Literatura barrial.

sábado, 22 de abril de 2017

Graznido


     La densa vegetación de la selva lo apesadumbró. Ya no hay marcha atrás, pensó, mientras se abría paso con un machete quitando la maleza. Pensó hacer un fuego para pedir auxilio, pero las ramas, las hojas y cualquier otro tipo de follaje, que le podrían haber resultado útil para la combustión, estaban muy húmedos para encender.
      Cuando se dio cuenta que estaba solo y perdido, y que una sola línea de batería tenía en su celular sin señal,  trató de idear un plan de emergencia. Pensó en la dirección de las nubes, que generalmente se mueven de Oeste a Este, y sobre todo pensó en la posición del sol, que sale por el Este y se va poniendo hacia el Oeste, pero nada de eso le sirvió, caminó largas horas hacia el Oeste, pero a medida que avanzaba, la selva se volvía más tupida e inaccesible. Fue por este motivo que volvió al punto de partida, donde había clavado un palo como sistema de referencia. Regresó sin mayores dificultades, como Hansel y Gretel, había tirado una piedra, y luego otra y otra, para ir señalando el camino. 
     Ya hacía cuatro largas horas que había optado caminar en sentido contrario, remplazar el plan de emergencia A por el plan B. Pensó que lo mejor era acercarse al límite de la densa vegetación, para obtener una mejor visión panorámica,  pero a medida que avanzaba ahora hacia el Este, la selva se volvía negra y cerrada.
     Decidió emplear todas sus fuerzas para poder escalar un árbol de unos aproximados treinta metros de altura. Pero a duras penas pudo subir unos tres metros. El paisaje era imponente: la jungla o la vegetación de hoja ancha (tipo frondosa) se multiplicaba una tras otra. La voluptuosidad de la naturaleza lo hizo sentir impotente.
     Cuando llegó hasta la orilla de un pantano, empezó a dudar en cruzarlo o no. No tenía otra  alternativa. Salvo esperar el milagro de que un grupo de rescatistas o lugareños lo encuentren…Pero quién lo iba a buscar si nadie sabía de su presencia en la selva misionera. Excepto su madre y un par de amigos de su pueblo en Alicante, que estaban enterados de su viaje de mochilero a la región del noreste argentino. Ah, y la administradora del hostel donde se alojaba, que lo llamaba con cierta sorna Vincent, aunque sabía perfectamente su verdadero nombre: Vicente. Pero nadie sabía que se había perdido en la selva, ni él se percató, hasta muchas horas después de fotografiar a un grupo de monos aulladores, que los fue internando en la selva, hipnotizándolo con sus sonidos, cual canto de sirenas.


    Cruzó el pantano descompuesto que quería tragárselo. Tardó cinco minutos que parecieron horas en llegar al otro lado del riachuelo. Cuando por fin llegó a la orilla, respiró agitado y vomitó los huevos salados que había almorzado.- ¡Ojalá sea una herida leve! -dijo, con mínima esperanza.
     Se miró el vientre y tenía una abertura de por lo menos tres centímetros de profundidad. La sangre brotaba y burbujeaba en la superficie de la herida. Vomitó de nuevo y recordó el pinchazo agudo y metálico; la punta del junco fibroso hundiéndose en el vientre. Se asustó y pegó un grito escalofriante: ¡Aghgggggh! Un pájaro grande y tieso respondió emitiendo un sonido aún más aterrador: ¡Cruaaac, cruaaac!
     Respiró profundo e intentó calmarse. "Tengo que encontrar algún arroyo para limpiarme la herida”, se dijo. Se ató la camisa harapienta, ajustándosela a la cintura para poder tapar la herida y siguió camino. Se angustió al pensar que quizás no había ningún camino por seguir. Tal vez nadie antes había andado por ahí.
     El sol entraba en la selva y en su cuerpo a través de un hilo amarillo intenso, quemándole la piel. Era como si un Dios con lupa jugara con él. Estaba solo, pero esto no lo inquietaba. Ya había estado solo muchas veces. Lo raro era que la soledad se presentaba de una manera diferente. Era agresiva e impaciente y lo arrinconaba lentamente hacia la muerte.
     Escuchó nuevamente el canto desesperado del pájaro y esto lo calmó. Se sintió acompañado, pensó que no era el único que sufría en esa abrumadora selva.
     La hemorragia no paraba y la camisa que hacía de venda se volvió muy pesada para las piernas ya maltrechas. Empezó a flaquear, se detuvo y luego cayó pesadamente sobre la hiedra.
    El sol cayó del cielo también. La noche fue creciendo y con ella el canto del pájaro carroñero, ahora satisfecho.

No hay comentarios: