Literatura barrial.

lunes, 12 de junio de 2017

La Escondida

     La tarde se despedía, mientras el horizonte aguardaba el sol. Los gorriones sobrevolaban la huerta, buscando ramas secas para resguardarse del rocío de la noche.
     La quinta de mi abuelo es inmensa, pero ya no tiene los olores ni los colores de antes. La cancha de fútbol se fue abandonando con el tiempo. La línea que demarcaba el área grande se fue perdiendo entre los yuyos y la mierda de los perros. La pileta, que da contra las vías del ferrocarril Roca, ya no se usa desde el accidente. El musgo y el clima la fueron deteriorando. Hay sapos que flotan en la superficie, algunos mutilados por las pirañas que pescamos en el Tigre.
     Nicolin es un buen tipo, un vidriero de oficio, aficionado a la bebida y al canto de los jilgueros, que gracias a la prosperidad que trajo el Gobierno del General Juan Domingo Perón, pudo comprar este inmenso terreno. Él se hizo cargo de nosotros desde el accidente que se llevó la vida de nuestros viejos. Después de enterrar a papá y mamá al margen de las vías, con la pala al hombro, dijo: “Sus padres ya no van a estar más con ustedes, ellos se fueron a otro lugar.” Estas fueron las únicas palabras que pronunció, imponiendo un silencio perpetuo entre él y nosotros sobre el tema.
     Javier nunca pudo superarlo, aunque se creía fuerte, yo siempre supe que la tristeza lo desbordaba. Él era el mayor de los dos, el que tiene que dar el ejemplo, solía decir siempre mi viejo, pero yo sabía que no aceptaba la muerte de ellos. Creo que me di cuenta cuando comenzó hablarme de la ciudad oscura. Una tarde, volviendo de la escuela, me agarró del hombro y me dijo al oído.
-La ciudad oscura es una ciudad subterránea, que las personas cuando mueren viven en ella.
-¿En qué país queda? -pregunté.
-En todos los países hay ciudades oscuras, pero siempre están debajo de las vías del tren -contestó convencido.
-¿Y mamá y papá, viven ahí?
-¡Claro! Si el abuelo los enterró a propósito al costado de las vías para que no viajen por túneles subterráneos desde el cementerio.
-Mirá vos -dije indiferente para cortar el diálogo.
     Javier golpeaba con una vara de caña seca a los perros, por puro sadismo. Se reía y me miraba buscando complicidad. El abuelo Nicolin, que estaba terminando de tomar un vermút, ya nos había gritado varias veces desde la casa para que regresemos. Sin embargo, mi hermano y yo decidimos jugar el último juego. Una escondida más no iba a hacer engranar mucho al abuelo.
     A mí me tocó la peor parte del juego, contar y salir a buscar. Arrimé mi frente al nogal viejo y empecé: uno, dos, tres, cuatro, cinco, diez, quince, treinta, cuarenta y dos, cincuenta.
-¡Ya está! ¡Listo para mí, listo para todos los compañeros!  -grité y comencé a buscarlo. Corrí para distintos lados, luego paré y miré hacia la pileta girando el cuerpo. Ahí lo pude ver a Javier, saltando el agua podrida y llegando a la ligustrina que da contra las vías del tren, pegando al fin un salto de atleta y cayendo entre los pastizales.
-Ya te vi -dije, pero cuando crucé la ligustrina ya lo había perdido de vista. Subí el terraplén, llegué al borde del riel y miré para abajo; miré los pastizales, las calles, las casas aledañas y la estación de Luis Guillón quieta, pero no pude ver a Javier. La oscuridad ya se había adueñado del lugar.
-Javier, ¿dónde estás? -grité varias veces. Pero lo único que pude escuchar fue el cantar agudo y solitario de los grillos.
     Cuando regresé a la casa, Nicolín estaba medio ebrio hamacándose en el sillón del comedor.
-¿Y Javier? -preguntó, acomodando su trasero para dejar escapar una flatulencia.-No sé, se escondió y no lo pude encontrar -dije con temor.
-¿Adónde se escondió?-
-Se fue cruzando la ligustrina que da al ferrocarril-
-Bueno, no perdamos tiempo -dijo mi abuelo, manoteando una linterna de un cajón.
     Pasaron días, meses, años y no tenemos noticias de Javier. La policía hizo poco por encontrarlo, bah, como siempre. Pero nosotros no nos dimos por vencidos. Con mi abuelo lo seguimos buscando en las vías y en las zonas cercanas a la quinta. Pegamos carteles con su rostro en todas las estaciones del tren, pero hasta ahora nada, ninguna novedad.
     Todavía no me acostumbro a estar sin él. Javier era mi única familia. Era todo para mí. Cada vez que miro los pastizales de las vías me llama su recuerdo...

2 comentarios:

Unknown dijo...

Muy bueno!!!

Anónimo dijo...

Gracias primo del alma! Te mando un abrazo!