Literatura barrial.

martes, 4 de julio de 2017

Alguaciles

    Esa mañana Anita se pasó el corrector de ojeras con fruición por toda la cara. Había que levantar esa cara. Dos horas de sueño no son nada, nunca; y llorar contra la almohada es una actividad de mierda para la piel, no hay que ser cosmetóloga para darse cuenta. 
     El tren se acercó inseguro a la estación de Remedios de Escalada, demorado y repleto. Almas acaloradas, acomodadas milimétricamente como en una caja de herramientas. Tornillos y tuercas, grandes y chiquitas, que se disponen para ser usadas. Anita se adentró decidida y copó el rincón residual, que encontró entre una bicicleta con asiento de tela y unos bártulos que llevaba una señora mayor, demasiada cargada para ser alguien tan vieja.   

     Cuando miró el celular, le cayeron varias llamadas perdidas y un mensaje de texto: -Gorda, estoy con mucho laburo, no creo que llegue a pasar por tu casa, hablamos mañana- Era la tercera vez que Leonardo la suspendía el mismo día que iban a verse. Era evidente que la estaba evitando. Siempre ponía de excusa su trabajo, como si fuera sagrado. Trabajaba en la ferretería del padre, no era agente de bolsa o detective de CSI. Sandra repasaba una y otra vez las excusas de Leonardo, e iba juntando bronca. Sin embargo, volvía a la carga con  un Whatsapp desinteresado, ó con un video de gatitos. Se sentía patética en esos momentos, pero esta pseudo relación, era el único evento sexual de todo el último año y lo cuidaba como a su helecho moribundo del balcón, por costumbre y para ver algo verde.
     El calor ascendía a los 34 grados a las 8:45 y los días con aplomo asestaban en la nuca. Diciembre es un mes glorioso, en todo sentido. Anita pasaba los peores días de su vida, pensaba cada tanto. Pero Diciembre le daba ganas de cerrar las puertas, hacerse un chequeo ginecológico y cambiar el plan del celular, pero pasaban los días como un desfile de fenómenos en carnaval, y ella no atinaba a hacer nada. Iba a trabajar todos los santos días, de 10 a 16hs., sin que los cohetes la alcanzaran. Al llegar a la estación Avellaneda, o Maxi y Kosteki -para la militancia-, se renovó el aire y los pasajeros en el vagón. Anita quedó del lado de una ventana abierta, sostenida por una botellita de Pepsi. "Menos mal que no limpia los trenes, Randatren" pensó en voz alta y se rió. 
     Intempestivamente, una turba de alguaciles se coló como si fuera la hinchada de Talleres, hubo una corrida mínima entre los pasajeros, no había lugar para remilgosos esa mañana. Los bichos se paraban indiscriminadamente entre las personas, molestaban a una imperturbable adolescente que le daba la teta a un bebito de un día, al que parecía protegerlo el mosquitero de Dios, y también, asustaban a unos zombis de celular. Agarraban a todos como si fueran los dueños del mundo. Subían desde el Riachuelo. Se venía como una tormenta de langostas. Anita vio como titilaban las alitas violetas del gusano gordo, que se coló en su cartera, y pensó llevarlo a la oficina, como regalo para su jefa.
     La cosa se fue poniendo espesa, los alguaciles hacían estragos entre los más chicos y sobre todo en los viejos, como los típicos abusadores... Anita, con su temperamento nihilista, había festejado la irrupción en un principio, pero en cuanto vio desmoronarse a la vieja de los bártulos, sobre su carrito, comenzó a sentirse una tarada. Los bichos, en la mayoría de los casos, se apiñaban contra las luces mortecinas, pero había algunos desmesuradamente grandes, que aguijoneaban impunemente a los más débiles. Fueron copando la escena, y en cuanto cobraron confianza, saltaron sobre los muchachos grandotes desprevenidos. Era increíble observar como hombres llenos de músculos y experiencia, entraban en un brote de histeria, al ser tocados por esos helicópteros insaciables. Anita se aplacó contra el cuerpo desmayado de la vieja y se agachó instintivamente. Fue la acción más inteligente, ya que una segunda oleada de bichos entró por la ventana y desató la histeria global. 
     El tren estaba semi detenido sobre el precario puente que divide Avellaneda y Capital, como un neurótico indeciso, coqueteaba con el desastre. Hubo escenas dantescas, simulaciones de suicidio y ataques de pánico ensayados. Todo en el transcurso de una invasión insecticida e inesperada. Anita primero se tapó la cabeza como si fuera a explotar el tren todo, pero el griterío, dejó de lado a la queja hablada, y en dos minutos de reflexión, todas las miradas se dirigieron al guarda, que arrinconado por ocho soldados improvisados, lo increpaban como si fuera el dueño de la naturaleza. El pobre Cristo no parecía tener demasiada capacidad de reacción, pero en una cuenta rápida, razonó que si abría las compuertas del Titanic, terminaban todos en el río chocolatoso, cubiertos de brea. Por las dudas, tiró las llaves por la ventana. Anita vio de soslayo como volaban y no dudó ni un instante: "Si nos vamos a morir todos, que no nos coman los piojos" dijo, y de un manotazo golpeó la botellita de Pepsi, cerrando la ventana. Ante la mirada violenta e incrédula de los pasajeros, gritó: -¡No se dan cuenta que siguen entrando, viejo!-. Fue como un graznido de pájaro, que le salió de las entrañas. 
     El tren aceleró como una bala. El cimbronazo desconcertó a los aterrorizados pasajeros que se agarraron entre si, como si fuera el fin del mundo. Se sentían fuerte los llantos de los niños y los quejidos de los lastimados, pero el tren avanzaba decidido como una madre soltera de dieciséis años. 
     Anita se agarró de los barrotes y cerró los ojos. El tren se detuvo, violento y seco. El griterío era infernal y todos se empujaban como animales en el ganado, para escapar del infierno.
     Cuando al fin se abrieron las puertas en Yrigoyen, Anita todavía tenía la cabeza entre las piernas transpiradas. Empezó a sentir el fresquito de la soledad alrededor suyo. Se enderezó como una espiga de trigo. El vagón estaba casi vacío. Dudó si bajarse o no, qué podía hacer en Barracas a esa hora... Pero la suerte estaba echada. Buscó el celular en el fondo de la cartera, agarró los auriculares y puso algo que sonara fuerte. Antes de salir del vagón encontró una mirada, era el bebé, que inmune a todo, seguía tomando la teta.

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