Literatura barrial.

sábado, 29 de abril de 2017

Los Matagatos

     Cuando era chico estaba convencido de lo que quería. Sabía quiénes eran mis amigos y cuál era mi vocación. El tiempo pasó y con él se fueron las pocas certezas que tenía. Ahora trabajo en una pajarería y trato de avanzar en mi vida, pero no hay ningún camino hecho. Voy tanteando cada lugar como un ciego. Es mentira esa frase que dice “los años no vienen solos”. Que con el paso del tiempo se gana experiencia y se tienen más certezas. A mí me pasó al revés, cada día que pasa estoy más confundido y todavía no definí que quiero ser cuando sea grande. El tiempo pasa y eso no significa nada, excepto que uno tiene menos expectativa de vida y que se acumulan un montón de recuerdos en la piel.
     Recuerdo los años de mi infancia con cierta melancolía. He perdido a mis dos únicos amigos de esa época: Irazoqui vive en Nueva York. Es piloto de avión de una línea comercial, por lo menos eso me contó su mamá. De Marcial tengo muy pocas noticias. Tengo una imagen de él, era un chico violento y bichero. Tenía dos dogos, un sapo y dos escuerzos. Su mayor tesoro era un jaulón poblado de distintas clases de pájaros. Mi pájaro preferido era un siete colores que posaba en lo más alto del jaulón, el pico agudo y fino, el cuerpo erguido, las plumas aireadas y coloridas como el arco iris, y el trino dulce y empalagoso como la miel.
     Solíamos ir seguido al negocio de un pajarero amigo, lo llamábamos Tweety. Conversábamos de canarios y tomábamos mate con limón. Tweety decía cosas como, “más vale un canario en mano, que cien volando”, ó, “al que madruga el canario lo saluda” y cosas por el estilo.
     Una tarde volvíamos de allí con dos canarios que eran tan charlatanes como nosotros. Cuando llegamos a la casa de Marcial descubrimos, para nuestro horror, que el alambre había cedido en sus partes más endebles. Había plumas manchadas con sangre y restos de cadáveres en la arenilla del piso, hasta los huevos de las codornices habían sido devorados por los gatos. Esa semana fue silenciosa, cada uno de nosotros quedó en una soledad angustiante. Esa angustia se transformó rápidamente en bronca. Por esta razón formamos una organización llamada “Los Matagatos”.
     Yo era el sustentador teórico, por llamarme de algún modo, deseaba un mundo sin gatos. Creíamos en la revolución canina. Apostábamos a los principios del perro: compañerismo, fidelidad y estoicismo. El gato era nuestro mayor enemigo, ya que representaba el mero interés, el engaño y la falta de confianza.
     Marcial era el brazo armado de la organización. Pasaba largas noches sin dormir, camuflado y en posición de francotirador. Aguardaba en la ventana de la pieza que alguna gata en celo se posara en la medianera.
     Irazoqui cumplía el papel de espía. Se internaba en las casas donde residían estos perversos animalitos para registrar sus rutinas nocturnas, su alimentación y sus compañías. En algunos casos gestaba hasta una relación de amistad. Después nos soplaba esta información.
     Nuestras aventuras se tornaron día a día más violentas. En pocos meses fuimos adquiriendo fama. Había vecinos que nos palmeaban la espalda, otros, en cambio, nos deseaban lo peor. Sin embargo, yo no había matado a ningún gato. A lo sumo había pegado algún puntapié y revoleado a uno a un zanjón. Marcial, en cambio, ya había asesinado a muchos y de las maneras más perversas. Una tarde arrojó a tres gatos de la terraza de un edificio para refutar la teoría de que los gatos caen siempre parados.
     Su metodología comenzó a asustarme. Si bien estaba de acuerdo con un mundo sin gatos, lo cierto era que no terminaba de convencerme de mi responsabilidad en el asunto. Me hubiera gustado que por alguna catástrofe o epidemia inaudita desaparecieran todos los gatos...
Pero dudaba seriamente que pudiéramos lograrlo matando a cada gato que viéramos por el barrio. Marcial, creo, intuyó mis dudas, porque en una ocasión me puso a prueba.
El plan nocturno consistía en lo siguiente: los gatos, dado que nuestra empresa era un éxito, escaseaban en la zona. Los pocos que quedaban se habrían pasado el dato, ya que apenas nos veían huían despavoridos. Así fue que comenzamos a organizar “redadas de gatos”. En esa época estábamos impresionados con el viaje a la luna, no me pregunten porqué, era un video que tenía Marcial. Pasábamos noches enteras mirándolo, sin sonido y con música de Vangelis de fondo. A raíz de esto nuestras “redadas de gatos” las bautizamos Apollo I, II, III y así sucesivamente. A esta altura íbamos por Apollo XIII.
