Literatura barrial.

sábado, 27 de mayo de 2017

Mi víbora Pitón

     Pajarito era un hombre mayor. De estado civil soltero, quizás porque le gustaban más los animales que las mujeres. Era una persona amable y un perfecto imitador del canto de los jilgueros. Una vez reunió a doscientas personas en el club del barrio. Esa noche Pajarito estuvo impecable. Se paró en el medio del escenario y con el pecho bien inflado trinó durante media hora, como si fuese un mismísimo jilguero. La audiencia ovacionó con un aplauso cerrado el brilloso trinar.
     Además de esta enorme cualidad artística, Pajarito tenía una tienda de mascotas en el barrio de Loma Verde. Recuerdo haber visto todo tipo de animales ilegales para su comercialización allí, lagartos, serpientes, monos salvajes y hasta un oso hormiguero. Conocía a dos cazadores furtivos que conseguían los animales más exóticos que jamás se hayan visto alguna vez.
      Yo conocí a Pajarito a través de mi trabajo. En ese tiempo yo era un emprendedor bastante exitoso. Era fabricante de ruedas para hámster, correas para perros, llamadores de aves, etc.  Hacía todo tipo de dispositivos y artefactos para casas de mascotas. Recuerdo que a Pajarito lo conocí ofreciéndole  jaulas y peceras. Esta relación comercial fue creciendo y devino, con el tiempo, en un fuerte lazo de amistad.
      Como era previsible, un inspector de la municipalidad de Almirante Brown descubrió el negocio ilegal de Pajarito y quiso una coima más alta,  al no obtenerla, lo denunciaron ante la justicia y clausuraron el local. Pajarito fue procesado por cautiverio de animales silvestres y condenado a cinco años de prisión.
     Un domingo de marzo fui a visitarlo a la cárcel.
-Hermano, dejé a mi víbora pitón en la bañera de casa. A esta altura debe estar muerta de hambre y vos sos el único que me puede ayudar -Pajarito hablaba angustiado del otro lado del locutorio.
-A ver si entiendo, ¿vos querés que me desnude, me meta en la bañera y luego me deje comer por ella?-
-No te hagas el gracioso hermano. Es lo único que te voy a pedir, que cuides a mi víbora Margarita -cuando pronunció la palabra Margarita, Pajarito se largó a llorar como un nene. Dos guardias se lo llevaron a la rastra, al pabellón.
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     La convivencia con la víbora no fue tan difícil como había pensado. Conseguí un terrario donde cabía perfectamente y lo puse en el garaje. Le daba de comer dos roedores pequeños una vez por semana, que compraba en la feria de Domínico. Verla alimentarse era un ritual escalofriante y muy atractivo a la vez. La serpiente, que tenía el tamaño de una manguera de bombero, contorneaba el cuerpo hasta atrapar a la presa que intentaba escapar. La asfixiaba con su lomo escamoso y luego la tragaba lentamente. La cola del ratón se movía nerviosa en los labios, como a Diana en V Invasión Extraterrestre.
     Con el tiempo me fui encariñando. En invierno dormía debajo de mi frazada, enroscada en mis piernas. En verano la dejaba suelta en el jardín y se entretenía persiguiendo a los sapos.
