Literatura barrial.

jueves, 22 de junio de 2017

El Juego de la Copa

     Daba impresión la herida, no era profunda pero brillaba mucho el raspón, la sangre era espesa como la leche. Los ojitos de Mariana suspiraron fuertes y puso cara de asco cuando Luisa pasó la lengua áspera por la lastimadura.
-Peor es no tener donde esconderse cuando te dan ganas de llorar-, dijo Luisa.
     Luisa era la más amiga de las dos y a veces sabía decir algunas cosas. Ese día al llegar a lo de Mariana, su mejor amiga, estaba con ganas de transmitir.
     Se sentó al borde de la pileta y se sacó la remera, la malla enteriza se abultaba en la panza y Luisa se bajó un poco más la parte de la bombacha. Desanimada, se miró las rodillas marcadas por jugar a la pelota con su hermano. Empezaba a tener pelos en las piernas y alguna vez se había afeitado, pero cuando el pelo volvió a crecer, picaba por todos lados y salieron puntos negros. Tuvo ganas de no comer más en su vida, de no cambiarse y quedarse siempre al borde de esa pileta con Mariana tapándole el sol, sin que nadie las mire.
     Un día se soñó bailarina y al día siguiente cocinera. Un día soñó que los hijos se tenían por los brazos y quiso cortarse las venas para verlos circular antes de nacidos. Tenía venas azules y piel morocha. Le hubiera gustado ser rubia y no tener miedo a subir a los árboles. No bailaba bien, pero sabía canturrear algunas canciones, cantaba al oído de sus amigas cuando caminaban por la calle. Era la primera en reírse de un chiste y en pararse para levantar una mesa.
     Su mamá sabía escuchar historias, pero no prestaba atención. Se había acostumbrado a contarlas sin esperar respuesta de nadie y esa resultó la mejor manera de inventar. Sola, desde el techo de su casa miraba los patios vecinos y siempre quería vivir en una casa diferente a la suya. Quería mucho a sus hermanos y a veces se reía con ganas de sus chistes, pero sabía en algún lado que iban a ser los principales escollos cuando quisiera probar otra cosa.
     Se fue haciendo de noche. Asomadas al borde de la terraza vieron como arrancaba el auto de los papás de Mariana. Se quedaban solas en la casa, hacía días que esperaban ese momento. Cenarían temprano y a las doce de la noche comenzaría la sesión espiritista.
     La vela se apagaba de a ratos por la corriente de aire que entraba por la ventana de la cocina. La cocina había quedado chica para tanto espíritu dando vueltas. Las chicas se acomodaron alrededor de la mesa y pusieron un mantel. Un hule de plástico en el que se reflejaba la luz de la calle. Las copas indicarían el destino. Eran de la abuela de Mariana y más que mágicas parecían de juguete. Tardaron en ponerse de acuerdo qué preguntar. Mariana quería saber si había algún espíritu famoso en la habitación, pero a Luisa esa pregunta no la convenció. Acomodaron los deditos en la base de la copa y con voz pausada Luisa dijo:
-Sabemos que estás en esta habitación, por favor danos una señal– La copa vibró pero no se movió para ningún lado. 

-¿Por qué no le preguntamos si vamos a ser amigas toda la vida?- Mariana la miró pensativa y después contestó: 
- No, no preguntemos nada que sea importante.-
-¡Dale nena, no seas cagona!- exclamó su amiga mientras acomodaba los papelitos en el mantel. Con los ojos cerrados Luisa repitió la pregunta
     El sonido del viento hacía girar gritos por toda la habitación. Las dos se agarraron de las manos, y éstas empezaron a transpirar como un vidrio mojado. Los ojos apretados se abrieron de pronto y vieron como el fantasma aparecía en la ventana.
     Nadie se imagina como son los fantasmas realmente. Aparecen en la mente siempre como caras viejas, en blanco y negro. Como si fueran las fotos de unos parientes lejanos, pegadas en el fondo de un placard. Pero cuando vieron a la vieja no tenía un aura especial. Parada frente a las chicas. Vestida como para baldear un patio. Tenía ojotas y le faltaba el dedo gordo del pie izquierdo.
     El fantasma ganó terreno. Con la frente transpirada y una mirada inquisidora apoyó las manos resecas en la mesa. Desacomodó el abecedario. Los papelitos escritos en birome volaron hacía la ventana. Miró a las chicas y con voz grave les dijo:
-No las conozco y no las quiero en mí casa.- Después de esa sentencia, una corriente de aire entró en la cocina y apagó las velas. Mariana abrió la puerta ventana y salió a la calle, como poseída. Después contó que caminó como tres cuadras y que en un momento se detuvo sin saber donde estaba. 

     Luisa estaba petrificada. El fantasma se volvió a reír, pero esta vez con una sonrisa franca que le cruzó la boca.
-Hay gente que no puede andar sola, así que andá a buscarla- comentó el fantasma con un tono maternal mientras agarraba una porción del pan dulce que estaba sobre la mesa. Luisa agarró la campera y con lágrimas en los ojos se decidió a salir de esa casa
- Antes que me olvide y que te vayas, te quería decir algo Luisa: vos andá por lo tuyo. No viene solo- Luisa se despegó de donde estaba parada y caminó en el aire. El fantasma reía a carcajadas roncas al ver la cara pálida de la nena. Antes de cerrar la puerta ventana. Luisa se dio vuelta y vio como el fantasma se hacía cada vez más transparente. Caminó unas cuadras y encontró a su amiga hablando sola en una plaza oscura y desértica.
     Esa noche durmieron juntas con los colchones en el piso, tocándose los pies con la punta de sus dedos. No se sabe bien que soñaron. Pero si se supo que fueron amigas, como todos, por el tiempo que quisieron.

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