     Las redadas en el negocio de Irazoqui, además de audaces y efectivas, eran rematadas con un banquete de golosinas. El negocio era un autoservicio de lo más completo, con verdulería y carnicería incluidas. Como todo negocio con comida contaba con un nutrido ejército de ratas que disponían del lugar por las noches. Esto Irazoqui lo supo desde siempre. Se había criado ahí, los deberes los hacía al lado de una caja registradora. Siempre escuchó la preocupación de sus padres por las ratas. De chico le daban miedo, pero con el tiempo, observándolas, entendió un poco más su lógica. Irazoqui lo decía de este modo: “es cierto que son sucias y no comen, tragan. Pero las vi luchar con gatos y son muy compañeras. Saben que dé a una no pueden, entonces se organizan y logran su misión”. Él las vio con sus propios ojos: gatos destrozados por partes; por etapas. Ninguno había durado más de una semana, escapaban o aparecían destrozados sin ninguna explicación.
Irazoqui aprendió mucho de la disciplina y el coraje de las ratas, éstas eran una tentación constante para los gatos. Hasta el felino más temeroso y conservador no podía evitar darse una vuelta a la noche por el mercadito.
     Las “redadas de gatos” en el negocio de Irazoqui eran cruentas y sanguinarias. Se soltaban tres o cuatro gatos en el galpón. Estos, quedaban indefensos ante centenares de ratas que eran tentadas a salir. Una horda de queso se ponía sobre una rejilla que daba a las cañerías. Los gatos eran superados como buzo sumergido en un rió lleno de cardúmenes de pirañas. Cuando quedaban medios moribundos, los remataba Marcial, con un aire comprimido 5 ½.
     Aunque después tragaba miles de golosinas, el corazón se me achicaba del miedo y cuando llegaba a mi cama todavía me temblaban las piernas. En general mi participación era escueta, me las había ingeniado para manejar las llaves y cronometrar el tiempo. Mi rol era obsesivo y cobarde en un punto, daba indicaciones como si supiera que hacer. Creo que Marcial pudo ver a través de mí, por eso me tiró ese pelotazo desde atrás: -Hey, amigo, hoy te va a tocar a vos hacer bailar a los gatos- dijo y rió socarronamente.
-Tengo que manejar los tiempos y vigilar la puerta, mira si aparecen los viejos de Irazoqui- dije como si fuera un analista de riesgos.
-No te hagas problema por eso, yo me hago cargo. Dale quiero ver como rematas a esos gatos. Al final voy a creer que venís a comer golosinas únicamente- dijo y se rió como si tuviera guardado ese chiste desde siempre. Yo me puse el buzo aunque sentía calor y tenía las orejas coloradas.
     El local estaba oscuro. Así es que avanzamos sigilosamente, caminamos por el pasillo para llegar al fondo. Frente a las heladeras de la carnicería pusimos una luz portátil. El sonido de las heladeras y una luz violeta reflejada en la carne hacían más lúgubre la reunión. Los ruiditos de las ratas rompiendo paquetes me habían dado asco anteriormente pero aquella vez me tranquilizaron. Tenía el rifle apoyado en el hombro y deseaba que las ratas se ocuparan de la mayor parte del trabajo. Me di cuenta que la idea de lastimar me daba miedo.
     Irazoqui entró preocupado, sus papás todavía no se habían acostado y él tuvo que escapar por la ventanita del baño. Tenía un pequeño corte en la zona del ombligo. Se levantó la remera para impresionarnos con el raspón brillante y rojo como una frutilla. Marcial abrió las rejillas y salieron las ratas como un chorro de agua a presión. Para terminar el chiste le revoleó una laucha al estómago. La lauchita era chiquita, gris y le doblegaba el largo, una cola larga y dura como cable de teléfono. Asustada estiró sus manitos y se aferró con uñas y dientes a la herida de Irazoqui. Sus hermanitas alertadas y emocionadas por las luces, corrieron detrás de ella. Los gatos que Marcial trajo en una bolsa de tela terminaron desparramados en el piso y salieron confundidos para todos lados.
En dos minutos el galpón se convirtió en el mismísimo infierno. Los gritos, maullidos y chillidos se imponían en el ambiente. Yo me había congelado, veía la situación pero no atinaba a nada. Cuando se me escapó el tiro ni siquiera me di cuenta, sólo escuche el ruido de mi corazón.
     Todo sucedió muy rápido, se me cayó el arma y al revés de todos me sentí más tranquilo. Busqué un trago, había que limpiar el desastre. Las luces se encendieron de golpe, de las ratas no había ni rastro. Los papás de Irazoqui a medio de vestir tenían un gesto de enojo y perplejidad enorme. Irazoqui explicaba algo que no tenía sentido, de la reivindicación de los pilotos caídos en la guerra de Malvinas, de su compañerismo y valentía..., de que la única guerra perdida es la que se abandona..., de que los gurkas eran los peores mercenarios que había conocido...
     Marcial había desaparecido de un momento a otro y nadie preguntó por él. Los padres de Irazoqui estaban cansados, cansados de catorce horas de laburo y de historias de chicos. Los papás de Irazoqui me depositaron en la puerta de mi casa y se fueron sin despedirse, como quien deja un paquete.
     Marcial no apareció ni ese día, ni los siguientes. A Irazoqui lo pincharon en el hospital como siete veces. Después nos empezamos a saludar de lejos.
     A Marcial no lo vi por muchos años. Un día me saludó desde un auto. Sé muy poco de él, me contaron que está de novio con una chica rubia, lánguida y naturista. Ah, y que la novia tiene un gato siamés.

