Literatura barrial.

martes, 18 de abril de 2017

Gallito Ciego


“Hasta en la cueva más oscura, en algún momento, se filtra un rayo de sol y nos muestra la salida.” Luisito, cantante de Resistencia Suburbana.

     Marcelo se vendaba los ojos y después daba vueltas sobre sí mismo. Una vez mareado, salía como un trompo a la ciudad. Siempre terminaba volcado y escupiendo sangre en alguna esquina. Luego, se levantaba y empezaba a rodar de nuevo hasta caer.
     Desde que lo abandonó su novia, sólo jugaba al gallito ciego. Abrir los ojos era como cerrarlos y cerrarlos era como abrirlos de nuevo. Sus recuerdos eran su único amigo. Un viejo amigo que sabe contar anécdotas y nada más...
     Se quedaba dormido en cualquier lugar, en cualquier momento. Muchas veces despertaba en plena noche en una esquina húmeda y fría; y otras, con mejor suerte, emergía en su cama deshecha de una larga siesta.
     En un sueño tiritó de frío. “Era una pieza oscura, de paredes de piel agrietada. Intentó tocar los bordes para rascarla. Pero, cuanto más acercaba sus manos, la piel ajada se alejaba un poco más. Quiso detener sus pies. Pero estos ya habían dispuesto levantarse como pájaros por la habitación. Los pies eran dos colibríes con corazones chiquitos como guindas y unas alas que se movían tan rápido como la hélice de un avión. Los pájaros volaban aterrados y en distintos sentidos, tratando de escapar. Pero siempre terminaban rebotando contra el techo y las paredes de la pieza, como pelotas de tenis contra un frontón. Los colibríes se resignaron y volvieron a la cama. Se ubicaron entre los tobillos de Marcelo y los pliegos de las sábanas, para volverse nuevamente pies”.
     Se levantó empapado. Tomó un vaso de agua y un geniol. Se calzó la venda en los ojos como de costumbre y salió. Sólo veía un poco por debajo de la venda: los cordones de sus zapatillas, el pasto, los charcos y el devenir informe de las veredas. Fue así que vio a Pancho. Un perro retacón y de bigotes blancos. Era un perro común y corriente, pero con unos ojos profundos como el río. El perro lo siguió.  Marcelo entró  a un kiosco para comprar cigarrillos y un vino, y cuando salió, el perro todavía estaba allí, esperándolo con el pecho erguido y sus ojo altivos. Marcelo sin quererlo se sintió acompañado.
      El primer diálogo lo tuvieron en  una plaza:
 - El problema no es tener pulgas, es uno mismo que se rasca- dijo Pancho mientras se rascaba la oreja. Marcelo no pudo contenerse y se río. Hacía meses que no se reía. Pancho respondió esbozando su mejor sonrisa. -Entonces ¿Por qué te rascas?- preguntó Marcelo con cierta obviedad. - Es que no siempre puedo hacer lo que quiero- dijo el perro y después callaron.
     El perro no hablaba. No vayan a creer que Marcelo estaba loco, o el perro era un animal paranormal. No, tan sólo eran dos sujetos que se supieron entender.
     Con el tiempo se hicieron muy amigos. Marcelo consiguió una cucha de madera en una feria de Ingeniero Budge, de la calle Olimpo.  La cargó sobre sus hombros durante todo el viaje en colectivo ante la mirada indiferente de los pasajeros de la línea 306. Cuando llegó a su casa, Pancho lo recibió moviendo la cola y lamiéndole la cara.
      Marcelo comenzó a sentirse distinto, como cuando heredás un jean de un tío abuelo muerto y sorpresivamente te calza perfecto. Bueno, no sé si es un gran ejemplo, pero algo así. Lo importante es que las cosas se iban poniendo lentamente en su lugar.
     Las vueltas por el barrio con Pancho, le rindieron en muchos aspectos, algunos vecinos que anteriormente esquivaban su mirada, ahora lo saludaban con simpatía. Y en una ocasión, el carnicero de la esquina Mitre y Alem doble,  cuando Marcelo fue a comprar, le obsequió a su amigo canino una cumplida porción de espinazo.
      Un lunes inesperado y primaveral, el ferretero del barrio le ofreció un trabajo a Marcelo, específicamente le pidió que lo ayude con los trámites bancarios y otros recados del negocio. Marcelo no lo pensó dos veces y comenzó su raid.

     A Marcelo le encantaba ser cadete, era un trabajo hecho a medida para él, viajaba de acá para allá, en tren y en colectivo  y eso lo hacía muy bien por su condición de callejero que tenía desde muy chiquito y ciertos rasgos obsesivos-compulsivos que venían muy bien a la hora de ordenar los sobres. Fundamentalmente, le gustaba el trabajo porque muchos trámites los podía hacer con su mejor amigo.
     Hace una semana me crucé a Marcelo en la entrada de la AFIP, tenía cara de cansado pero se lo notaba de buen humor, hasta se podría decir satisfecho. Nos saludamos y enseguida me presentó a su perro. Hablamos un rato largo de calles cortadas y alimento balanceado, entre otros temas. Antes de despedirnos, me di cuenta que la vincha roja que llevaba puesta era la venda que tapaba los ojos del antiguo gallito ciego...

                                                                                                                                                       

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