Literatura barrial.

jueves, 5 de enero de 2017

Skeletor

"Dedicado a Germán" 

Primero

Germán caminaba por el barrio céntrico de Morón Oeste, por una calle asfaltada, de cordones altos y veredas de baldosas azules y blancas. Llevaba la camisa abierta en su pecho y en su mano izquierda sostenía una botella de vino tinto a “media asta”
Su destino era un boliche, ubicado en el centro de la ciudad de Castelar. Su objetivo era reunirse con sus amigos y celebrar con cerveza fría el año de mierda que se estaba yendo. Corría el mes de Diciembre del año 2001, y en esos tiempos, era un trabajo homérico conseguir monedas para poder viajar en bondi. Había querido comprar puchos, pero ningún kiosquero aceptaba como valor de cambio un billete Patacones de veinte.
Resignado, se sentó en una esquina a tomar el vino. El calor húmedo y pegajoso de una noche de verano le molestaba cual mosca que da vueltas y vueltas sobre la oreja. No quería por nada del mundo sudar su camisa de mangas cortas a cuadrillé, que había planchado pacientemente su abuela. Ay su abuela… ¿qué haría en este mundo sin su abuela Helda que lo había cuidado durante toda su infancia y adolescencia? Si no hubiese estado su abuela en los tiempos difíciles, ¿qué sería de él? Seguramente sería hoy un ladronzuelo de poca monta, o lo que es peor aún, un vigilante que detiene a los pibes que toman cerveza. Pero no, él se había convertido en otro tipo de sujeto: alguien que había aprendido un oficio; alguien que era capaz de rectificar un motor o cambiar las correas de distribución y del alternador de un camión; alguien que podía sobrevivir gracias a su profesión. Aunque ya hacía tres meses que no le caía un puto laburo. Las cosas andaban tan pero tan mal, que daban ganas de prender fuego el congreso con todos los políticos adentro.
Mientras el vino ascendía a su paladar, un hombre de estómago prominente y barba tupida se le acercó a pedirle un trago. Germán compartió la botella como si fuera un reflejo natural, como un paciente que levanta el pie ante el golpe en la rótula del médico.
“Estaba más sediento que piojo en la cabeza de De la Rúa” exclamó el hombre al terminar el trago y después fue hasta un canasto de basura y sacó dos botellas vacías de Terma y las arrojó a su carro.
Germán miró el caballo que sostenía el carro: tenía anteojeras y resoplaba un aire caliente mostrando unos enormes dientes amarillentos. Luego de pensar unos segundos, a German se le ocurrió una idea:
-         -¿Vas para Castelar? - Le preguntó.
-         -Si, si, voy para ese lado- contestó el botellero
-         -¿Me llevás? -
-         -Si, dale, subite- dijo el hombre de barba tupida y golpeó las riendas sobre el lomo del caballo
-         -¡Arre!¡Arre! -
Fueron a trote ligero por avenida Rivadavia, el caballo daba pequeños saltitos, como si la brea del asfalto le estuviera quemando las espuelas. No pararon en ningún semáforo. Las calles del Oeste a esa altura de la noche estaban vacías. Cuando llegaron al centro de Castelar, Germán bajó de un salto a la calle, dejándole el vino al laburante.
-         -Gracias por el aventón-  dijo Germán y marchó en dirección hacia el boliche donde esperaban sus amigos.

Segundo

Cuando llegó al boliche “Skeletor” había una fila de sólo diez personas en la puerta. Sin embargo, Germán tuvo que esperar casi una hora para que un patovica soberbio le permita el ingreso. “El viejo truco de mostrar gente en la puerta para aparentar que adentro está lleno.” “Nada más despreciable que un patovica” pensaba Germán mientras aguardaba en la fila. Cuando le tocó pasar, escupió un garzo amarillento en un piso de piedritas color gris perla.
-         -Evidentemente lo único bueno que tiene este boliche es el nombre –fue lo que atinó a decir a su mejor amigo al verlo. Darío lo abrazó muy fuerte y después quiso comentarle algo, pero la música estaba tan alta que Germán no escuchaba nada de lo que decía su amigo.
Darío le señaló la barra de “canilla libre”, la cual estaba atestada de gente. Allí pudo divisar a su otro amigo Momia, estirando el brazo a una morocha de pechos voluptuosos y gafas espejadas, que conversaba animadamente con el cajero de la barra, probablemente el dueño del boliche.
Germán saludó efusivamente a Momia, pero su amigo estaba tan pendiente que lo atendiera la bartender, que apenas lo registró.
Después de aguardar media hora en la barra, la morocha le sirvió un fernet aguado que Germán tomó de un solo trago tipo “fondo blanco”. Antes de que la bartender continuara con el siguiente de la fila, Germán le gritó con los ojos brillosos:
 -Ah, me olvidaba, y un destornillador, por favor…- dijo achinando su mirada castaña.
La morocha lo miró seria y luego le sirvió tres cuartos de vodka y un chorrito de naranja en el mismo vaso, sin ponerle un solo hielo. Germán le guiñó el ojo y se marchó.
Todo lo que pasaba en ese boliche era una gran mentira: la música, las risas, los gestos. Germán comenzó a deambular borracho con el trago en la mano por la pista semioscura, iluminada por un juego de luces color verde, rojo, amarillo, fucsia y plateado. Lo único que se veía claramente era la ropa clara y las pipetas de las zapatillas Nike.
Buscó a sus amigos en los pufs del Chillout, en el baño y en un patio que había una enorme palmera, pero no los encontró, fue entonces que vio a Momia y a Darío en el sector VIP moviendo los hombros al ritmo uniforme de la música electrónica. No se aguantó más en ese maldito lugar y se marchó sin saludar.

