Literatura barrial.

lunes, 21 de julio de 2008

Relatos de la lucha social IV



Nuevo Testimonio de Brian Sanchez.

I Parte.
Delivery ante nuevas adversidades.


Era un día caluroso. El cielo azul profundo, el sol amarillo intenso. Escondete! trabajaba sin prisa y sin pausa en su cubículo clandestino de redacción. Nuestra labor transcurría normalmente, completando solicitudes de trabajo y actualizando nuestro curriculum vitae en la página de bumerang.com, hasta que las ondas sonoras y vibrantes de una bocina se impusieron en el ambiente.
-Beeep, beep, beeep. ¡Dale viejo!- Llegó un grito desde afuera.
Abrí la puerta. No lo podía creer, el máximo exponente de la lucha del catch, el ídolo de los niños humildes, el inventor del topetazo volador encadenaba su moto a la reja y se internaba apurado en nuestra guarida.
-¿Dónde me siento?- preguntó el astro. Mi compañera dió vuelta un cajón de cerveza y lo invitó a sentarse.
-¿Querés tomar algo?- pregunté nervioso.
-Si, cerveza o vino bien frío. No puedo más. Hace tres horas que estoy al palo-
Gripi llenó con vino de la costa un vaso de dragon ball Z, cortó un gajo de limón y cargó tres hielos.
-Chicos, tengo algo que contarles que quizás les pueda interesar- Delibery Boy saboreaba el vino y nos observaba expectante.
-¿Qué cosa?- preguntamos al unísono.
El campeón hizo sonar sus dedos, se desabrochó los botones de su chaqueta y comenzó su relato.
-Me cambiaron el turno de trabajo. Ahora trabajo de noche, maldita sea. Resulta que mi jefe, que además de ser un reverendo hijo de puta es un visionario, se dio cuenta que todas las noches, cuando bajábamos la persiana, quedaban todavía un montón de borrachos revoloteando como moscas detrás de la última porción. Así fue, que me propuso cubrir los pedidos que algún que otro trasnochado, gato o terrorista, hiciera a la madrugada. Yo le dije: tres cosas, ¡Ni-en-pedo! Además de este trabajo tengo una familia, una vida atlética y fundamentalmente mi vocación-
-Mirá Delibery- dijo fastidiado mi jefe. -Yo no te necesito durante el día. Tengo dos pibitos que van en bici hasta Almagro, si quiero, y por la mitad de tu sueldo. Además, perdiste cartelera, la Masa y Biloni son los luchadores del momento-
-¡La puta, está bien! Pero me pagás 5 pesos la hora- retruqué.
-$4,50 y es mi última oferta. Dale apurá, andate a tu casa que empezás a las doce-
Antes de continuar su relato Brian fue al baño. Yo aproveché para preparar unos sanguches de cantimpalo y recargar los vasos.
-Ustedes no me lo van a creer- dijo Brian cuando volvió y pegó un mordisco al sanguche.
-La primera noche que arrancó a trabajar. Mqrrr, mqrrr, mqrrr- Brian se atragantó con un trozo de cantimpalo. Sin vacilarlo, golpeé su espalda hasta que por fin lo escupió...


II Parte.
El encuentro inesperado.