sábado, 22 de abril de 2017

Graznido


     La densa vegetación de la selva lo apesadumbró. Ya no hay marcha atrás, pensó, mientras se abría paso con un machete quitando la maleza. Pensó hacer un fuego para pedir auxilio, pero las ramas, las hojas y cualquier otro tipo de follaje, que le podrían haber resultado útil para la combustión, estaban muy húmedos para encender.
      Cuando se dio cuenta que estaba solo y perdido, y que una sola línea de batería tenía en su celular sin señal,  trató de idear un plan de emergencia. Pensó en la dirección de las nubes, que generalmente se mueven de Oeste a Este, y sobre todo pensó en la posición del sol, que sale por el Este y se va poniendo hacia el Oeste, pero nada de eso le sirvió, caminó largas horas hacia el Oeste, pero a medida que avanzaba, la selva se volvía más tupida e inaccesible. Fue por este motivo que volvió al punto de partida, donde había clavado un palo como sistema de referencia. Regresó sin mayores dificultades, como Hansel y Gretel, había tirado una piedra, y luego otra y otra, para ir señalando el camino. 
     Ya hacía cuatro largas horas que había optado caminar en sentido contrario, remplazar el plan de emergencia A por el plan B. Pensó que lo mejor era acercarse al límite de la densa vegetación, para obtener una mejor visión panorámica,  pero a medida que avanzaba ahora hacia el Este, la selva se volvía negra y cerrada.
     Decidió emplear todas sus fuerzas para poder escalar un árbol de unos aproximados treinta metros de altura. Pero a duras penas pudo subir unos tres metros. El paisaje era imponente: la jungla o la vegetación de hoja ancha (tipo frondosa) se multiplicaba una tras otra. La voluptuosidad de la naturaleza lo hizo sentir impotente.
     Cuando llegó hasta la orilla de un pantano, empezó a dudar en cruzarlo o no. No tenía otra  alternativa. Salvo esperar el milagro de que un grupo de rescatistas o lugareños lo encuentren…Pero quién lo iba a buscar si nadie sabía de su presencia en la selva misionera. Excepto su madre y un par de amigos de su pueblo en Alicante, que estaban enterados de su viaje de mochilero a la región del noreste argentino. Ah, y la administradora del hostel donde se alojaba, que lo llamaba con cierta sorna Vincent, aunque sabía perfectamente su verdadero nombre: Vicente. Pero nadie sabía que se había perdido en la selva, ni él se percató, hasta muchas horas después de fotografiar a un grupo de monos aulladores, que los fue internando en la selva, hipnotizándolo con sus sonidos, cual canto de sirenas.