Tercero

La luz tenue de la calle le alivianó la vista y los ruidos apagados de la madrugada los oídos.Eran las cuatro y cuarenta de la madrugada, pensó ir a tomar una cerveza, pero prefirió directamente ir a dormir. El primer tren pasaba a las cinco por la estación de trenes de Castelar.
“… ajeno al tiempo, sé que quisieras seguir, pero mil voces te ahogan para que formes la cola del seguro porvenir, por eso te vi escapando, en las horas sin sol, de las miradas oscuras que aprobaron la torturas del fugado represor…”
Germán canturreaba “Tu eres su seguridad” mientras avanzaba a ritmo firme hacia la estación de trenes. Recordó con emoción, cuando en su cumpleaños de trece, su tío Raul, lo llevó a ver Hermética al estadio Obras. El tío trabajaba como boletero en la puerta, por lo cual, tuvo que ver el recital solo, aunque se sintió acompañado y en comunión con todos esos hombres y mujeres de cabellos largos, remeras negras y camperas de jeans.
Cuando llegó a la estación, subió una pequeña rampa de cemento que lo dejó en el andén del tren que viene de Moreno con destino a Plaza Miserere. Germán encendió un pucho y la lumbre del encendedor descubrió un hombre, de alrededor unos cuarenta años de edad, dormido sobre las vías del tren. En un santiamén, Germán saltó a las vías y sacudiéndole el hombro lo despertó. El hombre recostado sobre el riel lo miró absorto.
-         -¿Qué estás haciendo acá? - le gritó Germán. -¡Te va a pisar el tren, loco!-
El pelucón estiro el brazo y Germán lo ayudó a levantarse y a trepar el andén. Una vez sentados en el banquito, el tren como una Parca maquínica arribó a la estación, el hombre empezó a gritar:
-¡Me salvaste la vida! –
-¡Me salvaste la vida hermano! – gritaba como si hubiese vuelto de la muerte, y abrazaba a Germán.
-Bueno, bueno, lo que importa es que estás vivo- dijo Germán con una gran sonrisa.
-¿Cómo te llamas? - le preguntó el pelucón
-Germán, pero mis amigos me dicen el Ruso-
-Vamos que te invito una cerveza-  dijo el hombre.
Fueron a un piringundín pegado a la estación y tomaron una, dos, tres, cuatro cervezas. Pero de  un momento a otro los parpados de Germán se volvieron de plomo, tenía un loop en su cabeza, la frase: “Me salvaste la vida”, la imagen de un vaso de cerveza estallando en el piso y el sonido de un motor, giraban y giraban a su alrededor. Ahí no más, en un segundo, se le apagó la tele.

Cuatro:

Cuando Germán se despertó de un sueño intranquilo, se encontró sobre una cama matrimonial. Estaba acostado boca arriba y al levantar un poco la cabeza, veía hacia su costado izquierdo un hombro femenino, blancuzco y pecoso, surcado por el bretel desobediente de una mujer de cabello rojizo, que yacía de espaldas. Hacia el otro costado, dormía el hombre pelucón al cual le había salvado la vida en la estación.
“¿Qué me pasó?” pensó. No era un sueño. Despertó en una pequeña habitación, tranquila y callada, atravesada tan sólo por la brisa caliente de un viejo ventilador.
La mirada de Germán se dirigió hacia la ventana. El tiempo estaba lluvioso. Se oían caer las gotas de lluvias sobre el techo de chapa. Estaba sumamente asustado. Se levantó sin hacer ruido y salió sigilosamente por la puerta entreabierta de la habitación. Se encontró con el comedor de la casa y al costado de un sillón, vio la puerta de salida. Abrió la puerta y gritó por lo bajo: - ¡Maldita sea! – Estaba en el medio de un pasillo de la villa, los ladrillos rojos, las paredes escritas con aerosol y los pibes sentados en el entrepiso de cemento lo impulsaron a entrar de vuelta.
Regresó a la habitación en la cual había dormido y sacudiéndole el hombro, despertó al hombre que había salvado la vida en la estación la noche anterior.
-Necesito que ahora me salves vos- le dijo
-Buen día- dijo el pelucón y lo abrazó.
Germán regresó unos pasos hacia atrás e invitó al hombre con el dedo a hablar fuera de la habitación.
-Vos me salvaste la vida hermano- dijo el hombre y continuó: -Quedate a almorzar con nosotros, ahora despierto a mi esposa y amasamos unas pizzas…- 
-No, me quiero ir, - lo interrumpió Germán con tono tétrico.
-Necesito que me acompañes a la salida de la villa, nada más- dijo con los ojos abiertos.
El hombre sacó una botella de agua fría de la heladera y luego abrió la puerta. Caminaron por el barrio en silencio hasta la avenida Don Bosco. Enfrente de ellos había una parada de colectivos. Cuando Germán se acercó a saludarlo con un beso, el hombre lo tomó en sus brazos y lo apretó contra su pecho. Luego extendió los brazos y preguntó:
-¿Tenés monedas? –
Germán chequeó sus bolsillos y le contestó que no, girando la cabeza.
-Toma tres pesos, el 242 te deja en la estación de Morón- dijo el hombre mientras una gota de lluvia o de llanto recorría su mejilla.



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