Literatura barrial.

viernes, 12 de mayo de 2017

Arco Iris

-José, José, despertate, ya son las seis y cuarto, vas a llegar tarde; dale, dejá de hacerte el boludo, pero, ¿te estás haciendo el dormido?
     La mujer de José finalmente lo destapó. Era agosto así que él se levantó insultándola, se puso el mameluco, tomó un mate frío sin dirigirle la palabra y se fue.
     Cuando llegó, estaba Gabino, que no había hecho nada y chistaba por un agujero de la obra a las chicas que pasaban para ir a trabajar. José se sentó en un banquito. Estaba cansado. Desde ahí podía ver el río. El edificio era muy alto así que podía ver del otro lado una playa y allá algo más. Podía encontrarse en otro mundo si quería, con los músculos todavía dispuestos, el pelo abrigándole la cabeza, la piel tirante y el resto lo invento, pensó.
     Alma se llevó la mano a la boca y se rió, su risa sonaba siempre infantil y en general se la tragaba. Su mirada era vieja con mucho pasado encima, casi triste. Eso le dijo José, que si ponía esa cara tan seria no iba a encontrar un novio que la acompañe. Claro que a los once años la sola mención de un novio provoca un rubor inmediato e insolente. Más aún en el caso de Alma, que parecía de nueve. Flaquita, morochita y con unos ojos saltones que sorprendían a cualquiera y la dejaban sin aire a ella casi siempre. Había venido hacía dos años de Corrientes, sin muchos secretos, donde las chicas se empiezan a tragar los años a los quince.
     Llegó a Buenos Aires con su mamá. La mamá limpiaba una casa grande y casi desocupada. La nena ayudaba por las tardes después de la escuela. Baldeaba los pasillitos blanqueados que circulaban por el césped, frotaba los picaportes con cremas y trapitos y, a veces, cuando hacía lindo día, mojaba la vereda y miraba un poco la calle. Así conoció a José que trabajaba en la obra de al lado. De vez en cuando él pasaba por la calle, para no pisar, y siempre la saludaba.
     Un día, esos de sol y de calor, ella baldeaba descalza haciendo dibujitos en el piso con la manguera, escribía un Alma grande con letras de imprenta transparentes que brillaban. José, al pasar con el paquete de fiambre, se la quedó mirando. La nena se asustó al verlo tan quieto. El se acercó y le preguntó si conocía los arco iris que se ven en Buenos Aires. La nena no supo que decir, le sonaba a broma. El agarró la manguera, la puso para arriba y presionó suavemente su manito, apoyando el pulgar justo delante del sol. Alma vio resplandeciendo todos los colores de repente, sentía un olor fuerte desde ese hombre, el estómago le crujía y la imagen la encandilaba. Se apartó y se sonrió nerviosa. Él notó el miedo, pero no se movió. La miró un rato más, le tocó la cabeza y se fue, ensuciando con la arena y el cemento de los zapatos toda la vereda.
     La nena terminó de lavar rapidito y entró. A su mamá le restaban aún algunas tareas. Entonces Alma subió a las habitaciones del último piso, porque desde ahí podía ver la obra, y a José, construyendo una larga pared que lo iba ocultando. Había varios hombres trabajando ahí, uno se dedicaba a gritar guarangadas a todas las mujeres, y cuando alguna se daba vuelta se cagaba de risa; otro, que era más viejo, mandaba a todos y comía solo en un costado. Pero Alma sólo pudo ver a José, grandote, medio gordo, le hacía acordar a un tío que conoció de chica, con unos músculos que le parecían enormes y que latían cada vez que se movía. Lo miraba y le golpeaba el corazón con más fuerza.
     La madre de Alma terminó y se fueron juntas para el barrio de Once donde vivían en un departamento de dos ambientes, empapelado con el plástico que imita a la madera y los vidrios translúcidos donde la chiquita pegaba figuritas de Barbie. Esa noche soñó mucho, soñó con José, con sus brazos que la apretaban fuerte, con el agua transparente que le caía en la cabeza y cuando se despertó le dio vergüenza el sueño.
     Al día siguiente esperó largo rato a que José apareciera. Sin decirle nada, él la llevó hasta la playa y cerca del río le contó de la costa que existía del otro lado, donde lo que querés en secreto es fácil. Alma escuchaba sin entender demasiado y agarrándose la pollera para que no se volara. Tocó el pelo casi azul de ella y le dijo que él lo tenía igual, pero con rulos. Alma se llevó la mano a la boca y se rió, admirando la brillante pelada. José no habló más, sólo la observaba. La nena estaba muy nerviosa, a punto de salir corriendo. Él la tomó del cuello. Podía presionar un poco más y se quebraría. Acercó su boca, fueron cediendo de a poco los dientes apretados de la pequeña. Se comió la inocencia y el miedo con la saliva. Alma temblaba, pero él también temblaba. Se soltaron. Ella se fue alejando. La nena se dio vuelta en dirección a la casa. No supo en qué momento empezó a correr y a gritar para adentro. Transpiraba y lágrimas gordas ardían en su cara.

2 comentarios:

Julia dijo...

Que zarpado escriben.
Me hicieron contorsionar un poco la cara del susto.

Les mando un abarzo

Anónimo dijo...

Gracias julita, susto y emoción, un corazón tirando piedras...