del pueblito de terrenos espaciosos y piletas al fondo, a Guille todavía le gustaba dormirse en esas nochecitas calladas cruzadas por el rugir de los aviones de Ezeiza. Se había criado en esas largas cuadras arboladas, por esas esquinas había aprendido a andar en bicicleta sin manos y  había besado por primera vez a una chica, aunque no recordara su nombre, podía evocar esa sensación tibia recorriéndole el cuerpo. Le costó despegar, pero ya era tiempo de conocer otros barrios. Decidió que si se iba a mudar, tenía que ser a un barrio tan lindo como ese y en el que por supuesto hubiera lugar para Maxi, su compañero de ruta.
     Por suerte, consiguió enseguida un departamento, en el sur de la capital, por intermedio de un compañero del trabajo. Una inmejorable oportunidad que Guille no desaprovechó.
Tanto a Maxi como a Guille no les costó mucho acostumbrarse al cambio. Las calles tranquilas, el viejo puente y las vías del tren de la parte vieja de Barracas se transformaron en el paisaje cotidiano de los paseos de ambos. Maxi se acostumbró a andar sin correa y Guille a saludar a los vecinos por su nombre.
     Pero la armonía duró poco. Un lunes a la tarde, ya bien entrado el invierno, mientras perro y dueño merendaban pan con manteca mirando un partido de fútbol, los interrumpieron abruptamente.
-Ring... ring...- sonó el timbre del PH.
-Riiiing...riiiing...- volvió a sonar, pero esta vez, las timbradas eran más largas.
Guille se levantó despacio y caminó con paso cansino por el pasillo oscuro que daba al patio. Maxi lo miraba al pie de la escalera. Vio por la mirilla de la puerta a un señor de cara angulosa y cabello entrecano.
-¿Vos sos el dueño del perro?- le preguntó el señor de modo inquisitorio.
-Buenas noches- lo saludó Guille incómodo.
-Si, buenas noches- le respondió el señor de manera escueta y un breve silencio se interpuso entre los dos.
-Se puede decir que tengo un perro...-
-Voy a ser bien clarito, el perro que vos tenés me mordió- lo interrumpió levantando el tono de voz y continuó:
-Yo no le hice nada. Se me vino encima y mirá como me dejó la pierna- dijo, y subiéndose la botamanga del jean, le mostró la prueba del delito: un pequeño hematoma con dos puntitos color bordó, en la zona de la pantorrilla.
Guille trató de resolver el problema pacientemente.
-No entiendo cómo pudo haber pasado- dijo sincero- Es la primera vez que muerde a una persona-
-Yo te digo una cosa: un perro con ese carácter no puede andar suelto-, lo alertó el viejo con expresión grave.
"Hay que tranquilizar a este tipo, parece muy nervioso, a ver si le sube la presión o le agarra un bobazo", pensó Guille para sus adentros y le dio un poco de gracia la idea.
-Quédese tranquilo señor. El perro está vacunado- dijo en tono conciliador. Ahora mismo le traigo el certificado de la antirrábica y un vaso...- Mientras Guille hablaba, Maxi se acercó sigiloso y se pusó a gruñirle de manera desafiante al viejo:
-Grrr...grrr...grrr...-
-¡Callate la boca!- le gritó Guille y le pegó una patada. Agarró al perro del pescuezo y lo arrastró hasta encerrarlo en el fondo.
     Entró agitado a su casa. Tomó un vaso de agua de la canilla y luego revolvió los papeles del cajón de la mesita del comedor, hasta que dio con el certificado. Regresó con el papelucho en la mano. Maxi estaba agazapado y tenía el hocico entre las patas...
-Mire señor, acá esta el certificado de la vacuna antirrábica- dijo Guille y se lo leyó:
-Este es el nombre del perro: Maximiliano Kosteki, estatura mediana, pelo negro...- El viejo escrutaba el certificado como si fuera un escribano público.
-Mirá pibe, que yo no quiero que te lo termine llevando la perrera. Yo sé de esto porque soy policía retirado sabés. Si yo tengo cualquier problema vos al perro lo perdés...-
Esto se está poniendo espeso... pensó Guille.
-El perro no tiene nada, está perfecto- dijo Guille, controlando la bronca-Yo me hago cargo de los gastos, de las vacunas que se tenga que dar...-
-Hace tres meses que lo vacunaste contra la rabia. ¿A mi quién me asegura que no me va a pasar nada?- contestó el viejo escéptico y continuó- Yo conozco un veterinario que le puede hacer el control. Escuchame, sin moverlo de tu casa, ¿Entendés?... Y te aseguro que no te va a salir para nada caro... Es amigo mío...- Le propuso el viejo de manera solemne y cuando terminó la frase le sonrió de costado como esos tipos que te dan tarjetitas en la calle Lavalle. Guille lo miraba impávido, este tipo es un crápula, pensó.