     Hubo un año en que tuve mucho trabajo. Tenía que hacer entregas de jaulas y peceras por toda la zona sur de la provincia de Buenos Aires. Esto me llevó a estar lejos de casa y a olvidarme de alimentar a la pitón. Recordé, en ese entonces, que hacía un mes que Margarita no comía. Era un momento en mi vida que me comportaba como un trabajador alienado. Era esa clase de persona que hoy en día se menciona como alcoholic work. Con una gran culpa por faltar a mi obligación de alimentar a la víbora, recorrí varias ferias del conurbano, pero no encontré ningún ratón árabe o rata de laboratorio (Eran las presas vivas pequeñas que comúnmente comía Margarita). Fue entonces que recurrí a mi última opción,  fui al negocio de un cliente amigo y me llevé, en una bolsa de papel madera, dos hamsters peludos y grandes. Cuando llegué a casa los arrojé al terrario y salí corriendo hacer una entrega que tenía muy atrasada.
     Llegué cansado a casa. Fui a buscar a Marga. Tenía ganas mirar el partido del sábado con ella en el sillón. En el garaje vi una escena horrible. Mi amada víbora se estaba desangrando en un rincón del terrario y en la otra punta estaba el roedor, exhausto y manchado con sangre. El hámster defendió a su compañero que era tragado por el reptil. Esa fue mi reflexión sobre el asunto. Margarita quedó tuerta y nunca más se alimentó de animales vivos. El período de recuperación fue duro para ella. No podía subsistir sin mi atención. Empecé a despotricar sobre el trabajo y comencé a repetir la frase que siempre decía mi abuelo: “Si el trabajo es salud que trabajen los enfermos”. Mi microemprendimiento productivo comenzó a caer raudamente, pero mi lazo con Margarita se fortaleció. Esos meses lo recuerdo con mucho amor. Trozaba uno por uno a cada ratón, los cortaba en partes muy pequeñas. Recién después hacía el avioncito con la cuchara y lo metía en la boca de la víbora. Los pedazos que sobraban los guardaba en el congelador.
 “El peor error que puede cometer el dueño de una serpiente, es dejarla sola y sin vigilancia frente a una presa viva.” Leí  en una revista de serpientes que me trajo mi primo de Estados Unidos. Poco a poco, la víbora se fue recuperando y la herida en el ojo fue cicatrizando. Margarita volvió a ser la que era, pero tuerta.
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     La tarde menos esperada sonó el timbre de mi casa. Por la cerradura de la puerta vi a Pajarito inquieto y en ese momento intuí lo peor. Entró sin pedir permiso. Era un hombre muy avejentado. Los años se multiplican cuando uno está guardado. La cara parecía rasgada como su antigua celda. Me saludó con cierto odio por olvidarme de él. Hacía tres años que no lo visitaba. La cárcel es un lugar tan angustiante que no quise ir más.
-¿Dónde está Margarita? -preguntó mientras espiaba cada rincón de mi casa.
-En el garaje -contesté en un tono tan bajo que apenas me escuchó.
     La idea de perder a Margarita no entraba en mi cabeza. Actué de manera precisa. Esperé el momento adecuado. Me acerqué despacio. Lo miré desde lo alto; él estaba agachado, abrazado al lomo escamoso de la pitón. Cuando volteó la cabeza se la estallé en mil pedazos. El matafuego rodó por el piso. La sangre se derramó en el terrario y salpicó el lomo frío de la víbora. Marga la bebió con gran fruición...
     Al fin y al cabo, con gran esfuerzo, pude meter una bolsa de consorcio llena de comida en el congelador, mientras hacía ese trabajo repetía una y otra vez: “El peor error que puede cometer un dueño de una serpiente, es dejarla sola y sin vigilancia frente a una presa viva.”