    Cruzó el pantano descompuesto que quería tragárselo. Tardó cinco minutos que parecieron horas en llegar al otro lado del riachuelo. Cuando por fin llegó a la orilla, respiró agitado y vomitó los huevos salados que había almorzado.- ¡Ojalá sea una herida leve! -dijo, con mínima esperanza.
     Se miró el vientre y tenía una abertura de por lo menos tres centímetros de profundidad. La sangre brotaba y burbujeaba en la superficie de la herida. Vomitó de nuevo y recordó el pinchazo agudo y metálico; la punta del junco fibroso hundiéndose en el vientre. Se asustó y pegó un grito escalofriante: ¡Aghgggggh! Un pájaro grande y tieso respondió emitiendo un sonido aún más aterrador: ¡Cruaaac, cruaaac!
     Respiró profundo e intentó calmarse. "Tengo que encontrar algún arroyo para limpiarme la herida”, se dijo. Se ató la camisa harapienta, ajustándosela a la cintura para poder tapar la herida y siguió camino. Se angustió al pensar que quizás no había ningún camino por seguir. Tal vez nadie antes había andado por ahí.
     El sol entraba en la selva y en su cuerpo a través de un hilo amarillo intenso, quemándole la piel. Era como si un Dios con lupa jugara con él. Estaba solo, pero esto no lo inquietaba. Ya había estado solo muchas veces. Lo raro era que la soledad se presentaba de una manera diferente. Era agresiva e impaciente y lo arrinconaba lentamente hacia la muerte.
     Escuchó nuevamente el canto desesperado del pájaro y esto lo calmó. Se sintió acompañado, pensó que no era el único que sufría en esa abrumadora selva.
     La hemorragia no paraba y la camisa que hacía de venda se volvió muy pesada para las piernas ya maltrechas. Empezó a flaquear, se detuvo y luego cayó pesadamente sobre la hiedra.
    El sol cayó del cielo también. La noche fue creciendo y con ella el canto del pájaro carroñero, ahora satisfecho.

martes, 18 de abril de 2017

Gallito Ciego


“Hasta en la cueva más oscura, en algún momento, se filtra un rayo de sol y nos muestra la salida.” Luisito, cantante de Resistencia Suburbana.