-Escuche don, yo no voy a discutir más nada con usted. Me tiene sin cuidado- Guille sentía como el calor subía por sus orejas. -Si quiere puede llamar a la policía o a la perrera- le dijo con una mirada fulgurante.
     Ante la reacción del joven, el viejo retrocedió unos pasos y se acomodó la bufanda.
-La rabia es algo complicado sabés, vos sos muy pibe. No sabés con quien estás hablando. Esto no va a quedar así-, concluyó en tono lúgubre, se dio media vuelta y se fue por donde vino.
     Sorprendió un poco que no volviera a aparecer en los días siguientes. Por las dudas, Guille tomó ciertos recaudos al respecto. No dejó salir más solo a Maxi a la calle, y solamente lo sacaba a la nochecita, cuando iba a comprar comida. Cada vez que caminaban juntos por la calle tenía la impresión de que el viejo se iba a aparecer a la vuelta de la esquina o detrás de un árbol. Maxi, como si estuviera al tanto de la situación, se volvió más timorato, caminaba como un perro guía, derechito al lado de su dueño. Eso sí, nunca dejó de corretear a los gatos...
     La primavera se adelantó en las copas de los árboles entibiando el vapor de las mañanas. Los días se volvieron más templados y Guille, luego de pensarlo varias veces, decidió pintar su departamento. Comenzó un sábado por la tarde, hacía calor y la pintura vieja no salía así que estuvo más de la cuenta tratando de dejar la pared en condiciones. Ese día se la pasó rasqueteando el techo del baño y poniendo enduido en las hendijas. Entre sus idas y venidas a la ferretería de la esquina, el animal se dedicó a husmear en los troncos de los árboles y marcar territorio sobre el cordón de la vereda. Guille estuvo tan ocupado que se olvidó por completo del perro. Cuando al final de la tarde llegaron los pibes a tomar unas cervezas, cayó a cuenta que su compañero había quedado afuera. Fue hasta la plaza, le preguntó a la vecina y le chifló en cada esquina, pero el perro no apareció esa noche.
-Quedate tranquilo, ese perro es re-pillo, debe andar atrás de una perra- lo animó Matías mientras destapaba con el encendedor una cerveza.
-Pasa que no podés sacarlo sin correa y sin bozal a la calle- moralizó Juan Manuel, que desde que se había mudado a Capital Federal, desconocía adrede, toda costumbre del Conurbano.
-Es que tengo miedo de ese viejo, tenía un odio en los ojos- sentenció Guille arrugando el paquete vacío del Phillip Morris y embocándolo en el tacho de basura. Esa noche Maxi no chumbó en la puerta, ni los días siguientes. Como si se lo hubiera tragado la tierra.
     Esa semana fue muy larga. Guille volvía del trabajo añorando los ladridos jocosos de Maxi detrás de la puerta. Hizo todo por encontrarlo: tocó timbre a los vecinos, pegó cartelitos con su foto en la estación Hipólito Yrigoyen y en los semáforos. Merodeaba por la plaza para ver si alguien lo había adoptado. Pero nada..., del perro ni noticias...
     Ese domingo no se levantó de la cama, habían pasado ocho tristes días desde la desaparición de su amigo. Estuvo todo el día tumbado. Había salido la noche anterior y tenía la cabeza hinchada como una esponja. De repente, en un estado de profunda somnolencia escuchó sonar su celular:
-Riiing... riiing... riiing-
-¿Quién habla?- preguntó Guille con voz pastosa.
-¿Guillermo Vidal? Habla Rosa Montero. Soy la propietaria de la casita de Monte Grande, ¿Te acordás?-
Guille no entendía nada, parecía la voz de su tía mezclada con la de su maestra de 6° grado.
-Querido ¿Me escuchas?- repitió la mujer en un tono más alto.
-Si, si. ¿Qué pasa?- contestó Guille tratando de despabilarse, eran las seis de la tarde, había dormido demasiado.
-¿Vos te llevaste el perro cuando te mudaste?-
-Claro señora, no entiendo-
-¿Sabés qué? ¡No te lo llevaste nada! Porque lo estoy viendo desde mi ventana- dijo la señora levantando nuevamente la voz.
-Es imposible- contestó Guille, le temblaba la voz y automáticamente se incorporó buscando la zapatilla debajo de la cama.
-Tu perrito acaba de romper todas las bolsas de basura de la casa donde vos vivías. Ahora mismo está echado en el porche de entrada, y lo peor de todo es que no deja entrar ni salir a nadie...
-¿Maxi? ¿En la casita de Monte Grande?- dijo Guille y una sonrisa desbordó de su boca.
- Venite ya, porque tengo miedo que muerda alguien, entendés. Si no lo van a terminar sacando a palazos-
-Ya voy para allá señora, no le hagan nada. No se haga problema, ese perro no muerde a nadie...-


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