viernes, 12 de mayo de 2017

Arco Iris

-José, José, despertate, ya son las seis y cuarto, vas a llegar tarde; dale, dejá de hacerte el boludo, pero, ¿te estás haciendo el dormido?
     La mujer de José finalmente lo destapó. Era agosto así que él se levantó insultándola, se puso el mameluco, tomó un mate frío sin dirigirle la palabra y se fue.
     Cuando llegó, estaba Gabino, que no había hecho nada y chistaba por un agujero de la obra a las chicas que pasaban para ir a trabajar. José se sentó en un banquito. Estaba cansado. Desde ahí podía ver el río. El edificio era muy alto así que podía ver del otro lado una playa y allá algo más. Podía encontrarse en otro mundo si quería, con los músculos todavía dispuestos, el pelo abrigándole la cabeza, la piel tirante y el resto lo invento, pensó.
     Alma se llevó la mano a la boca y se rió, su risa sonaba siempre infantil y en general se la tragaba. Su mirada era vieja con mucho pasado encima, casi triste. Eso le dijo José, que si ponía esa cara tan seria no iba a encontrar un novio que la acompañe. Claro que a los once años la sola mención de un novio provoca un rubor inmediato e insolente. Más aún en el caso de Alma, que parecía de nueve. Flaquita, morochita y con unos ojos saltones que sorprendían a cualquiera y la dejaban sin aire a ella casi siempre. Había venido hacía dos años de Corrientes, sin muchos secretos, donde las chicas se empiezan a tragar los años a los quince.
     Llegó a Buenos Aires con su mamá. La mamá limpiaba una casa grande y casi desocupada. La nena ayudaba por las tardes después de la escuela. Baldeaba los pasillitos blanqueados que circulaban por el césped, frotaba los picaportes con cremas y trapitos y, a veces, cuando hacía lindo día, mojaba la vereda y miraba un poco la calle. Así conoció a José que trabajaba en la obra de al lado. De vez en cuando él pasaba por la calle, para no pisar, y siempre la saludaba.
     Un día, esos de sol y de calor, ella baldeaba descalza haciendo dibujitos en el piso con la manguera, escribía un Alma grande con letras de imprenta transparentes que brillaban. José, al pasar con el paquete de fiambre, se la quedó mirando. La nena se asustó al verlo tan quieto. El se acercó y le preguntó si conocía los arco iris que se ven en Buenos Aires. La nena no supo que decir, le sonaba a broma. El agarró la manguera, la puso para arriba y presionó suavemente su manito, apoyando el pulgar justo delante del sol. Alma vio resplandeciendo todos los colores de repente, sentía un olor fuerte desde ese hombre, el estómago le crujía y la imagen la encandilaba. Se apartó y se sonrió nerviosa. Él notó el miedo, pero no se movió. La miró un rato más, le tocó la cabeza y se fue, ensuciando con la arena y el cemento de los zapatos toda la vereda.
     La nena terminó de lavar rapidito y entró. A su mamá le restaban aún algunas tareas. Entonces Alma subió a las habitaciones del último piso, porque desde ahí podía ver la obra, y a José, construyendo una larga pared que lo iba ocultando. Había varios hombres trabajando ahí, uno se dedicaba a gritar guarangadas a todas las mujeres, y cuando alguna se daba vuelta se cagaba de risa; otro, que era más viejo, mandaba a todos y comía solo en un costado. Pero Alma sólo pudo ver a José, grandote, medio gordo, le hacía acordar a un tío que conoció de chica, con unos músculos que le parecían enormes y que latían cada vez que se movía. Lo miraba y le golpeaba el corazón con más fuerza.
     La madre de Alma terminó y se fueron juntas para el barrio de Once donde vivían en un departamento de dos ambientes, empapelado con el plástico que imita a la madera y los vidrios translúcidos donde la chiquita pegaba figuritas de Barbie. Esa noche soñó mucho, soñó con José, con sus brazos que la apretaban fuerte, con el agua transparente que le caía en la cabeza y cuando se despertó le dio vergüenza el sueño.
     Al día siguiente esperó largo rato a que José apareciera. Sin decirle nada, él la llevó hasta la playa y cerca del río le contó de la costa que existía del otro lado, donde lo que querés en secreto es fácil. Alma escuchaba sin entender demasiado y agarrándose la pollera para que no se volara. Tocó el pelo casi azul de ella y le dijo que él lo tenía igual, pero con rulos. Alma se llevó la mano a la boca y se rió, admirando la brillante pelada. José no habló más, sólo la observaba. La nena estaba muy nerviosa, a punto de salir corriendo. Él la tomó del cuello. Podía presionar un poco más y se quebraría. Acercó su boca, fueron cediendo de a poco los dientes apretados de la pequeña. Se comió la inocencia y el miedo con la saliva. Alma temblaba, pero él también temblaba. Se soltaron. Ella se fue alejando. La nena se dio vuelta en dirección a la casa. No supo en qué momento empezó a correr y a gritar para adentro. Transpiraba y lágrimas gordas ardían en su cara.