-Como les decía-, continuó Brian dándose un puñetazo en el pecho. -La primera noche me quería matar, eran las tres y media de la mañana y no había llevado ningún pedido. Mi jefe me miró con odio cuando traté de picotear una de las porciones de pizzas que se estaban enfriando. Así que me fui adelante, con los parroquianos, a ver el canal gourmet.
-Riiiiing, riiiiing- sonó estridente la campanilla del teléfono semipúblico. La cara del gordo se transformó, exitado, garabateó una dirección en la caja de cartón.
-Larva, a laburar- gritó mi jefe apenas colgó.
-5 grandes de las especiales, 1 1/2 de empanadas y dos cocas. Al Rosedal, a nombre de Alfredo-
Cuando llegué a Libertador tuve que frenar, había gente por todos lados. La manifestación del campo era un éxito rotundo. Los caceroleros me invitaron a sumarme a su reclamo. Una señora rubia agitaba su budinera y vociferaba:
-¡Basta, basta, basta!-
-Pero señora, ¿Basta de qué?- pregunté alarmado-
-¡Basta, basta, basta!- repetía alienada. Era evidente que esa mujer atravesaba una crisis nerviosa.
Seguí camino. Más adelante, cerca de la glorieta, pude divisar a Vilma Ripoll en medio de un grupo de turistas, que con porrones de cerveza en las manos, la escuchaban comprensivos.
-Delibery, venite acá- Vilma agitaba los brazos para que me acercara. Cuando llegué a su lado me abrazó emocionada, y agarrándome de la cintura, empezó a hablar:
-Les estaba explicando nuestra posición a otras facciones de la sociedad, generar una contrahegemonía, funcionar como intelectuales orgánicos, vos entendés Delivery de lo que hablo-
-Eso está peleado muñeca. Pero bueno, si a vos te suma, lo tenés que hacer- La alenté palmeándole la espalda.
Cada vez caía más gente. Ya no se podía avanzar. Aunque le pregunté a todo el mundo, este Alfredo no aparecía por ningún lado. Cuando un pibe apoyándose en mi hombro se puso a cantar: "Si este no es el pueblo, el pueblo dónde está", me di cuenta que aunque fuera pisando gente, de ese lugar tenía que rajar.
En cuanto pude zafar del tumulto, salí arando por Libertador para el centro. Volver a la pizzería con el pedido era suicida y en una de esas, por Congreso, podía hacer alguna...
Cuando el semáforo de Callao se puso en verde y antes que pueda acelerar, el vicepresidente de la Nación, Julio Cleto Cobos, se arrodilló delante de la moto.
-Delibery Boy, me tenés que salvar. El vice estaba con el saco al hombro y la camisa desabrochada y polvorienta.
-No tengo un mango, no me atiende ninguno de mis contactos, estoy sin monedas y ningún bondi me lleva, buahhhhh...- Cleto lloraba a moco tendido. Saqué unas servilletas de papel que guardaba en mi bolsillo y se las alcancé.
-¿Tenés hambre?- pregunté. El hombre que dijo NO a la 125, levantó la vista y asintió con la cabeza. Parecía un pollito mojado.
Nos sentamos en el cordón de la vereda y mientras terminábamos la grande de palmitos, me confesó:
-El país está dividido. Yo apuesto al consenso, no sé si hice bien, pero todavía creo en las instituciones. ¡Carajo!-
-Claro, claro- le dije mientras le pasaba la coca. Cobos se puso a abrir el paquete de las empanadas y alzando una de carne suave al cielo exclamó: "Que la historia me juzgue..."-
-Tranquilo amigo- le dije para que se calmara. Ver llorar a una persona mayor siempre me da un poco de calor...
-No sé que voy a hacer Delibery, estoy tirado, ni siquiera puedo volver a mi casa- Cobos sollozaba mientras revisaba la caja de la moto.
-¿No tenés una cervecita? La coca hincha mucho, viste...-
-No amigo, ya me estoy yendo-
-Delibery, escuchame, sos el único que puede ayudarme. Si me llevás a mi casa te pago cien pesos por el viaje y la pizza. ¿Dale?-
-¿Y cómo me vas a pagar, si no tenés un mango?-
-En mi casa tengo un montón de plata- contestó Cobos sacado.
-Te llevo por $200 papi-
-Listo nene-
Agarramos la 25 de mayo. Cobos se aferraba a mi chaqueta como una novia. Llegamos a Ezeiza, el barrio era pituco y el empleado de seguridad me frenó en la entrada.
-Esperame acá Delibery, ahora vengo y te traigo lo tuyo. Los minutos pasaban y Cobos no venía. ¡La puta madre, no me digas que este infeliz me cagó!, pensé. Justo en ese momento el de seguridad me llamó:
-Toma pibe, esto te lo manda el señor Cobos, y despejá la entrada que acá no se puede estacionar motos.
Era un sobre cerrado con membrete de la Presidencia de la Nación. Lo abrí rompiéndolo, y para mi desazón, en el interior había sólo veinte pesos.
-Pará, pará, falta plata- Grité al de seguridad que volvía a accionar la reja electrónica.
-Ya te dije nene, despejá la entrada sino llamo a la policia-
Cuando ví a lo lejos un patrullero merodeando la zona, me di cuenta que ya estaba jugado. Sin embargo, antes de marcharme arrojé una piedra al techo de tejas y le grité traidor.
Encaré la vuelta con total resignación. Estaba destruido. El viento fresquito de la autopista me despertó un poco y me bajó la calentura que tenía. No hay peor trabajo que el de perder plata; y como decía mi abuelita, no hay tonto al que no le sobre malicia.

Mauro
Gripi.

1 comentario:

Anai Le dijo...

¡Me gustó, me gustó!

Ahora voy a leer el resto para formarme una opinión más acabada.