     Marcelo se vendaba los ojos y después daba vueltas sobre sí mismo. Una vez mareado, salía como un trompo a la ciudad. Siempre terminaba volcado y escupiendo sangre en alguna esquina. Luego, se levantaba y empezaba a rodar de nuevo hasta caer.
     Desde que lo abandonó su novia, sólo jugaba al gallito ciego. Abrir los ojos era como cerrarlos y cerrarlos era como abrirlos de nuevo. Sus recuerdos eran su único amigo. Un viejo amigo que sabe contar anécdotas y nada más...
     Se quedaba dormido en cualquier lugar, en cualquier momento. Muchas veces despertaba en plena noche en una esquina húmeda y fría; y otras, con mejor suerte, emergía en su cama deshecha de una larga siesta.
     En un sueño tiritó de frío. “Era una pieza oscura, de paredes de piel agrietada. Intentó tocar los bordes para rascarla. Pero, cuanto más acercaba sus manos, la piel ajada se alejaba un poco más. Quiso detener sus pies. Pero estos ya habían dispuesto levantarse como pájaros por la habitación. Los pies eran dos colibríes con corazones chiquitos como guindas y unas alas que se movían tan rápido como la hélice de un avión. Los pájaros volaban aterrados y en distintos sentidos, tratando de escapar. Pero siempre terminaban rebotando contra el techo y las paredes de la pieza, como pelotas de tenis contra un frontón. Los colibríes se resignaron y volvieron a la cama. Se ubicaron entre los tobillos de Marcelo y los pliegos de las sábanas, para volverse nuevamente pies”.
     Se levantó empapado. Tomó un vaso de agua y un geniol. Se calzó la venda en los ojos como de costumbre y salió. Sólo veía un poco por debajo de la venda: los cordones de sus zapatillas, el pasto, los charcos y el devenir informe de las veredas. Fue así que vio a Pancho. Un perro retacón y de bigotes blancos. Era un perro común y corriente, pero con unos ojos profundos como el río. El perro lo siguió.  Marcelo entró  a un kiosco para comprar cigarrillos y un vino, y cuando salió, el perro todavía estaba allí, esperándolo con el pecho erguido y sus ojo altivos. Marcelo sin quererlo se sintió acompañado.
      El primer diálogo lo tuvieron en  una plaza:
 - El problema no es tener pulgas, es uno mismo que se rasca- dijo Pancho mientras se rascaba la oreja. Marcelo no pudo contenerse y se río. Hacía meses que no se reía. Pancho respondió esbozando su mejor sonrisa. -Entonces ¿Por qué te rascas?- preguntó Marcelo con cierta obviedad. - Es que no siempre puedo hacer lo que quiero- dijo el perro y después callaron.
     El perro no hablaba. No vayan a creer que Marcelo estaba loco, o el perro era un animal paranormal. No, tan sólo eran dos sujetos que se supieron entender.
     Con el tiempo se hicieron muy amigos. Marcelo consiguió una cucha de madera en una feria de Ingeniero Budge, de la calle Olimpo.  La cargó sobre sus hombros durante todo el viaje en colectivo ante la mirada indiferente de los pasajeros de la línea 306. Cuando llegó a su casa, Pancho lo recibió moviendo la cola y lamiéndole la cara.
      Marcelo comenzó a sentirse distinto, como cuando heredás un jean de un tío abuelo muerto y sorpresivamente te calza perfecto. Bueno, no sé si es un gran ejemplo, pero algo así. Lo importante es que las cosas se iban poniendo lentamente en su lugar.
     Las vueltas por el barrio con Pancho, le rindieron en muchos aspectos, algunos vecinos que anteriormente esquivaban su mirada, ahora lo saludaban con simpatía. Y en una ocasión, el carnicero de la esquina Mitre y Alem doble,  cuando Marcelo fue a comprar, le obsequió a su amigo canino una cumplida porción de espinazo.
      Un lunes inesperado y primaveral, el ferretero del barrio le ofreció un trabajo a Marcelo, específicamente le pidió que lo ayude con los trámites bancarios y otros recados del negocio. Marcelo no lo pensó dos veces y comenzó su raid.

     A Marcelo le encantaba ser cadete, era un trabajo hecho a medida para él, viajaba de acá para allá, en tren y en colectivo  y eso lo hacía muy bien por su condición de callejero que tenía desde muy chiquito y ciertos rasgos obsesivos-compulsivos que venían muy bien a la hora de ordenar los sobres. Fundamentalmente, le gustaba el trabajo porque muchos trámites los podía hacer con su mejor amigo.
     Hace una semana me crucé a Marcelo en la entrada de la AFIP, tenía cara de cansado pero se lo notaba de buen humor, hasta se podría decir satisfecho. Nos saludamos y enseguida me presentó a su perro. Hablamos un rato largo de calles cortadas y alimento balanceado, entre otros temas. Antes de despedirnos, me di cuenta que la vincha roja que llevaba puesta era la venda que tapaba los ojos del antiguo gallito ciego...